Ante las próximas elecciones legislativas de octubre, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, es consciente de que puede perder de dos maneras: una, traicionándose a sí mismo y a la coalición que ha gobernado el país durante los últimos cuatro años; la otra, simplemente, obteniendo menos votos que el bloque opositor.
También es consciente de que lo primero le arrastra a la derrota y el descrédito de forma fulminante, pero que lo segundo aún está por ver: las encuestas siguen dando a la oposición una mayoría relativa que necesitaría del apoyo de los partidos árabes para la investidura de un nuevo primer ministro.
Un sondeo del Canal 12 publicado el 3 de agosto, de cara a los comicios del 27 de octubre, situaba a los partidos sionistas de la oposición en 56 escaños, al bloque de Netanyahu en 50, a la formación de centro Hogar Sionista en 4 y a las listas mayoritariamente árabes Ra'am y Hadash-Ta'al en 5 cada una.
Incluyendo a Hogar Sionista, que está por ver, el bloque anti-Netanyahu llegaría a 60 escaños, uno menos de la mayoría en una Knéset de 120 miembros. Solo sumando a Ra'am alcanzaría los 65.
El problema es que ese paso está descartado por los propios opositores: Naftali Bennett, cuya coalición de 2021 sí incluyó a Ra'am, ha dicho que no repetiría, y Gadi Eisenkot, el aspirante mejor situado para desbancar a Netanyahu, también lo rechaza.
Enfrentado a ese tablero, Netanyahu eligió el domingo la única jugada que no le cuesta votos propios. "Quiero aclarar esto: Israel rechaza el documento de 15 puntos de la Junta de Paz. Por si alguien tenía dudas, aquí estoy diciéndolo otra vez", declaró durante una reunión de su Gabinete, en referencia al plan que el organismo dirigido por Donald Trump presentó tras anunciar el presidente estadounidense un acuerdo histórico para el desarme de Hamás.
"Las FDI no llevarán a cabo ninguna retirada hasta que Hamás esté desarmada. Y cuando digo que Hamás debe ser desarmada, me refiero a las armas pesadas y a las menos pesadas. A todas las armas. Hablamos de un desarme genuino, no ficticio", insistió Netanyahu.
Gadi Eisenkot, en el acto de lanzamiento de la campaña electoral de Yashar, su nuevo partido político.
El resto de su intervención estuvo dedicado a marcar distancias con Washington sin romper del todo la relación privilegiada.
Netanyahu explicó que Jerusalén sigue discutiendo el asunto con los estadounidenses —"tienen ideas, algunas de las cuales nos resultan aceptables y otras inaceptables, y sabemos plantarnos ante estas cosas"—, y añadió una frase que resume su posición: "Frente a todos los que nos sermonean, hacemos lo que hay que hacer por la seguridad de Israel, y podemos mantenernos firmes, incluso frente a nuestros mejores amigos si es necesario".
Reiteró asimismo que mientras él sea primer ministro no habrá estado palestino "ni en Gaza ni en Cisjordania, ni bajo Fatah ni bajo Hamás", y expresó su agradecimiento a Trump por la alianza en el empeño de impedir que Irán obtenga armamento nuclear.
Los socios que llevaban una semana empujando
La Casa Blanca no comentó las declaraciones de inmediato, aunque sí lo hizo este lunes la propia Junta de Paz, en declaraciones filtradas a la agencia Reuters. Un alto funcionario aseguró que el plan para la Franja de Gaza sigue plenamente vigente y que no se está pidiendo a Israel que confíe ni que tome medidas irreversibles antes de que se verifiquen avances sobre el terreno.
"Que la Junta de Paz y Hamás hayan llegado a un acuerdo para una hoja de ruta que lleve al alto el fuego no implica que las conversaciones con Israel no continúen", señaló esta fuente anónima.
La "rebelión" de Netanyahu no se puede considerar precisamente un impulso del momento, sino la conclusión de una semana de presiones internas.
El 2 de agosto, el ministro de Economía, Bezalel Smotrich, y la ministra de Asentamientos y Misiones Nacionales, Orit Strook, remitieron una carta al primer ministro pidiéndole que convocara de inmediato el Gabinete de Seguridad para revocar su aprobación del plan negociado por Washington, y que impidiera la entrada de la Fuerza Internacional de Estabilización en Gaza hasta que su propósito, su autoridad legal y sus misiones quedaran debidamente delimitados.
El argumento de Smotrich, expuesto en hebreo en la red social X, dejaba claro que el plan publicado por la Junta de Paz "no es el plan que se nos presentó en el Gabinete de Seguridad, ni es el que votamos".
El ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, uno de los opositores más tempranos y ruidosos al plan, celebró la conversión de su compañero de andanzas el pasado jueves.
"Felicidades al ministro Smotrich, que ha retirado su apoyo a la introducción de la Fuerza Internacional de Estabilización para Gaza y se une a mí en la firme oposición a este paso peligroso", declaró a la agencia JNS, y añadió: "Estaba claro desde el principio que ninguna fuerza internacional iba a hacer por nosotros el trabajo en Gaza; solo el Estado de Israel puede destruir a Hamás".
Ninguno de los dos es un socio decorativo, y ambos saben cómo presionar al Likud.
En enero de 2025, Ben Gvir abandonó la coalición con todo su partido, Poder Judío, tras la aprobación del alto el fuego con Hamás, que calificó entonces de capitulación, aunque anunció que volvería si se reanudaba la guerra; Smotrich, a su vez, amenazó con derribar el Gobierno si Israel no retomaba los combates hasta ocupar toda la Franja.
El ministro de Finanzas israelí, Bezalel Smotrich.
Un año y medio después, los dos ministros celebraban el anuncio de Netanyahu: "Felicito al primer ministro por responder a nuestra exigencia y aclararlo de forma inequívoca", escribió Smotrich. "Fuimos a la guerra con un objetivo central: la destrucción militar y civil de Hamás y su fin como autoridad gobernante. Esta hoja de ruta va 180 grados en contra de ese objetivo".
El miedo a quedarse solo frente a Teherán
A esto hay que añadirle un segundo escenario. Estados Unidos negocia con Irán la reapertura del estrecho de Ormuz, un expediente en el que Israel no participa y que no figuraba entre los motivos por los que entró en esta guerra el 28 de febrero. Aquella operación conjunta se lanzó contra el programa nuclear iraní, sus misiles balísticos y la cúpula del régimen.
La perspectiva de que Washington cierre el episodio con un acuerdo marítimo, dejando intactas las capacidades que Israel se propuso eliminar, alimenta el temor a quedarse solos frente a una teocracia envalentonada. El ministro de Defensa, Israel Katz, ya había ordenado en junio a las FDI preparar lo que denominó una "operación azul y blanca" en Irán.
Los indicios de estos días apuntan a que esa preparación está avanzando a grandes pasos.
Katz ha declarado que el Ejército tiene ya seleccionados los blancos dentro de Irán y está listo para actuar por su cuenta, y las FDI han cancelado todos los permisos militares, una medida que llama la atención porque se adoptó también el 26 de febrero, cuarenta y ocho horas antes de los ataques contra el complejo del líder supremo iraní.
El comandante del Mando Central estadounidense, el almirante Brad Cooper, viajó a Israel para reunirse con el jefe del Estado Mayor, el teniente general Eyal Zamir; según informó el Canal 13 israelí, el ejército le trasladó que no necesitaba aprobación estadounidense para lanzar otra guerra contra Irán.
"Cuando se trata de defendernos, no hay concesiones, ni en Líbano ni en Irán", afirmó hace poco el propio Katz.
A ese cuadro se ha sumado esta semana un elemento nuevo por el flanco árabe. Arabia Saudí, Turquía y Pakistán firmaron el viernes en La Meca un acuerdo de defensa conjunta que establece que un ataque contra cualquiera de los tres será considerado un ataque contra los tres a la vez.
Ya en febrero, durante una conferencia, el ex primer ministro Naftali Bennett sostuvo que Turquía es "el nuevo Irán" y afirmó que Ankara trata de poner a Arabia Saudí en contra de Israel y de construir un eje suní hostil junto a Pakistán, el único Estado de mayoría musulmana con armamento nuclear.
La entrada de los saudíes en los Acuerdos de Abraham, por lo tanto, parece cada vez más lejana y eso desata las inseguridades en Jerusalén.
Lo que quedó a medias en Teherán
Porque lo cierto es que, aunque Trump esté como loco para firmar cualquier acuerdo y declarar una victoria ficticia que poder vender a sus votantes, casi seis meses después, el régimen de los ayatolás sigue en pie con un nuevo líder supremo, y las imágenes de satélite recientes muestran una rápida reconstrucción de los emplazamientos alcanzados por los bombardeos estadounidenses e israelíes.
El Centro de Estudios Estratégicos Internacionales constata además que Teherán conserva 400 kilogramos de uranio enriquecido al 60% cuya localización exacta se desconoce.
El contraste con la situación de partida es lo que más pesa en la lectura israelí. Los bombardeos del 28 de febrero pretendían culminar dos meses de protestas y represión en las calles iraníes y propiciar una rebelión interna que acabara con el régimen.
El presidente iraní, Pezeshkian, a la izquierda, habla con el presidente del Parlamento, Qalibaf en el funeral de Jamaneí.
La indecisión de Trump a la hora de dar el golpe final —enviar tropas, la única manera real de cumplir el objetivo fijado— ha derivado en la situación actual, en la que no es Irán quien pide una tregua y acepta unas condiciones, sino al revés: son Estados Unidos y sus aliados árabes los que buscan desesperadamente la reapertura del Estrecho de Ormuz entre amenazas que no llegan nunca a cumplirse.
Entretanto, Estados Unidos ha consumido prácticamente toda su reserva de misiles de precisión de largo alcance —los ATACMS y los Precision Strike Missiles—, según reveló Reuters citando a tres personas familiarizadas con los datos, y alrededor del 65% de sus interceptores Patriot entre febrero y julio, según el Centro de Estudios Estratégicos Internacionales.
Un oficial del Mando Central envió a finales de julio un correo electrónico a un amplio grupo de analistas militares pidiendo "nuevas formas creativas y no convencionales de presionar y castigar a Irán".
Desde Israel, se ven todas estas indecisiones con auténtica inquietud y es algo que va mucho más allá de Netanyahu.
Su principal rival en las elecciones, el exjefe del Estado Mayor, Gadi Eisenkot, se pronunció sobre el plan de la Junta de Paz en términos que no se distinguen mucho de los del primer ministro: "El Estado de Israel no debe aceptar una realidad en la que Hamás sobreviva, se rearme y espere la oportunidad de perpetrar la próxima masacre", escribió en X.
El miedo permea aún toda la sociedad israelí, tanto dentro del ala más conservadora como de la más progresista. En otras palabras, gane quien gane en octubre, pensar que se va a prestar a lo que le ordene Trump o Blair o quien sea, es pura ciencia ficción.
