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Las claves

El Kremlin ha sacudido el tablero de la seguridad global con el anuncio del éxito definitivo del RS-28 Sarmat, el misil balístico intercontinental de nueva generación que la OTAN ha apodado Satanás II. Tras años de retrasos técnicos y una trayectoria de pruebas marcada por la incertidumbre, el reciente lanzamiento desde el cosmódromo de Plesetsk no es sólo un avance militar sino la consolidación de la hegemonía nuclear rusa.

Este coloso de acero, capaz de transportar la mayor carga atómica del planeta, ha logrado impactar su objetivo en la península de Kamchatka, validando una tecnología que Vladimir Putin describe como invulnerable ante cualquier sistema de defensa actual.

La relevancia de este nuevo vector de ataque reside en su capacidad para reescribir las reglas de la interceptación balística. A diferencia de sus predecesores, el Satanás II no se limita a trayectorias parabólicas predecibles, en cambio, su diseño le permite operar en regímenes suborbitales lo que expande su radio de acción de manera exponencial.

Putin ha calificado la prueba de "acontecimiento importante y éxito incondicional". "Los resultados positivos del lanzamiento del sistema de misiles Sarmat nos permitirán desplegar el primer regimiento de misiles armado con este sistema en servicio de combate en la formación de Uzhur del Krai de Krasnoyarsk a finales de este año", ha asegurado.

El líder ruso, al dirigirse a sus altos mandos tras observar el lanzamiento por videoconferencia, ha afirmado que este sistema tiene características de rendimiento únicas y es capaz de superar todos los medios modernos de defensa antimisiles.

"El Sarmat entrará en servicio de combate a finales de este año. El misil puede moverse no sólo en una trayectoria balística, sino también en una suborbital, lo que le permite un alcance de más de 35.000 kilómetros, duplicando su precisión y su capacidad para penetrar todos los sistemas de defensa antimisiles existentes y futuros", ha detallado el mandatario.

El alcance reportado desafía los estándares previos de la tecnología balística. Para ponerlo en perspectiva, este rango duplica el de los misiles más potentes de China y Corea del Norte, permitiendo al Kremlin atacar cualquier punto del globo no solo por la ruta más corta, sino rodeando el planeta por trayectorias inesperadas, como el Polo Sur.

Esta capacidad de bombardeo orbital fraccionado es lo que hace que el Satanás II sea virtualmente indetectable para los sistemas de alerta temprana estacionados en el hemisferio norte, diseñados principalmente para vigilar el cruce del Ártico.

Además, la fase de propulsión inicial es tan breve que los sensores infrarrojos espaciales apenas tienen tiempo para triangular el punto de origen, reduciendo drásticamente la capacidad de respuesta de cualquier adversario.

Propulsión líquida

Desde el punto de vista técnico, el Satanás II es un prodigio de la propulsión líquida. Aunque el uso de combustible líquido podría parecer un anacronismo frente a los misiles de combustible sólido, Rusia ha perfeccionado el uso de hidracina y tetróxido de nitrógeno, permitiendo que estos ingenios permanezcan listos para el lanzamiento de forma indefinida en silos altamente protegidos.

Esta elección técnica permite una carga útil de hasta diez toneladas. Con esta capacidad, el misil puede transportar entre 10 y 16 ojivas nucleares independientes, cada una con una potencia destructiva de 750 kilotones. En términos prácticos, un único proyectil posee la fuerza suficiente para devastar un territorio de la extensión de España, convirtiéndolo en la ojiva más grande y letal del planeta.

No obstante, la verdadera amenaza no radica sólo en su fuerza bruta sino en la sofisticación de los vehículos de planeo hipersónico Avangard, que pueden viajar a velocidades superiores a Mach 20 realizando maniobras evasivas en la atmósfera superior.

A pesar de la retórica triunfalista del Kremlin, el camino hacia el despliegue final del Satanás II ha estado plagado de obstáculos. Desde los fallos en los silos de pruebas que resultaron en explosiones catastróficas en años anteriores hasta las presiones económicas derivadas de las sanciones internacionales, el programa ha sufrido constantes reajustes.

La industria de defensa rusa ha tenido que lidiar con la falta de componentes críticos y tensiones presupuestarias mientras intentaba materializar un arma que sustituyera al antiguo sistema R-36M2 de la era soviética.

Sin embargo, la persistencia en este proyecto demuestra que, para el mando ruso, la modernización de la tríada nuclear es una prioridad absoluta que trasciende las dificultades técnicas o económicas actuales. Así, la entrada en servicio del Satanás II este 2026 supone el cierre de un ciclo de desarrollo accidentado, sí, pero ambicioso.

El inminente despliegue del misil redefinirá la arquitectura de seguridad internacional. Al combinar un alcance transesférico con la mayor carga nuclear jamás ensamblada en un misil intercontinental, Rusia busca consolidar una posición de fuerza en un tablero global cada vez más inestable.