La maquinaria de propaganda de China ha pasado años construyendo una narrativa de invencibilidad en torno a sus capacidades militares en el Pacífico. No obstante, un reciente informe del Instituto de Estudios Aeroespaciales de China (CASI, por sus siglas en inglés) de la Fuerza Aérea de Estados Unidos (USAF) pone en duda el poderío militar de Pekín.
El documento, titulado "Percepciones chinas de la tecnología furtiva: formando defensas contra las capacidades de EEUU y desarrollos autóctonos", analiza cómo el gigante asiático confía ciegamente en una densa red de sensores que considera soluciones definitivas contra los cazas furtivos de Occidente, es decir, los F-35 y F-22 de origen estadounidense.
Sin embargo, los autores de la investigación exponen cómo la teoría militar china suele chocar contra la realidad de los escenarios de combate.
El ejemplo más contundente de esta desconexión ocurrió lejos del Pacífico, en el espacio aéreo de Venezuela, durante la denominada Operación Resolución Absoluta llevada a cabo por EEUU, a comienzos de año, y que terminó con la captura del ahora expresidente Nicolás Maduro.
Aquella madrugada, la actuación del radar JY-27 de fabricación china -promocionado por Pekín por su supuesta capacidad de detección de largo alcance de hasta 240 millas náuticas contra plataformas furtivas y su resistencia a la guerra electrónica- dejaron en evidencia las profundas deficiencias que, siempre según el Pentágono, arrastra el ecosistema de defensa antiaérea del Ejército Popular de Liberación.
La USAF señala que cuando sus cazas penetraron el espacio aéreo venezolano, los sistemas JY-27 no lograron mitigar la incursión ni generar un impacto real: las aeronaves operaron con total eficacia, sembrando serias dudas sobre la efectividad de estos sistemas.
Para Washington este tropiezo no es un hecho aislado sino la consecuencia de una obsesión institucional que arrastra China desde que un misil soviético derribó un cazabombardero F-117 estadounidense sobre Serbia en 1999.
Aquel suceso convenció -erróneamente, de acuerdo al citado documento- a los estrategas de Pekín de que el sigilo occidental era fácil de vencer si se invertía masivamente en radares de frecuencias bajas.
Desde entonces, corporaciones estatales chinas han gastado millones en perfeccionar matrices de ondas métricas con la firme convicción de que los diseños geométricos de los cazas occidentales quedarían obsoletos.
Radar JY-27 de origen chino desplegado por Venezuela
Sin embargo, los expertos de la Fuerza Aérea de EEUU desmontan esta estrategia en su informe al subrayar que China comete el grave error conceptual de confundir la alerta temprana con la capacidad real de guiado y destrucción.
La investigación detalla que los radares que operan en las frecuencias VHF (frecuencia muy alta) y UHF (frecuencia ultraalta), como el JY-27A, poseen longitudes de onda largas que efectivamente pueden percibir de manera probabilística que algo se mueve en el cielo a gran distancia, actuando como una alarma.
No obstante, enfatiza es que la resolución de estos sistemas es sumamente tosca e imprecisa y concluyen que una mancha borrosa en una pantalla a cientos de kilómetros es inútil para alimentar el sistema de puntería de un misil, el cual requiere una transferencia de datos milimétrica a radares de control de fuego de alta frecuencia para poder destruir el objetivo.
De hecho, para el Pentágono los radares estrella de Pekín sufren enormemente al operar en entornos complejos plagados de interferencias.
En este sentido, las costas asiáticas y la complicada orografía montañosa de la isla de Taiwán representan un desafío técnico inmenso para unos algoritmos chinos que no logran filtrar con éxito el desorden ambiental.
El informe advierte que, en una situación de combate donde se desplieguen contramedidas electrónicas avanzadas, la capacidad de estos radares se degrada rápidamente, creando una peligrosa ventana de tiempo que los pilotos occidentales podrían aprovechar para eludir la amenaza o destruir los propios centros de emisión.
Los problemas del caza J-20
Esta mentalidad que prioriza las soluciones materiales por encima de la profundidad operativa no solo afecta a los radares terrestres sino que ha contaminado también el desarrollo de los propios aviones de combate chinos.
El trabajo analiza el caza J-20, el orgullo de la Fuerza Aérea china, y sentencia que acumula serias carencias de diseño. La USAF indica que la aeronave de quinta generación china presenta una reducción de RCS (sección transversal de radar) aceptable únicamente desde una perspectiva frontal, pero sus secciones laterales y traseras exponen firmas masivas que lo vuelven vulnerable.
Dos cazas J-20 chinos
Asimismo, el documento revela que Pekín ha apostado por la producción en masa para acortar la brecha, dejando de lado la resolución de problemas de desgaste térmico en sus motores WS-15, los cuales requieren mantenimiento con una frecuencia hasta tres veces superior que los propulsores que equipan los aviones de Washington.
El CASI alerta del peligro que implica el "sesgo de optimismo" que existe dentro del liderazgo del Ejército Popular de Liberación: los planificadores militares en Pekín parecen haber caído en la trampa de creer en su propia propaganda, asumiendo de manera rígida que sus capas de radar han neutralizado por completo la ventaja del sigilo de sus adversarios.
El informe advierte que esta autopercepción inflada podría envalentonar a los líderes chinos a tomar decisiones sumamente agresivas, como decretar un bloqueo marítimo o lanzar una ofensiva directa contra Taiwán en los próximos años, bajo la premisa errónea de que sus sistemas defensivos mantendrán a raya a las fuerzas occidentales que salgan en auxilio de Taipéi.
La realidad operativa sugerida por el informe a raíz de lo observado en Venezuela es muy diferente. Los investigadores aseguran que, ante un escenario real de conflicto en el Estrecho de Taiwán, una fuerza combinada que implemente ataques de precisión con cazas y bombarderos de nueva generación podría fracturar y colapsar la rígida red de mando china en cuestión de horas.
El estudio reafirma que el verdadero valor de la tecnología furtiva de EEUU no descansa únicamente en el hardware sino en un ecosistema integrado que combina la optimización de rutas en tiempo real, el soporte de guerra electrónica activa y décadas de experiencia acumulada en combate real, elementos intangibles ante los cuales la rígida planificación de Pekín sigue estando en una clara desventaja.
