La cumbre de la OTAN, segunda del presidente Trump en su nuevo mandato, no se presenta fácil ni cómoda para la mayoría de los líderes europeos. Muchas de las exigencias que Washington va a presentar ante sus aliados son conocidas y justas.
En las últimas ocho décadas, los EEUU han hecho más por la defensa de nuestro continente que las naciones de nuestro lado del Atlántico, y esa situación parece más y más insostenible a medida que aumenta el desafío que para ellos supone el resurgir de China en el Indopacífico.
Sin embargo, más que el nuevo reparto de costes y responsabilidades, es el cambio aparente de los valores que defiende la administración Trump el que causa la mayoría de las fricciones que hoy existen entre los aliados. A menudo son las palabras del presidente de los EEUU, más que sus hechos, las que dañan la cohesión y erosionan la capacidad disuasoria de la Alianza.
En esta tesitura, es fácil que la tentación de romper la baraja aparezca en determinados círculos de opinión de ambos lados del Atlántico. Ceder a ella, sin embargo, sería un inmenso error. Para los EEUU significaría el final de su sueño de liderar el mundo libre.
Sin aliados y sin leyes, solo les quedaría la fuerza militar como argumento para tratar de mantener la hegemonía global frente a potencias revisionistas como China, Rusia o el propio Irán. Y eso, como hemos visto en la última guerra, nunca es suficiente.
Tampoco Europa tiene alternativas a la Alianza Atlántica para su propia defensa. La guerra de Ucrania ha despertado a los europeos del sueño de un mundo basado en reglas en el que el llamado poder blando era suficiente para garantizar nuestra seguridad y hacer que se escuchara nuestra voz. Por desgracia, después de muchos años de descuidar nuestro poder militar, hoy ya ni siquiera se nos invita a las mesas donde se negocia nuestro futuro.
¿Tienen nuestras carencias solución fuera de la OTAN? Clausewitz nos enseñó que el poder militar es algo más que la suma de las armas y los soldados. Su trinidad de la guerra tiene tres vértices: gobierno, pueblo y fuerzas armadas. En Europa, ninguno de los tres está hoy a la altura de los desafíos que se nos presentan.
En las últimas ocho décadas, los EEUU han hecho más por la defensa de nuestro continente que las naciones de nuestro lado del Atlántico.
Para empezar, la UE no tiene un gobierno, sino 27. Es verdad que la OTAN tampoco lo tiene, pero el liderazgo de los EEUU, indiscutible primus inter pares, ha servido a menudo para facilitar consensos que, sin ellos, habrían sido imposibles. No hay más que analizar la respuesta de Europa a la guerra de Gaza para concluir que, abandonados a sí mismos, la suma de los esfuerzos de las distintas naciones de la UE tiende a la irrelevancia.
Los pueblos europeos, por su parte, tienen dos asignaturas pendientes de difícil recuperación. Una de ellas es la conciencia de pertenecer a una entidad común —Europa no es, hoy por hoy, la Patria de casi nadie— y la otra, quizá más grave, es la cultura estratégica. En un mundo donde cada vez más príncipes cortados a la medida de Maquiavelo emplean la guerra como instrumento para construir poder, todavía fingimos creer que la razón puede prevalecer sobre la fuerza.
Por último, la quimera de un ejército europeo es precisamente eso, una quimera. Muchas veces se ha escrito que los ejércitos son herramientas de las naciones y que Europa, al no ser una de ellas, no puede tener un ejército propio. No es del todo verdad.
La Alianza Atlántica no exige que las naciones sacrifiquen su soberanía y pocos son los que dudan de su poder militar. ¿Por qué la OTAN sí y la UE no?
Para entenderlo, imagine el lector un Ejército como un puzle. Si está bien construido —y para eso es imprescindible que los planes de defensa se hagan como es debido y que se impongan reglas estrictas de interoperabilidad doctrinal y técnica— las piezas encajarán perfectamente y su valor militar se multiplicará.
Ese es el caso de la Alianza Atlántica, que dispone de herramientas y autoridad, aceptadas por todos, para armonizar los planes de defensa de las naciones de forma que no falte ninguna pieza importante del puzle militar; para comprobar y certificar la disponibilidad de las unidades declaradas por las capitales a disposición de la Alianza; para asegurar la unidad de doctrina y validar la suficiencia del adiestramiento; y, por último, para imponer normas técnicas de estandarización que aseguren la interoperabilidad de todos los sistemas.
Si los europeos nos ponemos las pilas, la OTAN del mañana dejará de ser un mero apéndice militar de los EEUU y estará compuesta de dos pilares, el europeo y el norteamericano.
Nada de lo anterior puede improvisarse y todo el entramado depende, en buena parte, de los EEUU. Son ellos los que, hoy por hoy, aportan todas las piezas del puzle que las naciones europeas no pueden comprar, en algunos casos por razones legales —las armas nucleares es, a esos efectos, el caso paradigmático—.
En otros por falta de capacidad económica —nadie en Europa puede permitirse los grandes portaviones, los bombarderos intercontinentales, las constelaciones de satélites o los sofisticados sistemas de inteligencia—; en algunos más por nuestro retraso tecnológico —así ocurre con los sistemas antibalísticos o los aviones de combate furtivos—; y, en los más penosos, por cobardía política.
Este último es el caso, particularmente sangrante, de los misiles balísticos de medio y largo alcance, que Irán posee por millares pero en muchos países europeos todavía siguen siendo políticamente incorrectos.
Así pues, ambos lados del Atlántico están, hoy por hoy, condenados a entenderse. Pero ¿es esa la base de una relación sana? En absoluto. Pensando en el futuro, lo que nos une debiera ser más ilusionante que una cadena perpetua. Y está en nuestra mano hacer que sea así.
Si los europeos nos ponemos las pilas, la OTAN del mañana dejará de ser un mero apéndice militar de los EEUU y estará compuesta de dos pilares, el europeo y el norteamericano, capaces cada uno de ellos de sostenerse por separado… pero que escogen caminar juntos porque saben que, acompañados, llegarán más lejos.
*** Almirante Juan Rodríguez Garat (R), ex ALFLOT y miembro de la Junta Directiva de la Asociación Atlántica España.
