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Las claves

El Departamento de Defensa de Estados Unidos se encuentra actualmente en una encrucijada estratégica y tecnológica de proporciones históricas. La reciente confirmación de que la entrada en servicio de tres de sus nuevos portaaviones de la clase Gerald R. Ford se retrasará -en algunos casos- hasta dos años más de lo previsto va más allá de un simple reajuste en el calendario de entregas, sino que es un síntoma de las profundas dificultades que enfrenta la industria naval estadounidense para materializar la próxima generación de buques.

La razón de estas demoras se halla en los trabajos que se han tenido que llevar a cabo para solucionar las fallas detectadas en el buque insignia de la serie, el USS Gerald R. Ford, antes de que los nuevos navíos se incorporen a una flota que enfrenta una presión global creciente.

La situación del USS John F. Kennedy, el segundo de esta nueva estirpe de gigantes, ilustra perfectamente la magnitud del desafío. Su botadura ha sido reprogramada para marzo de 2027, lo que supone un ciclo de fabricación total de 16 años desde que comenzó su construcción en 2011.

Este retraso, según han detallado desde el astillero Newport News Shipbuilding, propiedad de Ingalls Shipbuilding, se debe principalmente a cuellos de botella en la cadena de suministro y a la entrega tardía de componentes críticos de gran tamaño. Estos elementos son vitales para la estructura misma del buque en el dique seco y su ausencia ha generado una parálisis que ahora intenta revertirse tras la llegada de los materiales faltantes.

Sin embargo, el problema no es meramente logístico. La Marina de EEUU ha tenido que admitir que el diseño original del programa Gerald R. Ford presentaba defectos estructurales y tecnológicos que convirtieron al primer buque de la clase en un ejemplo de lo que algunos organismos de supervisión gubernamental consideran una gestión fallida.

El portaaviones USS Gerald R. Ford llega a la bahía de Souda (Grecia).

Desde sistemas de sensores y radares que resultaron ser ineficaces hasta problemas tan mundanos pero críticos como el colapso recurrente de los sistemas de gestión de desechos humanos, el Ford ha sido un banco de pruebas extremadamente costoso.

Las crónicas sobre marineros esperando periodos absurdos para acceder a servicios básicos o el fallo constante de los elevadores de aeronaves han obligado a los ingenieros a replantear gran parte del diseño para los buques sucesores.

Más retrasos

Esta necesidad de reingeniería ha tenido un efecto dominó inevitable sobre el USS Enterprise y el USS Doris Miller, el tercer y cuarto portaaviones de la serie. El Enterprise se enfrenta ahora a un retraso de ocho meses, moviendo su fecha de entrega hacia principios de la próxima década.

Por su parte, el Doris Miller ha visto cómo su horizonte operativo se desplazaba dos años completos, hasta 2034. La explicación reside en la saturación y las limitaciones de espacio de los astilleros de Newport News Shipbuilding.

Al no poder liberar los diques y los recursos humanos y técnicos debido a los problemas en los barcos precedentes, la construcción de los nuevos módulos se ha visto restringida, creando una reacción en cadena que ralentiza todo el programa de modernización naval.

El aspecto financiero de este retraso es igualmente alarmante. Se estima que el USS John F. Kennedy superará los 12.900 millones de dólares (10.960 millones de euros al cambio actual), mientras que el Doris Miller ya se proyecta por encima de los 14.000 millones (11.890 millones).

El portaaviones USS Gerald R. Ford, navega junto al USNS Laramie Reuters

Los nuevos buques cuestan más del doble que sus predecesores de la clase Nimitz, a pesar de tener un desplazamiento similar.

Semejante inversión se justifica oficialmente por la incorporación de tecnologías revolucionarias, como las catapultas electromagnéticas, pero la realidad es que gran parte del sobrecosto se deriva de la corrección de errores de diseño y de la ineficiencia productiva acumulada durante casi dos décadas.

La presión china

Mientras Estados Unidos lidia con estos contratiempos internos, el panorama internacional no concede tregua. La urgencia de renovar la flota se ha intensificado tras la aparición del Fujian, el primer superportaaviones desarrollado por China.

Aunque el buque de Pekín carece de propulsión nuclear y tiene una tasa de lanzamiento teóricamente inferior, su ala aérea es sumamente moderna e integra cazas de quinta generación y aviones de ataque electrónico de última hornada.

El portaaviones Fujian de China

La capacidad industrial de los astilleros chinos, que actualmente producen simultáneamente buques nucleares y convencionales, supone una amenaza directa a la hegemonía estadounidense, especialmente cuando los buques de la clase Nimitz empiezan a mostrar los signos del paso del tiempo y el desgaste operativo.

La US Navy se encuentra así en una posición delicada. Por un lado, necesita desplegar estas nuevas plataformas para mantener su ventaja tecnológica y su capacidad de proyección de poder en escenarios como el Indopacífico. Por otro, enviar al mar embarcaciones con sistemas de armas o radares defectuosos, como ocurrió inicialmente con el Ford, es un riesgo que ya no pueden permitirse ni política ni militarmente.

La decisión de retrasar las entregas busca garantizar que, cuando el John F. Kennedy, el Enterprise y el Doris Miller finalmente eleven ancla, sean buques plenamente operativos y libres de las fallas que afectaron al primer barco de su clase.

De esta manera, el futuro de la superioridad naval de Washington depende de la capacidad de su base industrial para superar estos obstáculos. La integración de capacidades críticas, como la operación nativa del caza F-35C, se ha vuelto una exigencia innegociable del Congreso, lo que añade capas de complejidad a un proceso de construcción ya de por sí saturado.

Los próximos años serán determinantes para observar si este tiempo adicional permite a los astilleros estadounidenses recuperar el ritmo y la eficiencia, o si los sobrecostos y los retrasos terminarán por comprometer la estructura misma de la defensa marítima de la nación frente a competidores que avanzan sin las mismas trabas burocráticas y estructurales.