Kayades significa "callados" en ladino, la lengua de los sefardíes expulsados de España en 1492. La palabra resume una estrategia aprendida por los judíos de Turquía en periodos de tensión: bajar la voz, reducir su presencia pública y evitar que su identidad los convierta en blanco de una crisis política que no controlan.
Este silencio se ha intensificado desde que la guerra de Gaza los ha expuesto a acoso y ataques.
Solo Karen Gerson Şarhon, coordinadora del Sentro Sefaradi de Estambul, rompe con reticencia ese silencio. A la pregunta de si los sefardíes turcos se sienten más incómodos con los conflictos desatados en la región desde 2023, su ponderada respuesta es "sí". Cuestionada sobre la nueva "ley de nietos" española, que deja fuera de la nacionalización a los sefardíes, añade: "Esto es más triste".
Şarhon, una de las últimas sefardíes en Turquía que domina ladino y otrora entusiasta comunicadora de sus costumbres, cultura y tradiciones, se muestra inusualmente parca.
En Estambul habita más del 90% de los hasta 15.000 judíos registrados en Turquía. Otras fuentes contactadas por EL ESPAÑOL se han negado a responder por ser la ciudadanía española un tema delicado, o incluso han llegado a asegurar que desconocían la nueva regulación.
La presencia judía en Anatolia es muy anterior a 1492: Constantinopla ya tenía comunidades romaniotas, judíos de lengua yevánica y cultura griega que vivían en el Imperio Bizantino antes de la conquista otomana.
La llegada de los expulsados de Castilla y Aragón, y después de Portugal, transformó aquella población. Estambul, Esmirna, Edirne y Salónica se convirtieron en grandes centros sefardíes, donde sus integrantes conservaron durante siglos el ladino, sus ritos y sus instituciones.
En Estambul, sus primeros barrios fueron los de Balat, Karaköy y Galata, donde su huella todavía hoy perdura.
Entrada de la Sinagoga de Neve Salom, en el barrio de Galata de Estambul, protegida por las fuerzas de seguridad.
El instinto de kayades se ha acentuado desde los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023 y la guerra de Gaza por parte de Israel.
"La inmensa mayoría ha optado por permanecer en silencio para desenvolverse con seguridad en el espacio público", explica a este diario la socióloga Özgür Kaymak, especialista en las minorías no musulmanas de Estambul y editora de Avlaremoz, una plataforma creada por judíos de Turquía contra el antisemitismo.
Entre los sefardíes de Turquía, los hay críticos con el Gobierno israelí, sionistas, antisionistas y personas que prefieren no pronunciarse. Casi todas las familias, sin embargo, tienen parientes o amigos en Israel. La guerra se vive así de manera personal, mientras dentro de Turquía se les exige con frecuencia que respondan por las decisiones de otro Estado.
El problema no es la crítica a Israel, sino el salto que convierte a ciudadanos turcos en responsables colectivos de sus acciones. Un comerciante judío de Estambul lo resumió así y bajo anonimato, tras iniciarse la guerra: "Nos relacionan directamente con las acciones de Israel. ¿Qué tenemos que ver? Somos gente de este país", según recogía entonces VOA.
Erdoğan y el desbordamiento antisemita
Recep Tayyip Erdoğan ha convertido la condena a Israel en uno de los ejes de su política exterior y de su movilización interna. Ha descrito a Hamás como un "movimiento de liberación", suspendió el comercio con Israel y ha acusado reiteradamente al Gobierno de Benjamin Netanyahu de genocidio.
En octubre de 2023, el propio presidente Erdoğan y su partido organizaron en el antiguo aeropuerto Atatürk de Estambul una multitudinaria "Gran Manifestación por Palestina".
Los ataques de Israel han matado a más de 73.000 palestinos, según el Ministerio de Salud de Gaza, en represalia al ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, que dejó más de 1.200 muertos en Israel, considerado como la mayor masacre de judíos desde el Holocausto.
La retórica antiisraelí no equivale por sí misma a antisemitismo. Pero su intensidad, repetición y difusión desde las instituciones de Ankara han contribuido a borrar esa frontera en parte de la sociedad.
Desde el inicio de la guerra, Turquía ha registrado protestas y acciones hostiles contra intereses israelíes: ataques simbólicos al consulado de Israel en Estambul, un intento de irrupción en la base estadounidense de Incirlik, boicots y, en abril de 2026, un tiroteo frente al consulado.
La hostilidad alcanzó también a la población judía: un rabino fue agredido en Estambul, una librería prohibió la entrada a judíos y una sinagoga de Esmirna apareció pintada con el lema "Israel asesino".
La comunidad ha reforzado desde entonces la seguridad. Y también el Gobierno turco, como todavía es hoy visible en el consulado israelí en Levent, y en las sinagogas y en los centros culturales sefardíes del barrio de Karaköy, uno de los núcleos históricos de la comunidad y donde creció el fundador de Mango, Isak Andic (en turco Andıç, pronunciado Ánduch).
Avlaremoz entrevistó a 26 judíos vinculados a Turquía para documentar el impacto del 7 de octubre. Los testimonios muestran miedo, enfado, desacuerdo con la ofensiva israelí y una sensación común: la obligación de demostrar lealtad a Turquía o declarar "de qué lado" están. Kaymak recuerda que esta reacción tiene precedentes históricos.
La comunidad se ha reducido por la emigración, la baja natalidad y el envejecimiento. "Muchos jóvenes se fueron a estudiar a Europa y muchos querían marcharse; los mayores no, porque tienen su vida aquí y es muy difícil cambiar de país a cierta edad", señala Şarhon.
Una reparación con fecha de caducidad
España abrió el 1 de octubre de 2015 una vía extraordinaria para que los sefardíes originarios de España obtuvieran la nacionalidad sin residir en el país.
La Ley 12/2015 exigía demostrar el origen sefardí y una "especial vinculación" con España, superar —salvo excepciones— una prueba de español de nivel A2 y otra de conocimientos constitucionales y socioculturales, y comparecer ante notario.
El procedimiento cerró el 1 de octubre de 2019. Según los últimos datos publicados por el Ministerio de Justicia de España, se han concedido algo más de 73.000 nacionalidades, más del 81% de América Latina. Entre ellas figuran 1.034 concesiones a solicitantes clasificados con Turquía como país de origen, sobre unos 1.268 expedientes presentados.
Tiendas de productos de electricidad en el barrio de Karaköy, en Estambul, donde llegaron muchos de los sefardíes expulsados de España en 1492.
Por contraste, entre 2015 y 2024 unas 3.000 personas procedentes de Turquía emigraron a Israel mediante la aliyá, el regreso de la diáspora judía amparada por la Ley del Retorno.
Es una cifra modesta frente a los cerca de 350.000 inmigrantes llegados en ese periodo, sobre todo desde Rusia, Ucrania, Francia y Estados Unidos, según datos oficiales israelíes.
En Turquía, además, muchos optaron por Portugal, cuyo procedimiento no exigía entonces un examen de lengua. "Más gente tomó la nacionalidad portuguesa porque Portugal no pedía examen", explica Şarhon.
Virna Banastey, coordinadora editorial del semanario judío Şalom, confirma que el requisito lingüístico hizo el proceso español más difícil para parte de los interesados.
Quienes solicitaron el pasaporte español no planeaban necesariamente mudarse a Madrid o Barcelona.
La investigación de Nesi Altaras, de Cambridge, basada en entrevistas a sefardíes turcos, muestra que predominaban motivos prácticos: estudiar y trabajar en la Unión Europea, viajar sin visados, ampliar las oportunidades de los hijos y disponer de una salida si empeoraba la seguridad, más que un retorno sentimental a Sefarad.
Fuera de la "ley de nietos"
La Ley de Memoria Democrática de 2022, conocida como "ley de nietos", abrió otra vía para descendientes de españoles. Sus supuestos se refieren a padres, madres, abuelos o abuelas originariamente españoles, especialmente en relación con el exilio del siglo XX, además de otros casos familiares. El plazo terminó el 22 de octubre de 2025.
Los sefardíes no fueron excluidos expresamente por ser sefardíes. Simplemente, la expulsión de 1492 queda demasiado lejos para encajar en una norma que exige una ascendencia española reciente. Un sefardí turco solo podía acogerse si, al margen de su origen, tenía un padre o abuelo comprendido en los supuestos de la ley.
Para los sefardíes este cambio tiene un peso simbólico evidente: España reconoció en 2015 una deuda histórica con quienes conservaron durante cinco siglos una lengua de raíz castellana, pero cerró aquella reparación en 2019 y no la incorporó al siguiente gran proceso de nacionalización de descendientes.
No existe, sin embargo, una movilización masiva en la comunidad para reabrirla. Kaymak señala que la ciudadanía española o portuguesa se entendió principalmente como una ventaja funcional, no como una restitución identitaria. El cierre se recibió con pragmatismo, aunque hoy resulte más relevante que hace unos años.
Sin embargo, los sefardíes conservan una vía permanente: pueden solicitar la nacionalidad española después de dos años de residencia legal, frente a los diez años de la regla general. Pero exige trasladarse a España. Para una población envejecida y arraigada en Turquía no es una alternativa equivalente.
En el clima actual de hostilidad antiisraelí, el valor de un pasaporte europeo es más que una seña de identidad: es una salida de emergencia para la comunidad sefardí.
