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Las claves

La guerra civil que desgarra a Sudán, desde la primavera de 2023, se ha convertido en un gigantesco campo de pruebas en el que distintas potencias de la industria de defensa global evalúan las capacidades de sus innovaciones tecnológicas. En este sentido, un reciente episodio de combate aéreo no tripulado ha puesto de manifiesto cómo el conflicto sudanés se está transformando en el principal laboratorio de la guerra de drones de última generación.

De acuerdo con un material videográfico difundido este lunes por el medio especializado turco Clash Report, el Ejército de Sudán ha logrado asestar un doble golpe a las capacidades aéreas de las Fuerzas de Apoyo Rápido, el grupo paramilitar opositor.

El registro visual de este enfrentamiento expone las capacidades del Bayraktar Akinci, la joya de la corona de la industria aeroespacial turca desarrollada por la compañía Baykar. Esta plataforma, operada por las fuerzas gubernamentales, efectuó el disparo de un proyectil aire-aire que interceptó con éxito un dron de reconocimiento y ataque CH-95, diseñado y fabricado en China.

De manera complementaria, los informes indican que un segundo CH-95 fue destruido en tierra, lo que neutralizó por completo la operatividad de esa célula de vuelo de los paramilitares.

Este enfrentamiento directo no constituye un hecho aislado, sino que consolida una tendencia tecnológica de profundas implicaciones para la doctrina militar contemporánea.

Tradicionalmente, los vehículos aéreos no tripulados se han utilizado para la vigilancia y el bombardeo de posiciones terrestres desprotegidas. No obstante, el Akinci está asumiendo progresivamente el rol de un interceptor aéreo improvisado.

Este cambio conceptual ya se vislumbró en mayo, cuando un Akinci operado también por las fuerzas estatales derribó a otro aparato de su misma clase procedente de Etiopía, en lo que se ha convertido en el primer combate aire-aire entre aeronaves no tripuladas de gran tonelaje.

Gigantes del aire frente a frente

La disparidad y las características de las aeronaves involucradas ilustran la diversidad del mercado armamentístico global. El Bayraktar Akinci, integrado formalmente en el arsenal del Gobierno sudanés a finales de 2024, destaca por sus imponentes dimensiones y prestaciones.

Con una envergadura que alcanza los 20 metros y la capacidad de operar a altitudes que superan los 12 kilómetros, esta plataforma ofrece una autonomía prolongada y una capacidad de carga útil superior a los 1.300 kilogramos.

Drones Bayraktar Akinci Baykar

Estas especificaciones le permiten transportar un amplio y diverso arsenal de munición guiada, transformando un sistema de ataque a tierra en un escudo de interceptación aérea muy eficaz contra intrusiones hostiles en las fronteras del país.

Del otro lado se sitúa el CH-95, catalogado como vehículo aéreo no tripulado de reconocimiento y ataque de alcance medio y larga autonomía. Desarrollado por la Corporación de Ciencia y Tecnología Aeroespacial de China (CASC), este vector cuenta con una longitud de nueve metros, catorce metros de envergadura y es impulsado por un motor de pistón turboalimentado de cien caballos de fuerza.

Dron CH-95 de origen chino CASC

Con una velocidad de crucero de 200 kilómetros por hora y una capacidad de carga externa de 260 kilogramos, el CH-95 es una herramienta sumamente versátil para misiones prolongadas de patrulla táctica, aunque su techo de servicio limitado a los 5.000 metros lo expone directamente a los ataques desde cotas superiores.

Las imprecisiones en los registros que a menudo confunden a este modelo con el FH-95 de la corporación aeroespacial estatal china reflejan la densa variedad de sistemas exportados por Pekín a la región.

Red de suministro internacional

La presencia de estas aeronaves chinas en manos del grupo paramilitar sudanés ha reavivado las sospechas sobre las redes informales de adquisición de armamento.

Diversas investigaciones y reportes de organizaciones defensoras de los derechos humanos, entre ellas Amnistía Internacional, sugieren que los drones CH-95 habrían llegado a territorio africano mediante transferencias facilitadas por Emiratos Árabes Unidos.

Aunque las autoridades emiratíes han desmentido cualquier vinculación o apoyo militar a las facciones en disputa, la hipótesis principal apunta a que estos sistemas ingresan al país utilizando bases logísticas ubicadas en la vecina Etiopía, una ruta que el Gobierno de Jartum lleva denunciando desde principios de año.

Mientras las potencias de Oriente Medio y Asia miden el rendimiento de sus sistemas de defensa en este teatro de operaciones, la población civil continúa pagando el precio más alto.

La guerra civil sudanesa, iniciada en abril de 2023 por la rivalidad entre el Gobierno y las Fuerzas de Apoyo Rápido surgidas de las milicias Janjaweed, ha sumido al país en un colapso humanitario sin precedentes. Decenas de miles de personas han perdido la vida y millones se han visto obligadas a abandonar sus hogares en busca de refugio.