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Las claves

La guerra bajo la superficie del mar es, por definición, un juego de sombras donde el sigilo lo es todo. No obstante, la aviación naval del Ejército Popular de Liberación de China ha decidido dar un paso al frente para demostrar que está dispuesta a disputar el control de las profundidades.

La Marina china ha compartido imágenes y detalles de unas maniobras de alta intensidad que revelan un esfuerzo sin precedentes por exprimir al máximo las capacidades de su principal avión para la guerra antisubmarina: el KQ-200.

Lo que las tripulaciones chinas han puesto a prueba, en las disputadas aguas próximas a Taiwán, ha sido la capacidad de mantener operaciones continuas de búsqueda y seguimiento.

La cobertura sostenida depende por completo de que las tripulaciones y las aeronaves que se relevan en el aire sean capaces de entregarse mutuamente los contactos detectados, impidiendo que el submarino enemigo aproveche el relevo para deslizarse hacia la seguridad del abismo.

Por tal razón, durante las jornadas de entrenamiento, las tripulaciones se enfrentaron a un ciclo ininterrumpido de búsqueda, clasificación, seguimiento y ataques simulados. Mientras un avión agotaba su autonomía o sus operadores alcanzaban el límite de la fatiga, otra aeronave ya se encontraba en ruta para ocupar su posición.

Este sistema de rotación constante exige una coordinación milimétrica tanto en tierra como en el aire, ya que las aeronaves deben regresar a sus bases para repostar y someterse a un mantenimiento exprés sin que se rompa el cordón umbilical de datos que mantiene localizado al objetivo.

Perfeccionar esta capacidad permite a China mantener una presión asfixiante sobre cualquier amenaza submarina, ignorando las inclemencias meteorológicas, las maniobras evasivas del rival y las lógicas limitaciones físicas de los hombres y las máquinas.

EL KQ-200

El KQ-200 es el único avión de patrulla marítima operativo en la fuerza naval china del que se tiene constancia. Basado en el avión de transporte táctico Y-9, este cuatrimotor turbohélice entró en servicio activo en 2017.

Desde entonces, su despliegue ha sido masivo y se estima que, para principios de 2023, ya se habían distribuido más de una veintena de unidades entre los Comandos de los Teatros de Operaciones Norte, Este y Sur.

Con una velocidad máxima cercana a los 600 kilómetros por hora, un alcance estimado de 5.000 kilómetros y una autonomía en el aire que supera las ocho horas por misión, el KQ-200 proporciona a Pekín el alcance geográfico necesario para proyectar su poder más allá de sus costas continentales.

Aunque esta aeronave cuenta con una imponente silueta equipada con un radar de búsqueda de superficie en la parte inferior del morro, una torreta electroóptica para la identificación visual y diversos sensores de medidas de apoyo electrónico, su arma más formidable es invisible a simple vista.

Avión KQ-200 Ministerio de Defensa de China

El verdadero corazón de sus misiones de búsqueda es su capacidad para sembrar el océano con un campo acústico desechable. La aeronave alberga en su interior alrededor de un centenar de depósitos de sonoboyas alojados en gabinetes de dispensación rotatorios. Entre estos dispositivos destacan la boya acústica SQ-4 y la boya batitermográfica SQ-5.

La utilización de la boya SQ-5 es un paso previo crítico en cualquier operación de caza. Esta herramienta mide la temperatura del agua a diferentes profundidades para que los operadores puedan comprender la estructura de las capas térmicas marinas.

Dado que los cambios bruscos de temperatura desvían, rebotan o atrapan las ondas sonoras, un submarino astuto puede esconderse debajo de estas fronteras térmicas si las sonoboyas se colocan a una profundidad incorrecta.

Sin embargo, los militares chinos estudian minuciosamente estas variables acústicas en términos cuantitativos, calculando radios de detección que oscilan entre uno y diez kilómetros dependiendo de las condiciones del agua, y evaluando la resistencia de las comunicaciones por radio para optimizar la densidad de la red de sensores flotantes.

La secuencia de caza

En un escenario operativo normal, el KQ-200 inicia la cacería tras recibir una alerta previa, que puede ser la detección por radar del periscopio o el snorkel de un submarino, o bien la interceptación de alguna transmisión electromagnética.

Una vez acotada el área general, la tripulación comienza a sembrar sonoboyas pasivas a lo largo de la ruta estimada del intruso para escuchar sus ruidos de propulsión sin revelar la presencia del avión. Conforme se reduce el área de incertidumbre, se lanzan boyas activas que emiten pulsos sonoros para obtener una posición exacta.

Finalmente, para confirmar la localización antes de abrir fuego, el KQ-200 desciende a una altitud extrema de apenas 100 metros sobre las olas para realizar una pasada con su detector de anomalías magnéticas, un largo aguijón que sobresale en su cola y que reacciona ante las sutiles perturbaciones que el casco de acero de un submarino provoca en el campo magnético terrestre.

Si se toma la decisión de atacar, el KQ-200 cuenta con una bodega interna de armas diseñada para no comprometer su aerodinámica ni su consumo de combustible.

Avión de patrulla marítima KQ-200 de China China Military

Este espacio puede albergar hasta diez torpedos ligeros, como el contrastado Yu-7 de propulsión por hélice, o incluso el más moderno y potente Yu-11, que utiliza un sistema de chorro de agua para desplazarse a gran velocidad bajo el agua.

Además de los torpedos, destacan el uso de cargas de profundidad guiadas que, a diferencia de las armas convencionales que estallan por presión o tiempo, incorporan sensores acústicos en su sección frontal para corregir su trayectoria durante la caída y asegurar un impacto directo contra el casco del enemigo.

Red antisubmarina

La insistencia en realizar ejercicios de tan larga duración evidencia que China no ve al KQ-200 como un cazador solitario, sino como un nodo sensor dentro de una vasta red defensiva coordinada desde tierra.

En estas simulaciones, los puestos de mando terrestres asignan zonas de patrulla específicas mientras los buques de superficie aportan datos en tiempo real mediante sus sonares de casco y sus sistemas de sonar remolcado de profundidad variable.

Al mismo tiempo, helicópteros especializados embarcados en las fragatas y destructores se encargan de realizar la fase final de localización o el ataque rápido a gran distancia.

Esta aceleración en el adiestramiento responde a una realidad geoestratégica ineludible. En cualquier hipótesis de conflicto, bloqueo o intento de invasión en torno a Taiwán, los submarinos de ataque de Estados Unidos y sus aliados representan la amenaza más letal para las flotas de invasión chinas.

Por ello, dominar los cuellos de botella del canal de Bashi, el estrecho de Luzón y los accesos orientales de Taiwán es vital para la supervivencia de los planes de Pekín.

Sin embargo, realizar ejercicios coordinados en tiempos de paz, bajo condiciones controladas y con parámetros conocidos, dista mucho de ser capaz de localizar y destruir un submarino en un entorno de combate real, donde las contramedidas electrónicas, las tácticas de evasión agresivas y las defensas antiaéreas enemigas complicarían drásticamente la tarea.

La verdadera prueba para la red antisubmarina china sigue siendo una incógnita que solo se desvelará en el peor de los escenarios.