La industria de defensa se convertirá este martes en una de las grandes protagonistas de la cumbre de la OTAN que arranca en Ankara. Si hace un año la Alianza selló en La Haya el compromiso político de elevar el gasto militar hasta el 5% del PIB en 2035, esta edición estará marcada por un objetivo mucho más tangible: demostrar que ese esfuerzo financiero empieza a traducirse en nuevas capacidades, mayor producción de armamento y contratos industriales de gran envergadura.
La cita llega bajo la presión del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que ha convertido el aumento del gasto europeo en una de sus principales exigencias a los aliados. Y Europa está respondiendo, aunque cada país a su propio ritmo.
Por ello, los dirigentes europeos y Canadá tratarán de exhibir en este escaparate avances suficientes para convencer a Washington de que el continente está preparado para asumir una mayor responsabilidad en su propia seguridad, en un escenario geopolítico marcado por la guerra de Ucrania, las tensiones derivadas del conflicto con Irán y el debate abierto sobre la futura presencia militar estadounidense en Europa.
El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, insistirá durante la cumbre —como viene haciendo en sus últimas intervenciones— en que los aliados están cumpliendo el compromiso adquirido para reforzar sus presupuestos de defensa, aunque algunos más que otros. Por ello, ha señalado que Alianza cuenta con "medios" para convencer a los países que no cumplan con el 5%.
Según la Alianza, los países europeos y Canadá incrementaron en 2025 sus inversiones en defensa en más de 139.000 millones de dólares en términos nominales respecto al año anterior.
Este aumento busca acercar a los aliados al objetivo adquirido en La Haya de destinar un 3,5% del PIB al gasto estrictamente militar y otro 1,5% adicional a partidas relacionadas con la seguridad antes de 2035. En este sentido, Rutte aseguró este mismo lunes que ahora se trata de "convertir los fondos en capacidades, uniendo fuerzas con la industria".
Sin embargo, ese esfuerzo avanza a distintas velocidades. Mientras países como Alemania, Polonia, Lituania o Estonia han acelerado de forma significativa sus inversiones, otras grandes economías europeas siguen teniendo dificultades para sostener el ritmo que exige la nueva estrategia de la Alianza —la denominada OTAN 3.0—, basada en un reparto de cargas diferente y en un papel mucho más activo de los aliados.
En este contexto, el embajador de Estados Unidos ante la OTAN, Matthew Whitaker, aseguró este fin de semana que "algunos aliados hacen más que otros. Polonia, los países nórdicos y los bálticos van a la cabeza, y Alemania está en camino de alcanzar el 5% en 2029”. “Sin embargo, muchos aliados se están quedando atrás y el presidente Trump espera que todos intensifiquen sus esfuerzos de inmediato”, añadió.
Alemania, de hecho, prepara un fuerte incremento de su presupuesto militar tras flexibilizar sus reglas fiscales, con la previsión de duplicar el gasto en defensa hasta superar los 200.000 millones de euros entre 2025 y 2030.
Mientras la Unión Europea moviliza recursos sin precedentes para reforzar su base industrial de Defensa y reducir su dependencia exterior, Berlín ha puesto fin en apenas unas semanas a dos de los proyectos que debían simbolizar ese nuevo impulso europeo: el sistema de combate aéreo del futuro (FCAS) y el mayor programa naval de su historia reciente, las fragatas F126.
En el flanco oriental, donde la percepción de la amenaza rusa es más intensa, Polonia destinó alrededor del 4,7% de su PIB al gasto militar en 2025, y se sitúa entre los aliados más avanzados en el cumplimiento de los nuevos objetivos. Varsovia prevé elevar esa cifra hasta el 4,8% en 2026, con un presupuesto cercano a los 50.000 millones de euros, un 40% superior al del ejercicio anterior.
La reciente compra de tres submarinos A26 es solo una pieza del ambicioso plan de rearme impulsado por el Gobierno de Donald Tusk, que lidera uno de los programas de modernización más ambiciosos de Europa. Este incluye adquisiciones masivas de material estadounidense y surcoreano, como carros de combate Abrams y K2, lanzacohetes HIMARS, sistemas Patriot y cazas F-35.
Submarino A26
España, pese a la ausencia de presupuestos, alcanzó en 2025 el 2% del PIB en defensa y se espera que mantenga ese nivel en 2026. Para ello, el Ministerio de Defensa, dirigido por Margarita Robles, prevé llevar próximamente al Consejo de Ministros un plan con 15 nuevos programas militares que permita garantizar ese umbral, incluso sin la aprobación de unas nuevas cuentas públicas.
Los 15 programas de modernización tendrán una dotación económica entre 11.000 y 16.000 millones de euros, aunque todavía deben superar la aprobación del Consejo de Ministros y su posterior publicación en el BOE. Entre los PEM ya establecidos se encuentran las adquisiciones de misiles, de sistemas PNT espaciales y tecnologías antidrones (C-UAS).
Además, la dotación económica para el desarrollo de la European Patrol Corvette y la modernización de los buques cazaminas de la Armada ya ha recibido luz verde por parte del Consejo Ministerial, aunque por el momento no han trascendido las cantidades.
Eso sí, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que viajará a la capital turca este martes, ya ha dicho que se planta en el 2,1%. Alega que esta cantidad es suficiente para pagar todos los equipos militares comprometidos a la OTAN, algo que el propio Rutte ha rebatido.
Pedro Sánchez.
Otros países como Reino Unido, Francia e Italia también afrontan dificultades presupuestarias. Londres ha anunciado un incremento adicional de 15.000 millones de libras para defensa, aunque parte de esa financiación aún carece de respaldo presupuestario. Además, el país ocupa el puesto número 12 en gasto en defensa y prevé alcanzar el 2,7% del PIB en 2029, lejos de lo exigido por Trump.
El Ejecutivo galo pretende aumentar las inversiones en defensa en 36.000 millones de euros de aquí a 2030. El rearme francés se ha vuelto especialmente urgente en ámbitos como la guerra aérea —con más cazabombarderos, drones y sistemas antidrones— y el espionaje por satélite.
Además, el gobierno de Macron pretende desarrollar un nuevo carro de combate que sustituya al Leclerc, el refuerzo de las reservas de munición ante un eventual conflicto de alta intensidad en Europa, la modernización del arsenal nuclear —con nuevos misiles y submarinos— y el relevo del portaaviones Charles de Gaulle.
Un F-35B a bordo del ITS Cavour.
Por su parte, el Gobierno italiano de Giorgia Meloni planea elevar en 2026 el conjunto de su gasto militar y de seguridad hasta el 2,8% del PIB, apoyándose en buena medida en partidas vinculadas a la seguridad interior. Italia parte del 2,09%, lo que implica un esfuerzo adicional del 1,41% hasta 2035.
En concreto, el aumento del gasto en defensa italiano se consolida reafirmando programas a largo plazo como el Programa Aéreo de Combate Global (GCAP), el Eurofighter Typhoon, el caza de ataque conjunto F-35 y la renovación de las fuerzas blindadas (Carro de Batalla Principal y el Sistema Blindado de Combate del Ejército (A2CS), e introduce nuevas iniciativas.
La industria toma el protagonismo
Si el debate político girará en torno al reparto de cargas entre Estados Unidos y Europa, el verdadero escaparate de esta cumbre será el foro de la industria de defensa organizado por la OTAN.
Aquí el foco estará en las capacidades. Los aliados europeos han ampliado de forma considerable la lista de fuerzas que pondrán a disposición del SACEUR en situaciones de crisis o conflicto: el denominado Modelo de Fuerzas de la OTAN. Este incluye nuevas asignaciones que compensarán parcialmente las unidades que Estados Unidos ha anunciado que retirará de ese esquema.
Washington prepara, de hecho, una reducción sustancial de los medios aéreos y navales que aporta a la OTAN en Europa, en un movimiento que refleja el giro estratégico de la administración Trump hacia un menor compromiso con la defensa del continente.
El plan, recogido en un documento escrito y confirmado por varios funcionarios europeos a The New York Times, contempla recortar aproximadamente un tercio de los cazas desplegados —de unos 150 F-16 y F-15E a cerca de 100—, así como reducir los aviones de patrulla marítima de 26 a 15 y eliminar los ocho aviones cisterna de reabastecimiento en vuelo asignados hasta ahora a la región.
En paralelo, el secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, trasladó recientemente a sus homólogos de la Alianza, reunidos en Bruselas, la puesta en marcha de una revisión en profundidad —con una duración de seis meses— del nivel de tropas estadounidenses en Europa y de la permanencia de sus bases. Este proceso podría desembocar en nuevos repliegues más allá de los 5.000 soldados que ya han sido retirados de Alemania.
Asimismo, advirtió de que Estados Unidos reducirá su contribución financiera a la OTAN hasta que todos los aliados presenten planes creíbles para elevar el gasto militar hasta el 5% del PIB, tal y como se comprometieron en la cumbre de La Haya hace un año.
Sin embargo, poco después Washington dio marcha atrás y optó por reforzar su presencia en Polonia. El despliegue de 5.000 nuevos efectivos devuelve cierto alivio al flanco oriental de la OTAN en uno de los momentos más delicados para la seguridad europea desde el inicio de la guerra en Ucrania.
En este contexto, los responsables de la Alianza esperan anunciar acuerdos valorados en decenas de miles de millones de dólares destinados a ampliar la capacidad de producción de armamento, acelerar la innovación tecnológica y reforzar las cadenas de suministro militares.
El mensaje es claro: el rearme europeo ya no consiste únicamente en aumentar presupuestos, sino en transformar ese esfuerzo en una base industrial capaz de sostener operaciones prolongadas y responder con mayor rapidez a futuras crisis.
La declaración final que manejan los aliados subraya, además, que Europa y Canadá están asumiendo una mayor responsabilidad en la defensa colectiva junto a Estados Unidos, dentro de una OTAN que aspira a modernizar sus capacidades y reducir parte de su dependencia industrial y militar respecto a Washington.
Ucrania seguirá siendo una prioridad
La guerra de Ucrania continuará ocupando un lugar destacado en la agenda de los líderes aliados. La previsión es que los miembros de la OTAN ratifiquen un compromiso de al menos 70.000 millones de euros en asistencia militar, entrenamiento y suministro de equipos para Kiev durante 2026, con la intención de mantener un nivel equivalente de apoyo en 2027.
Buena parte de estos recursos procederá de compromisos bilaterales ya existentes y del instrumento financiero de la Unión Europea destinado a inversiones en defensa ucraniana.
