La confrontación entre Estados Unidos e Irán entra en una fase de equilibrio inestable: Washington mantiene una clara superioridad militar y sigue degradando capacidades iraníes, pero Teherán conserva su principal baza estratégica, la capacidad de perturbar el estrecho de Ormuz, campo de batalla estratégico de la confrontación.
Los últimos días evidencian este pulso. EEUU ha reanudado ataques contra defensas aéreas, radares, misiles, drones y activos navales ligeros de la Guardia Revolucionaria. Irán ha respondido golpeando instalaciones estadounidenses y objetivos en países del Golfo que albergan tropas de Washington.
Aunque ambas partes afirman controlar Ormuz, por donde transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial, la realidad operativa es más ambigua. El conflicto evoluciona hacia una confrontación sostenida de acciones limitadas y represalias calibradas, combinadas con tanteos diplomáticos, mientras ninguno cruza el umbral de una guerra regional abierta.
Ninguno cede en sus líneas rojas: Estados Unidos busca impedir que Irán convierta el estrecho en un instrumento de coerción, y Teherán lo preserva como su principal activo estratégico tras el desgaste de sus capacidades convencionales.
Aunque la superioridad militar de Estados Unidos sobre Irán es incuestionable —sus portaviones, destructores y aviones de combate son capaces de localizar y destruir infraestructuras, neutralizar defensas costeras, hundir lanchas rápidas o escoltar convoyes—, ese dominio no se traduce automáticamente en el control efectivo del estrecho de Ormuz.
Un F/A-18F Super Hornet del Escuadrón de Caza de Ataque (VFA-41) se prepara para despegar desde el portaaviones USS Abraham Lincoln (CVN-72), de la clase Nimitz, el 25 de junio de 2026.
Y eso que durante una buena parte del conflicto Washington llegó a desplegar tres grupos de combate, juntos por primera vez en 20 años en una zona de guerra. Lo que le permitió mantener presión constante y actuar en múltiples frentes simultáneamente.
Actualmente, Washington sostiene que la navegación comercial continúa bajo protección estadounidense. Sin embargo, los datos disponibles de seguimiento marítimo apuntan a una reducción aproximada del 52% del tráfico entre el 10 y el 13 de julio, aunque el número real resulta difícil de precisar porque cada vez más buques navegan con sus sistemas de identificación automática desconectados para reducir riesgos.
En términos militares, la brecha entre la capacidad de destruir objetivos y la de garantizar la libertad de navegación se ha convertido en el verdadero centro de gravedad del conflicto.
Ormuz y el programa nuclear
La evolución de la guerra muestra también un cambio en los objetivos políticos de ambas partes. Si en un principio el programa nuclear iraní fue el argumento empleado por Washington para justificar el inicio de la campaña militar, ahora, el foco estratégico se ha desplazado hacia otra cuestión: quién establece las condiciones bajo las que circulan los buques por el estrecho de Ormuz.
Teherán aspira a obtener un papel reconocido en la gestión de ese tráfico marítimo mediante mecanismos de autorización o compensación económica, mientras que Estados Unidos y los países del Golfo rechazan cualquier fórmula que convierta una ruta marítima internacional en un instrumento de presión iraní. Algo que no pasaba antes de este conflicto.
Ese cambio de prioridades quedó patente en las conversaciones celebradas el 1 de julio en Doha, donde el foco se desplazó hacia el tráfico marítimo y la gestión de los activos iraníes congelados. En contraste, el programa nuclear dejó de ocupar el eje central de la negociación.
Asimismo, el controvertido programa de misiles de Irán, recurrente en rondas anteriores, quedó relegado a un segundo plano, evidenciando un reajuste táctico en la agenda de las partes implicadas.
Aumentar el riesgo
A lo largo de estos meses, Irán tampoco ha necesitado bloquear completamente Ormuz para mantener su capacidad de presión. Un petrolero alcanzado, un disparo de advertencia, un incidente con una tripulación o el empleo de drones y embarcaciones ligeras bastan para elevar el riesgo percibido por navieras y aseguradoras internacionales.
El verdadero objetivo de esta estrategia no es enfrentarse directamente a la Quinta Flota estadounidense —o a todo el despliegue militar de EEUU en la zona—, sino modificar el cálculo económico de quienes deciden si resulta suficientemente seguro atravesar el estrecho.
La libertad de navegación depende tanto de la presencia militar como de la confianza del mercado. Y es precisamente sobre esa percepción donde Teherán conserva margen de actuación.
Pese a ello, la estrategia iraní presenta importantes limitaciones. Teherán carece de capacidad para ejercer un control permanente sobre Ormuz. Cualquier intento de imponer unilateralmente permisos o tarifas ofrecería a Washington una nueva justificación para ampliar la campaña militar y reforzaría la cooperación de los países del Golfo contra Irán.
Lanchas rápidas de la Guardia Islámica Revolucionaria escoltan a un carguero por la ruta iraní del estrecho de Ormuz.
Además, la economía del régimen de los Ayatolás depende de sus propias exportaciones marítimas, lo que hace inviable una interrupción prolongada del tráfico comercial sin asumir elevados costes internos.
El impacto tampoco se limita a Estados Unidos. Cuanto mayor sea la interferencia sobre el flujo energético mundial, mayor será la presión de países como China, India o Japón —principales destinatarios del petróleo que atraviesa Ormuz— para evitar que el estrecho permanezca sometido a una situación permanente de inestabilidad.
La dialéctica de guerra
En medio de toda esta escalada militar, el presidente estadounidense, Donald Trump, anunció el restablecimiento del bloqueo naval contra Irán. Además, se autoproclamó en Truth Social "guardián del estrecho de Ormuz" y reclamó el 20% de todo el cargamento que lo cruce, justo lo que llevaba meses denunciando como ilegal cuando lo planteaba Teherán.
El propio Trump, en un nuevo giro de guión, ha descartado este martes la imposición de esa tasa a los cargamentos que transiten por el estrecho de Ormuz y ha optado, en su lugar, por priorizar acuerdos comerciales y de inversión con los países del Golfo.
La respuesta de Teherán no tardó en llegar. El portavoz del Ejército iraní, el general de brigada Mohamad Akraminia, aseguraba este mismo martes que las Fuerzas Armadas iraníes no cederán "ni un ápice" sobre el estrecho de Ormuz.
"El estrecho de Ormuz nunca será reabierto mediante la guerra, la agresión o los ataques de Estados Unidos", afirmó el portavoz militar, quien sostuvo que únicamente el respeto a los derechos del pueblo iraní permitirá restablecer plenamente la navegación en una de las rutas marítimas más importantes para la seguridad energética mundial.
Todo apunta, por tanto, a que la guerra ha dejado atrás la fase de grandes operaciones para instalarse en un equilibrio de desgaste.
