Con poco más de 20 años, Ramtin Zigorat descubrió que el régimen iraní lo había condenado a muerte. Su único "delito" era ser homosexual.
En el expediente judicial que justificaba su condena figuraba una acusación estremecedora: "Compartir enfermedades homosexuales e ir contra Dios, la religión y la seguridad del Estado". Una acusación que refleja la brutal persecución que siguen sufriendo miles de personas LGTBI en Irán.
Antes de ser detenido, Ramtin fue víctima de agresión sexual por parte de dos miembros de la Policía de la Moral.
En un país donde, según denuncia, "ser violado puede convertirse en un motivo para ser ejecutado", los responsables actúan con total impunidad. "Te penetran para que sufras, según ellos, la mayor de las deshonras que puede sufrir un hombre", relata Ramtin en una entrevista con EL ESPAÑOL.
Mientras esperaba su ejecución en la cárcel, fue sometido a torturas para obligarlo a delatar a otros amigos y conocidos homosexuales.
"Me encerraron en una celda de apenas metro y medio y me obligaban a escuchar el Corán las 24 horas del día. Cuando pedía agua, me tiraban mierda y me meaban encima. Llegué a desmayarme varias veces", recuerda.
Hoy, con 37 años, Ramtin ha encontrado refugio en España, donde continúa su labor como activista.
Ha decidido hacer pública su historia para denunciar una realidad que, a su juicio, sigue siendo ignorada: la persecución sistemática que padecen las personas LGTBI bajo el régimen teocrático iraní.
Esta es su historia.
Desde muy joven, Ramtin entendió que mostrar su identidad podría costarle la libertad e incluso la vida. "Era un niño afeminado y notaba la discriminación. Había personas de mi familia que no veían con buenos ojos que yo no encajara dentro de los estándares masculinos", cuenta.
Así, con 13 años, comenzó a acudir a cibercafés de Teherán, su ciudad de origen. Allí, lejos de las miradas de su entorno, empezó a buscar respuestas. "Buscaba por Internet por qué me parecían guapos los chicos de mi clase y si eso era malo", dice. "Ahí descubrí lo que era la homosexualidad".
El activista iraní Ramtin Zigorat.
Durante años guardó silencio hasta que decidió confiar en una persona que, pensó, podría ayudarle: el orientador de su colegio. "Pero no fue así", recuerda.
La respuesta del sistema educativo fue enviarlo a terapias de conversión en un centro de salud público. Un psicólogo llegó a recetarle antipsicóticos con la intención de "hacer olvidar" su "desviación", dice.
Durante aquellos meses, las sesiones estuvieron basadas en el miedo y la culpa. "Me decían que esto era una enfermedad de los judíos, que iba a arder en el infierno, que no mirara a los hombres, que me imaginara a las mujeres…", explica.
Tras cinco meses de tratamiento forzado en los que Ramtin no quiso contar nada en casa, su madre encontró las pastillas y acudió a los profesores.
"Ellos la amenazaron diciendo que, seguramente, no quisiera que su hijo fuera el maricón del colegio. Pero mi madre me sacó de allí", dice con orgullo.
Ese apoyo sería, años después, el motivo por el que Ramtin seguiría con vida.
Del miedo al activismo clandestino
Tras abandonar la escuela, Ramtin comenzó a conocer a otras personas homosexuales en Teherán a través de organizaciones clandestinas. "Ahí me sentí comprendido por primera vez. Me vi reflejado en ellos. Entonces, comenzó a luchar a través de un grupo activista".
El grupo al que pertenecía Ramtin organizaba campañas clandestinas, repartía información y trataba de crear espacios seguros. "Apoyamos a personas LGTBI para que encontraran trabajo, porque si eres homosexual en Irán se te cierran muchas puertas laborales", señala.
Pero aquella actividad llamó la atención del régimen. Y la persecución comenzó.
El régimen teocrático, que lleva 47 años en el poder —se instauró en 1979 tras el triunfo de la Revolución Islámica— aplicando la sharia (ley islámica), sigue ejecutando, a día de hoy, a las personas homosexuales.
Muchas de estas ejecuciones se realizan en las plazas, en la vía pública.
El activista iraní Ramtin Zigorat.
Las cifras oficiales hablan de más de 260 ejecuciones este año a personas LGTBI. Sin embargo, según Ramtin, otras muchas han sido asesinadas sin que sus casos sean registrados oficialmente.
"Hay cifras que hablan sobre 5.000 o 6.000 personas del colectivo LGTBI que han sido asesinadas por el Gobierno. A muchos les pegan un tiro en la cárcel y no son contabilizados", explica.
Para Ramtin, más allá de los números, está el sufrimiento cotidiano de quienes siguen viviendo escondidos. "He conocido también a muchas personas que se han quitado la vida porque no podían aguantar más vivir ocultando su homosexualidad. Es un horror", lamenta.
La violencia y humillación como castigo
Antes de ser detenido y condenado a muerte, Ramtin ya había experimentado una de las formas más extremas de violencia ejercida contra las personas LGTBI en Irán: la humillación y la agresión sexual como herramienta de castigo.
Durante su etapa de activismo, con 24 años, fue víctima de una violación cometida, según su testimonio, por dos miembros de la Policía de la Moral en una mezquita: "No pude denunciar porque si no me condenarían a la pena de muerte".
Antes de la agresión, los policías ya le habían advertido: "Me dijeron que si seguía andando y hablando como un maricón, me matarían…".
Pero, pese al miedo, no abandonó su activismo. "Mi historia es el resultado de muchas agresiones de una sociedad homófoba", afirma. "Por eso es muy importante hacer activismo, porque si no luchas por los derechos, estás muerto".
Cuando las autoridades comenzaron a perseguirle, Ramtin intentó escapar.
Durante semanas vivió escondido en diferentes casas de amigos de Teherán. "No podía llevar una vida normal. No podía utilizar mi tarjeta bancaria ni dormir en hoteles. Me tenían fichado", cuenta.
Obligado "a escuchar el Corán las 24 horas del día"
Sin embargo, cuando estaba a punto de abandonar Irán rumbo a Turquía, fue detenido en la frontera y llevado a un centro de detención.
"Me pegaron, me amenazaron con violar a mi familia, no me dejaban ir al baño. Metían mi cabeza debajo del agua para ahogarme", relata.
"Querían que delatara a mis compañeros de organización. Pero los activistas iraníes nunca vamos a delatar a un compañero, porque me van a matar igual, y también matarían a la persona que has delatado" explica.
Allí, en una celda de apenas metro y medio, donde fue obligado "a escuchar el Corán las 24 horas del día" y sometido a constantes humillaciones, esperó al día del juicio.
"En el juzgado no me dejaron sentarme para que, según ellos, no manchara la silla", comenta.
El activista iraní Ramtin Zigorat.
La acusación recogía los cargos que podían llevarle a la ejecución: "Compartir enfermedades homosexuales e ir contra Dios, la religión y la seguridad del Estado".
La condena fue la pena de muerte por el método de ahorcamiento.
A partir de ese momento, su vida quedó reducida a la espera. "En la cárcel solo podía pensar en mi familia, en mis amigos de la infancia. Sólo podía hablar con mi madre por teléfono durante un minuto a la semana".
Cada lunes, antes del amanecer, los guardias lo despertaban a las cinco de la mañana "para ir a ver cómo ahorcaban a los condenados". "Sentí mucho miedo", rememora.
La madre que compró su libertad
Sin embargo, después de un mes esperando su ejecución, lo sacaron de la cárcel. Le dijeron que quedaba libre, pero con una condición. "Como me volvieran a encontrar, me matarían. Esta vez sí".
Al llegar a la puerta de la prisión, se reencontró con sus padres. Acababa de volver a la vida.
"Después supe que mi madre pagó muchísimo dinero al juez para que cambiara la sentencia", revela.
La mujer que años antes había descubierto las pastillas que le habían obligado a tomar y había enfrentado al colegio para protegerlo, ahora había vuelto a salvar a su hijo. "Ella me salvó la vida", exclama.
El activista iraní Ramtin Zigorat.
El acuerdo alcanzado para evitar su ejecución tenía una condición: debía regresar a casa y permanecer encerrado durante dos años. Su hogar se convirtió en una extensión de la prisión.
Además, después de haber sido perseguido, torturado y condenado por el Estado, Ramtin vivía ahora bajo la amenaza permanente de volver a ser encontrado.
Durante ese tiempo, en 2014, su madre enfermó. Fue diagnosticada de cáncer y terminó falleciendo.
"Perdí todo el apoyo que me quedaba en el mundo. Fueron momentos muy duros", recuerda Ramtin, con la voz quebrada.
Entonces entendió que volver a esconderse significaba aceptar una vida marcada por el miedo. "Decidí volver al activismo. Si tenía que morir, lo iba a hacer dignamente. No quería morir en silencio, hundido en la tristeza".
En una sociedad donde cualquier relación con una persona perseguida puede convertirse en un riesgo, muchos de los que rodeaban a Ramtin comenzaron a alejarse. "Perdí a amigos que no querían juntarse conmigo por miedo. Pero conocí a otras personas nuevas y seguí con mi activismo".
Pero el régimen seguía vigilando.
Y finalmente volvió a encontrarle.
La huida definitiva
Fue el día de la boda de su hermana. La policía se enteró, y fueron a buscarle. "Mi hermana me avisó de que no acudiera a la boda ya que había personas muy raras esperándome".
Esta vez no habría una segunda oportunidad. Así que un tío suyo le pidió que huyera. "Me dio 5.000 dólares y llamó a un amigo suyo para que cogiera un avión a Turquía y me sacara de Irán".
Así, en 2015, Ramtin abandonaba su país sin saber si algún día regresaría. Atrás quedaban su familia, sus amigos y una vida marcada por la persecución y la violencia. Con él llevaba el recuerdo de su madre.
Pero huir no significó dejar atrás todas las dificultades. Como muchas personas refugiadas, tuvo que empezar desde cero. "Me costó mucho encontrar alojamiento y trabajo. Por suerte, conocí a unas trabajadoras sexuales, muchas de ellas trans, que me acogieron", relata.
Para Ramtin, esa experiencia confirmó algo que había aprendido durante toda su vida: las redes de solidaridad entre personas perseguidas pueden convertirse "en la diferencia entre sobrevivir o desaparecer".
En Turquía continuó con su activismo. Pero tampoco allí encontró una seguridad definitiva. Aunque la homosexualidad no está criminalizada en el país, Ramtin denuncia que las personas LGTBI siguen sufriendo discriminación y presión institucional.
El Estado turco, especialmente bajo los gobiernos conservadores de las últimas décadas, ha sido acusado por organizaciones de derechos humanos de tolerar discursos políticos contra la comunidad LGTBI y limitar sus espacios de expresión.
España: el país que le ha hecho descubrir la libertad
Así que, en 2019, decidió cambiar de aires y aterrizó en España. Primero viajó a León buscando más tranquilidad. Después se trasladó a Madrid. "Por primera vez me sentí una persona libre y aceptada. Me abrazaron personas que no conocía de nada y me dieron espacio en su vida. España me abrió las puertas", dice.
El activista iraní Ramtin Zigorat.
Hoy lleva cinco años trabajando en una organización. Tiene proyectos personales que simbolizan una vida normal, una vida que durante años le fue negada. "Quiero sacarme el carnet de conducir, ya que en Irán a las personas LGTBI le tienen prohibido sacarse el carnet", explica.
Hoy considera España su país, aunque sigue soñando con regresar, algún día, a "una Irán libre".
Ramtin sigue conectado con quienes permanecen allí. "Mucha gente sigue siendo asesinada por el Estado. Otros conviven con la vergüenza. Las personas homosexuales en Irán tampoco pueden tener una empresa. Conozco a una persona a la que le quitaron todo lo que tenía y se quitó la vida", lamenta.
El futuro de Irán: "Sentimos que Trump nos ha engañado"
Ramtin también observa con atención los acontecimientos políticos que afectan a su país.
El bombardeo de febrero de este año de Estados Unidos sobre Irán que acabó con la vida del líder supremo, Alí Jamenei, supuso un halo de esperanza para muchos iraníes que vieron este ataque como una forma de acabar con el régimen.
Donald Trump en la cumbre de la OTAN de Ankara.
Donald Trump aseguró que la muerte de Jamenei representaba una "oportunidad histórica" para que el pueblo iraní recuperara el control de su país. "La hora de su libertad está cerca", dijo el mandatario estadounidense.
"La mayoría de los iraníes han estado a favor de los ataques de Estados Unidos hacia Irán, ya que si eres una persona agnóstica, que cree en la libertad, como es la mayoría del pueblo iraní, no quieres que el régimen continúe", explica Ramtin.
Sin embargo, con la guerra abierta que mantienen las dos naciones —con un alto al fuego de por medio—, Trump ha afirmado que Estados Unidos seguirá manteniendo conversaciones con el régimen iraní, aunque no cesen los bombardeos.
Con lo cual, la postura inicial de acabar con el régimen parece ir desvaneciéndose.
No obstante, en la reciente cumbre de la OTAN, Trump se refirió al régimen de los ayatolás como "gente enferma, mala y violenta", y aseguró que no quería negociar con ellos. Un discurso ambiguo que desespera a la población iraní más desfavorecida.
"Sentimos que Trump nos ha engañado", dice Ramtin. "La sensación es que quiere colocar a alguien del régimen en el poder y sacar rédito. Y la lucha de los iraníes no consiste en llegar a hacer un trato con el régimen, sino quitarlo de en medio", comenta.
Un mensaje de esperanza
Asimismo, Ramtin también critica a los gobiernos occidentales que mantienen relaciones diplomáticas con las autoridades iraníes mientras, según denuncia, continúan las violaciones de derechos humanos.
"Es una vergüenza que los intereses económicos valgan más que la vida de decenas de miles de personas. España ha mejorado sus relaciones con el régimen iraní, aunque no tanto como Inglaterra y Francia. Un día llegará la libertad y tendrán que asumir la culpa y la vergüenza", denuncia.
La solución, afirma, debe responder al deseo del pueblo. "No confiamos en que un país extranjero vaya a cambiar la vida de los iraníes. Lo que busca el pueblo iraní es recuperar su dignidad y su libertad".
Por último, antes de despedirse, Ramtin quiere lanzar un mensaje de esperanza para quienes, como hizo él, luchan en Irán por encontrar la libertad: "Desde aquí les digo que luchar es el fundamento del cambio. Y que si no nos unimos y si no luchamos, no vamos a poder cambiar nada", concluye.
