Durante los días 7 y 8 de julio se celebra en Ankara (Turquía) la reunión del Consejo del Atlántico Norte (CAN), el máximo órgano de decisión y consulta de la Alianza en su nivel más elevado: el de Jefes de Estado y de Gobierno. De ahí que estas citas sean conocidas como “Cumbres”. Aunque su periodicidad no es fija, suelen ser anuales; las de los últimos años han tenido como sedes La Haya (2025), Washington (2024), Vilna (2023) y la recordada cita de Madrid (2022).
Tras estos encuentros se emiten declaraciones oficiales que marcan la política defensiva de la Alianza para los meses subsiguientes, desarrollando el Concepto Estratégico vigente —la guía a largo plazo de la OTAN—, que actualmente es el aprobado en Madrid en 2022. En realidad, estas declaraciones simplemente se ratifican y se hacen públicas en la cumbre, pues su texto se elabora minuciosamente durante meses para asegurar el consenso.
Conviene recordar que la OTAN funciona mediante este principio, lo que implica la ausencia de desacuerdo por parte de cualquier miembro, más que la unanimidad activa en torno a una postura.
Es previsible que los medios de comunicación pongan el foco en el seguimiento de los compromisos de gasto militar. En la cumbre de Newport (Gales, 2014), los aliados nos fijamos la meta de dedicar el 2% del Producto Interior Bruto (PIB) a Defensa.
Once años después, en la reciente cumbre de La Haya, este listón se ha elevado al 5% del PIB con el horizonte temporal de 2035: un 3,5% destinado directamente a Defensa y un 1,5% adicional para proteger infraestructuras críticas y redes, fomentar la innovación y fortalecer la base industrial sectorial. Este asunto suele acaparar una gran atención pública, espoleado por la retórica de los líderes políticos actuales, si bien los llamamientos a cumplir estos objetivos han sido una constante desde 2014.
Estados Unidos es el aliado indispensable en la OTAN: es el actor que más capacidades aporta y el que posee un mayor volumen de fuerzas proyectables.
El trasfondo de este compromiso financiero es el refuerzo del denominado “Pilar Europeo de la Alianza”, un concepto diseñado para definir la aportación del viejo continente a la defensa colectiva.
El problema radica en que este "Pilar" sigue siendo una abstracción etérea. Nos encontramos ante una dificultad similar a la que planteaba Henry Kissinger hace décadas cuando preguntaba a qué número de teléfono debía llamar si quería hablar con Europa.
Muchos podrían deducir que este pilar se encarna en la Unión Europea, pero la realidad es distinta. Actualmente, la OTAN cuenta con 32 miembros (30 de ellos europeos, incluyendo a Turquía), mientras que la UE integra a 27 Estados, de los cuales 23 pertenecen a la Alianza. Esta asimetría genera fricciones y complejidades políticas que dificultan la articulación real de dicho pilar.
Por otro lado, la OTAN dispone de un entramado de cuarteles generales y sistemas de planeamiento altamente efectivo y adiestrado, mientras que la UE posee un sistema homólogo aún en fase embrionaria.
Dado que para los 23 países coincidentes los recursos humanos y materiales son los mismos —ya se pongan a disposición de una organización u otra—, cuando surge el riesgo de un empleo operativo real, la confianza se decanta hacia las estructuras que ofrecen mayores garantías.
Teóricamente, esto se resolvería creando un sistema de mando y control militar en la UE paralelo al de la OTAN, pero es una opción que despierta recelos al ser percibida como una duplicidad innecesaria de esfuerzos.
Como fórmula de compromiso coexiste, desde 2003, el marco de acuerdos "Berlín Plus", que permite a la UE emplear las capacidades de planeamiento y las estructuras de la OTAN. Este mecanismo se ha materializado en misiones como la operación Concordia (Macedonia del Norte, ya concluida) o Althea (Bosnia-Herzegovina, aún activa).
El tablero geopolítico está sufriendo un desplazamiento tectónico hacia otras regiones del planeta que ganan relevancia estratégica, y Washington está reorientando su foco de atención hacia ellas.
Bajo este paraguas, el Comandante Estratégico de la operación de la UE es el Segundo Comandante del Mando de Operaciones de la OTAN (DSACEUR), un puesto reservado a un europeo. Sin embargo, el Brexit ha introducido una distorsión, ya que dicho cargo lo ocupa siempre un alto oficial británico (país que ya no pertenece a la UE).
Aunque la buena voluntad de las partes y el perfil actual de la misión Althea permiten gestionar la situación sin contratiempos, las suspicacias entre los socios comunitarios permanecen latentes.
Estados Unidos es el aliado indispensable en la OTAN: es el actor que más capacidades aporta y el que posee un mayor volumen de fuerzas proyectables. Conviene recordar que la Alianza, salvo contadas excepciones, no dispone de ejércitos propios, sino de estructuras de mando; las fuerzas pertenecen a las naciones soberanas, que las asignan según planes específicos.
Sin embargo, Estados Unidos es una potencia global. El tablero geopolítico está sufriendo un desplazamiento tectónico hacia otras regiones del planeta que ganan relevancia estratégica, y Washington está reorientando su foco de atención hacia ellas.
A pesar de las corrientes de opinión más pesimistas, es muy improbable que Estados Unidos rompa con la OTAN.
La OTAN ha demostrado ser una organización sumamente eficaz que aglutina a naciones que comparten una misma visión fundada en la libertad, el respeto mutuo y el imperio de la ley, tal y como reza su carta fundacional: el Tratado de Washington de 1949. Su éxito histórico se refleja en su crecimiento, pasando de los 12 miembros fundacionales a los 32 actuales, sin que ninguno haya abandonado la organización.
A pesar de las corrientes de opinión más pesimistas, es muy improbable que Estados Unidos rompa con la OTAN; hay demasiado en juego en términos de lazos culturales, históricos y estratégicos que van más allá de lo económico.
No obstante, las capitales europeas deben asumir la responsabilidad de adoptar un rol más activo y maduro en la seguridad de su propio continente. Europa debe dotarse de capacidades autónomas y soberanas en lugar de delegar su seguridad de forma exclusiva en un aliado cuyo horizonte estratégico ya no es únicamente europeo.
Es de esperar que de la cumbre de Ankara emerja un "Pilar Europeo" verdaderamente revitalizado; un proyecto que comience a dar pasos firmes para transitar de la entelequia a la realidad tangible. Solo así, más pronto que tarde, se despejará la vieja incógnita de qué teléfono marcar cuando se necesite llamar al “Pilar Europeo de la Alianza”.
*** Teniente General (R) Fco.Javier Arnaiz, ex-JEMA, Miembro de la Junta Directiva de la Asociación Atlántica Española.
