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Las claves

A menudo, los grandes partidos son fagocitados por minorías que hacen olvidar lo que fueron. Así, el Partido Republicano se ha convertido en el Partido MAGA para desesperación de muchos conservadores estadounidenses o el PSOE se ha convertido en una caja de sorpresas que benefician al líder ante la incredulidad de los simpatizantes más moderados.

Lo mismo ha sucedido con el Likud, la formación que gobierna Israel de manera casi ininterrumpida desde 2009 y que llega a las elecciones del próximo 27 de octubre convertida en algo que buena parte de sus propios votantes ya no reconoce. Las primarias del pasado lunes, en las que 76.068 militantes escogieron la lista de candidatos, han dejado esa distancia por escrito.

Menájem Beguin levantó el Likud en 1973 uniendo al Herut nacionalista con los liberales y con varios grupos menores, y, cuatro años después, rompió en las urnas tres décadas de hegemonía laborista. Desde su creación, el Likud ha sido un partido duro: reivindicaba la soberanía judía sobre toda la tierra de Israel, impulsó la colonización de Cisjordania y ordenó bombardear el reactor iraquí de Osirak sin pedir permiso a nadie.

Ahora bien, también fue el partido que firmó la paz con Egipto en 1979, devolvió el Sinaí entero a Anwar el Sadat y desmanteló por la fuerza los asentamientos que los propios israelíes habían levantado allí.

Esa doble condición -intransigencia territorial dentro de un marcado pragmatismo cuando el cálculo lo aconsejaba- se mantuvo durante décadas. Ariel Sharón, un general al que nadie podía acusar precisamente de simpatía por la causa palestina, ordenó en 2005 la retirada unilateral de Gaza y el desmantelamiento de veintiún asentamientos, lo que acabó costándole la ruptura con su propio partido y la fundación de Kadima.

El propio Netanyahu aceptó en su discurso de Bar Ilán, en 2009, la creación de un Estado palestino desmilitarizado, y en 2020 congeló los planes de anexión de Cisjordania a cambio de los Acuerdos de Abraham con Emiratos Árabes Unidos y Bahréin.

De todo aquello no queda gran cosa. Netanyahu formó en diciembre de 2022 el gobierno más escorado a la derecha de la historia del país, con Itamar Ben Gvir, condenado por incitación al racismo y por apoyo a una organización terrorista, como ministro de Seguridad Nacional, y con Bezalel Smotrich, líder de la coalición Sionismo Religioso, en la cartera de Economía y con competencias sobre Cisjordania.

Desde entonces, han llegado la polémica reforma judicial que enfrentó a Netanyahu con el Supremo, la masacre terrorista del 7 de octubre de 2023, casi tres años de guerra en Gaza y la decisión de mantener la exención del servicio militar para los ultraortodoxos. El Likud sacó 32 escaños en 2022; las encuestas le dan ahora entre 21 y 24.

"Asesinar a 30 o 40 cada noche"

El citado Itamar Ben Gvir eligió el pasado 15 de agosto el pódcast '8 de octubre', que presenta el exrehén de Hamás Rom Braslavski, para reclamar que Israel lleve a cabo en Gaza "entre 30 y 40 asesinatos selectivos por noche". El ministro de Seguridad Nacional precisó que no se refería solo a quienes representen una amenaza inmediata. "Hay gente allí que no merece vivir", dijo, "ni siquiera son personas".

En la misma conversación defendió que toda Gaza pertenece a Israel, pidió levantar asentamientos judíos en la Franja y fomentar la mayor emigración posible de su población. También admitió que discrepa en esos puntos del primer ministro.

Las reacciones no tardaron en llegar. El canciller alemán, Friedrich Merz, calificó las palabras del ministro de inhumanas y contrarias al derecho internacional, y el portavoz de su gobierno, Sebastian Hille, las describió como “inaceptables”. El ministro francés de Asuntos Exteriores, Jean-Noël Barrot, las consideró "intolerables".

Stéphane Dujarric, portavoz del secretario general de Naciones Unidas, dijo el miércoles que eran "deshumanizantes y peligrosas" y las condenó sin reservas. La senadora demócrata por Nevada, Jacky Rosen, pidió directamente su dimisión y reclamó a Netanyahu que las desautorizara.

El ministro ultraderechista Itamar Ben Gvir irrumpiendo en la mezquita Al-Aqsa. REUTERS

No contento con las declaraciones del sábado, Ben Gvir difundió el martes un vídeo grabado en una obra donde, según explicó, se está construyendo el patíbulo en el que serán ejecutados los terroristas condenados, con gradas para que las familias de las víctimas puedan presenciarlo.

Días antes, había prometido a Braslavski que haría lo posible para permitirle colgar él mismo a su captor. Nada de esto debería tomar por sorpresa: Ben Gvir militó de joven en el movimiento Kach, ilegalizado en Israel, y llegó al gobierno con las dos mencionadas condenas a su espalda.

Con un perfil más bajo -más alto, parece imposible- Bezalel Smotrich centra su radicalismo en la vía administrativa. El gobierno israelí abrió esta semana el concurso para construir 1.200 viviendas en el proyecto E1, al este de Jerusalén, el que parte Cisjordania en dos y liquida cualquier continuidad territorial palestina.

El Reino Unido convocó al embajador israelí para dejar clara su protesta. En la aldea de Qusra, un grupo de colonos lleva más de once días asediando las casas de varias familias palestinas, entre ellas la de un ciudadano estadounidense, Loui Abu Ridi.

El embajador de Estados Unidos en Israel, Mike Huckabee, insistió el martes en llamar “terroristas” a los colonos violentos, abriendo otra brecha entre la administración israelí y la estadounidense. Una relación que no pasa por su mejor momento.

Netanyahu acelera y frena en paralelo

Netanyahu lleva años haciendo con Cisjordania casi lo contrario de lo que ha anunciado con anterioridad. En septiembre de 2025, firmó en Maale Adumim el impulso al plan E1 y proclamó que nunca habría un Estado palestino porque aquel lugar les pertenecía.

Un mes más tarde, en cambio, ordenó a los diputados del Likud abstenerse en la votación preliminar de una ley de soberanía sobre Cisjordania promovida por diputados ajenos a su coalición, que salió adelante por 25 votos contra 24, para no abrir un nuevo frente con Washington.

La anexión avanza por decreto y por registro catastral -en febrero, su gabinete inscribió como propiedad del estado amplias zonas del territorio, algo inédito desde 1967-, un método silencioso que mitiga la reacción internacional.

Nimrod Nir, investigador del laboratorio Agam de la Universidad Hebrea de Jerusalén, lleva meses midiendo la brecha entre votantes y militantes del Likud, que ahora se ha vuelto decisiva.

Según su encuesta publicada el 11 de agosto, sobre unos mil militantes del Likud y algo más de mil votantes del partido, el 54,9% de quienes lo votan quiere un gobierno más centrista que la coalición actual, mientras que solo el 33,9% de los afiliados con derecho a voto en las primarias opinaba lo mismo.

Dos tercios de los militantes prefieren algo parecido a lo que ya hay. En el reclutamiento de ultraortodoxos para el ejército, la distancia es idéntica: lo pide más del 80% de los votantes, pero solo el 65% de los afiliados.

Participantes en las primarias del Likud. Ohad Zwigenberg/REUTERS

Netanyahu no esperó a que esa aritmética se resolviera sola. El mes pasado consiguió que el Comité Central del Likud le concediera la potestad de designar a dedo ocho de los treinta primeros puestos de la lista -el 3, el 5, el 9, el 11, el 15, el 18, el 26 y el 29-, además de reservar otro para el ministro de Defensa, Israel Katz.

La maniobra abrió una guerra interna: la diputada Tally Gotliv, muy popular entre las bases, la describió como "una jugada vergonzosa que se burla de los votantes del Likud". Hay que recordar que esa prerrogativa se limitaba a dos puestos hace tan solo once años.

El pasado lunes votaron en primarias 76.068 de los cerca de 140.000 afiliados con derecho a hacerlo, un 53,5% de participación. El ministro de Energía, Eli Cohen, encabezó la lista de candidatos, seguido del presidente de la Knéset, Amir Ohana; del ministro de Justicia, Yariv Levin, y de la ministra de Transportes, Miri Regev.

Gotliv quedó en el puesto veinte. Se quedarán casi con seguridad fuera del Parlamento el ministro Nir Barkat, crítico interno del primer ministro, y la ministra de Igualdad Social, May Golan, que atribuyó su caída a ser “demasiado de derechas” para Netanyahu.

Quién recoge lo que el Likud pierde

Una encuesta previa de Nir entre mil votantes de primarias sin vínculos con los aparatos locales situaba a Gotliv y al presidente de la comisión de Exteriores y Defensa, Boaz Bismuth, entre los tres candidatos más votados. Los dos quedaron muy lejos en la práctica.

Dicho esto, Netanyahu también le dio algo a la parte más dura de su electorado: respaldó al exdiputado de Poder Judío, Almog Cohen, que quedó octavo. Según Nir, se trata de retener a los votantes que se han ido marchando hacia Ben Gvir estos años, convencidos de que es el primer ministro quien frena al ministro de Seguridad Nacional y no al revés.

Gadi Eisenkot, ex jefe del estado mayor israelí, y Naftalí Bennett, primer ministro entre 2021 y 2022, son quienes están recogiendo el resto de votantes desencantados con el radicalismo de la actual coalición. Ninguno de los dos es un peligroso izquierdista.

Benjamín Netanyahu vota en las primarias del Likud. Ohad Zwigenberg/REUTERS

Bennett declaró hace tres semanas a Channel 12 que no permitirá que se establezca un estado palestino ni siquiera a cambio de la normalización de relaciones con Arabia Saudí, y que no piensa entregar ni un centímetro de territorio. Eisenkot ha prometido no hacer ninguna concesión en la ley de reclutamiento, y aspira a una mayoría estrictamente sionista de 63 o 64 escaños.

En consecuencia, los dos han descartado formar un gobierno que dependa de los partidos árabes. Eisenkot ha llegado a decir que no les pedirá nada, que pueden apoyarle, abstenerse o quedarse al margen, y en abril convocó a los líderes de la oposición sin invitar a Hadash-Taal ni a Raam.

Bennett, que en 2021 gobernó con Raam dentro de su coalición, ha anunciado que esta vez sólo buscará socios sionistas. Avigdor Lieberman, de Yisrael Beitenu, descartó el lunes participar en cualquier fórmula de gobierno en minoría, que es precisamente la salida que Eisenkot ha empezado a manejar en público.

Las encuestas de esta semana no son malas para Eisenkot, pero apuntan a que ese veto puede costarle la estabilidad gubernamental y darle una nueva oportunidad a un abatido Netanyahu. La de Channel 13, publicada el miércoles, da a Yashar, el partido de Eisenkot, un máximo histórico de 26 escaños, con 59 para su bloque y 51 para el de Netanyahu.

Los partidos árabes, que acaban de acordar una lista conjunta entre Hadash, Taal y Balad, sumarían diez. La de Channel 12 del martes dejaba a la oposición judía en 60, uno por debajo de la mayoría absoluta. Mientras tanto, el general retirado Ofer Winter prepara para la semana que viene el lanzamiento de otro partido a la derecha del Likud, con consecuencias ahora mismo imprevisibles.