Una columna de humo negro se elevó el fin de semana sobre el aeropuerto internacional de Riad. Ambulancias y helicópteros trasladando a cientos de heridos. Vuelos cancelados y terminales convertidas en escenarios de emergencia. En resumen, caos.
Los hutíes han cumplido su amenaza y llevado al corazón saudí una guerra a la que los habitantes del Reino no estaban acostumbrados: el conflicto ya no es lejano, sino que golpea el centro neurálgico de uno de los países más poderosos de Oriente Medio.
Al menos 12 personas han muerto y otras 309 han resultado heridas en un primer ataque contra el aeropuerto Rey Jalid, según fuentes oficiales. La ofensiva se ha convertido en el episodio más mortífero de este tipo sufrido por el reino en más de una década.
Entre las víctimas hay ciudadanos saudíes y extranjeros. La llegada masiva de víctimas a los hospitales, las escenas de desorden en las instalaciones aeroportuarias y la suspensión de operaciones reflejaron la magnitud del golpe.
La ofensiva continuó este domingo. La Autoridad de Aviación Civil saudí confirmó un nuevo ataque contra el aeropuerto de Riad y otro contra el aeropuerto internacional Rey Fahd de Dammam.
Los hutíes reivindicaron ambos ataques y renovaron sus advertencias a las aerolíneas, los trabajadores aeroportuarios y los viajeros para que eviten los aeropuertos y el espacio aéreo saudí, al considerar que pueden volver a ser objetivos de sus operaciones.
Y una amenaza: los rebeldes del Yemén continuarán golpeando a su enemigo sunita.
Infraestructuras energéticas
La amenaza se agrava ante la posibilidad de que la ofensiva alcance infraestructuras energéticas, lo que añade una dimensión económica a una escalada que amenaza con extender la guerra más allá de Yemen y de los enfrentamientos entre EEUU, Israel e Irán.
Riad ha prometido responder. La amenaza de represalias abre la puerta a una nueva espiral de ataques en un momento en que Arabia Saudí trata de evitar que el conflicto regional comprometa su seguridad y sus planes económicos.
El presidente estadounidense, Donald Trump, también ha condenado los ataques y ha planteado la posibilidad de que Washington participe en las operaciones saudíes contra los hutíes, como ya hizo a inicio de su mandato.
La guerra, aunque sin mucho eco en Occidente, comenzó en marzo de 2015.
Ese año, Riad encabezó una coalición militar árabe para respaldar al Gobierno yemení reconocido internacionalmente y frenar el avance de los hutíes, que habían tomado Saná, la capital, y amplias zonas del norte del país.
El objetivo era revertir sus conquistas y restaurar la autoridad gubernamental.
Más de once años después, la operación no ha logrado su propósito.
Los hutíes -aliados de Teherán- mantienen el control de la capital y de buena parte del territorio, conservan una importante capacidad militar y han demostrado que pueden atacar objetivos situados a cientos de kilómetros de sus posiciones.
La superioridad económica, aérea y tecnológica de Arabia Saudí no ha bastado para neutralizarlos.
El alto el fuego auspiciado por Naciones Unidas en 2022 redujo los combates a gran escala y abrió la puerta a contactos entre Riad y los rebeldes.
Pero nunca se tradujo en una solución política definitiva. La reanudación de los enfrentamientos y la nueva campaña de ataques contra territorio saudí han vuelto a poner de manifiesto la fragilidad de aquella calma.
Bab el Mandeb
La dimensión económica de la crisis se extiende hasta Bab el Mandeb, el estrecho que conecta el golfo de Adén con el mar Rojo y constituye una de las principales vías de acceso al canal de Suez.
Por ese corredor transitan mercancías entre Asia y Europa, además de cargamentos de petróleo.
Su importancia aumenta ante la crisis desatada por Trump en el estrecho de Ormuz, en la entrada del golfo Pérsico.
Arabia Saudí dispone del oleoducto Este-Oeste, que permite transportar parte de su producción desde los campos petrolíferos del este hasta la terminal de Yanbu, en el mar Rojo, evitando la salida por Ormuz.
Pero esa alternativa no elimina todos los riesgos: los buques que desde allí se dirigen a Europa deben atravesar Bab el Mandeb.
Los hutíes mantienen posiciones en la costa yemení desde las que pueden amenazar el tráfico marítimo.
Si reanudan ataques sostenidos contra buques mercantes o logran interrumpir el paso, las navieras podrían verse obligadas a desviar sus barcos por el cabo de Buena Esperanza, al sur de África.
Los trayectos serían más largos y aumentarían los costes de combustible, seguros y transporte.
Una crisis más que, por tanto, agrava la coyuntura energética internacional y añade presión sobre unos mercados ya tensionados por la guerra de Trump en Oriente Medio y de Putin en Ucrania.