Estados Unidos ha intensificado su campaña aérea contra Irán con una nueva oleada de bombardeos de tres horas ejecutada por el Mando Central estadounidense (CENTCOM) durante pasada noche. La operación, la novena consecutiva desde el inicio de esta fase de la campaña, tuvo como objetivo desarticular la arquitectura militar que sostiene los ataques iraníes contra el tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz.
A diferencia de los primeros ataques, centrados en destruir infraestructuras militares, esta nueva fase busca erosionar la cadena completa de mando y control iraní. Los bombardeos alcanzaron centros de mando, posiciones de defensa antiaérea, radares de vigilancia costera, nodos de comunicaciones y emplazamientos de lanzamiento de misiles y drones utilizados para coordinar operaciones contra buques mercantes y fuerzas estadounidenses.
La ofensiva forma parte de una campaña aeronaval mucho más amplia, iniciada tras el restablecimiento del bloqueo estadounidense sobre los puertos iraníes, que ya ha alcanzado más de 140 objetivos militares y busca garantizar la seguridad de una de las rutas energéticas más importantes del mundo.
La batalla entra así en una fase de desgaste en la que el éxito de Washington dependerá de destruir la red militar iraní más rápido de lo que Teherán sea capaz de dispersarla, repararla y volver a ponerla en funcionamiento. El verdadero indicador no será el número de objetivos destruidos, sino la reducción efectiva de los ataques contra el tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz.
La selección de objetivos revela que el CENTCOM ya no persigue únicamente destruir lanzadores o depósitos de armas, sino degradar todo el sistema que permite a Irán detectar, decidir y ejecutar ataques.
Sailors prepare U.S. Marine Corps F-35B stealth fighter jets for takeoff aboard USS Boxer (LHD 4) while transiting the Arabian Sea. Boxer is the flagship for the Boxer Amphibious Ready Group / 11th Marine Expeditionary Unit. pic.twitter.com/hyNJILD17i
— U.S. Central Command (@CENTCOM) July 19, 2026
Los centros de mando procesan la información procedente de radares y sensores, asignan blancos y coordinan el empleo conjunto de misiles, drones y unidades navales de la Guardia Revolucionaria. Los nodos de comunicaciones enlazan esos cuarteles generales con las baterías móviles de lanzamiento, mientras que las estaciones de radar proporcionan vigilancia aérea y marítima sobre los accesos al estrecho de Ormuz.
La destrucción progresiva de estos elementos persigue reducir la capacidad iraní para coordinar ataques complejos y, al mismo tiempo, facilitar las siguientes oleadas de bombardeos al debilitar las defensas antiaéreas que protegen los principales enclaves militares.
Entre las zonas consideradas críticas figuran las instalaciones militares situadas en Bandar Abbas, Jask, Bushehr, Konarak, Chabahar, Abu Musa y Greater Tunb, desde donde Irán controla buena parte del tráfico marítimo del Golfo mediante radares, misiles antibuque, drones y fuerzas navales.
Tres horas de ataques
Aunque la ventana de ataque duró aproximadamente tres horas, la operación militar se prolonga mucho más allá del lanzamiento de las municiones.
Cada ciclo diario exige un amplio dispositivo de inteligencia formado por satélites, aeronaves de vigilancia, plataformas de inteligencia electrónica y sensores capaces de localizar lanzadores móviles, detectar emisiones de radar y comprobar si instalaciones previamente atacadas han recuperado su capacidad operativa.
Posteriormente, los equipos de planificación deben distinguir entre objetivos reales, señuelos y tráfico civil antes de asignar aeronaves y armamento. Tras los ataques comienza una nueva fase de evaluación de daños que sirve para elaborar la lista de objetivos de la noche siguiente.
La repetición de este proceso durante nueve jornadas consecutivas obliga a las fuerzas iraníes a desplazar continuamente sus lanzadores, fragmentar sus unidades, reducir el uso de las comunicaciones por radio y mover centros de mando y depósitos durante la noche para dificultar su localización.
Estas medidas aumentan su supervivencia, pero también ralentizan la toma de decisiones y complican la preparación de ataques coordinados con misiles y drones.
Ormuz, campo de batalla decisivo
Pese a los bombardeos, Washington asume que destruir instalaciones fijas no basta para neutralizar la amenaza iraní. Teherán conserva lanzadores móviles, drones, minas navales, embarcaciones rápidas y pequeños submarinos capaces de mantener en riesgo el tránsito por el estrecho de Ormuz.
La campaña aérea se complementa con el bloqueo naval. Hasta el 19 de julio, el CENTCOM había obligado a desviar seis buques mercantes e inutilizado otro, apoyado por destructores como el USS John Finn y el USS Donald Cook, además de helicópteros MH-60S Seahawk y equipos de abordaje de la Infantería de Marina.
El USS Donald Cook (DDG 75) transita por el mar Arábigo mientras un MH-60S Sea Hawk vuela cerca.
Pese a la intensidad de los bombardeos, Irán mantiene capacidad para responder.
Teherán continúa lanzando misiles balísticos y drones de ataque contra posiciones estadounidenses y países del Golfo, obligando a Washington a sostener simultáneamente operaciones ofensivas sobre territorio iraní, misiones de defensa aérea en varios países aliados y el control militar del tráfico marítimo.
El verdadero desafío para el CENTCOM ya no consiste únicamente en destruir instalaciones militares, sino en hacerlo a un ritmo superior al que Irán es capaz de reparar, dispersar y regenerar su red de combate.
Los radares, centros de mando y almacenes son relativamente vulnerables una vez localizados, pero los lanzadores móviles y los sistemas de drones pueden operar desde carreteras, túneles, instalaciones industriales o posiciones ocultas, dificultando su neutralización definitiva.
En este escenario, la campaña evoluciona hacia una guerra de desgaste basada en la persistencia de la inteligencia, la vigilancia continua y la capacidad para localizar objetivos fugaces antes de que vuelvan a desaparecer.
El resultado no dependerá únicamente del número de instalaciones destruidas, sino de la capacidad de Estados Unidos para reducir la frecuencia de los ataques iraníes y devolver un nivel aceptable de seguridad al tráfico comercial que atraviesa el estrecho de Ormuz
