"Díganles a los iraníes que se preparen". La frase la soltó Donald Trump el lunes por la tarde, en el programa de radio de Hugh Hewitt, con esa mezcla de amenaza y anuncio comercial que ya nos es tan habitual en él. "Vamos a destruir la montaña Pickaxe y no hay nada que puedan hacer al respecto", añadió.
Horas antes, había proclamado que Estados Unidos sería el "guardián" del estrecho de Ormuz y cobraría un 20% del valor de toda la carga que lo cruzase. Todo ello, mientras el CENTCOM iniciaba la tercera noche consecutiva de bombardeos sobre Irán. En un solo día, el presidente norteamericano pasaba de dueño de una autopista de peaje a demoledor de montañas.
Lo que hace singular esta amenaza no es el tono, que es el de siempre, sino el objetivo. Kuh-e Kolang Gaz La, bautizada por los servicios de inteligencia estadounidenses como Pickaxe Mountain, la Montaña del Pico, es la única instalación nuclear iraní de primer nivel que ha sobrevivido intacta a dos operaciones militares.
No sufrió daños en junio de 2025, cuando la operación Martillo de Medianoche perforó Fordow con bombas GBU-57 de trece toneladas y tampoco la tocaron en la campaña de febrero de este año, la que decapitó a la cúpula del régimen y mató a Alí Jamenei.
Ha permanecido ahí, a kilómetro y medio al sur de Natanz, en la provincia de Isfahán, mientras todo lo demás ardía.
Trump lo sabe, y su formulación le delata. Preguntado por la conveniencia de un ataque, describió la instalación como "un buen objetivo para un certero disparo directo a la puerta principal".
Obsérvese que Trump habla de "la puerta principal". No del interior, ni de las cámaras de enriquecimiento, ni de las centrifugadoras: la puerta. Puede tratarse de la confesión involuntaria de un presidente que amenaza con arrasar algo para lo que, con toda probabilidad, su arsenal no alcanza.
Cientos de metros de granito
Kuh-e Kolang Gaz La empezó a excavarse en 2020, en plena espiral de desconfianza tras la retirada estadounidense del acuerdo nuclear.
Irán sostiene desde entonces que el complejo está destinado a fabricar centrifugadoras avanzadas para su programa civil, pero nunca ha permitido el acceso de los inspectores del Organismo Internacional de la Energía Atómica, lo que ha alimentado durante años las sospechas de Washington, Israel y las cancillerías europeas.
La hipótesis que manejan los servicios occidentales es más inquietante que la oficial: los túneles podrían albergar una planta de enriquecimiento no declarada, o el santuario donde Teherán guarda lo que queda de su material fisible.
La montaña se eleva unos 1.600 metros sobre el nivel del mar y contiene al menos dos grandes complejos de túneles.
Las estimaciones sobre su profundidad varían, pero coinciden en lo esencial: está enterrada bajo granito a una profundidad que sitúa sus cámaras internas fuera del alcance de las bombas antibúnker más potentes del arsenal norteamericano.
Fordow, que ya era una fortaleza excavada en la roca, resultó vulnerable. Los ingenieros iraníes aprendieron la lección y cavaron más hondo. Pickaxe es, en cierto modo, el monumento a la disuasión que Occidente construyó sin querer: cada bombardeo enseñó a Teherán exactamente cuánto tenía que profundizar.
De ahí la incoherencia que atraviesa las declaraciones de Trump. Por un lado, asegura que Washington tiene "muchos ojos" puestos sobre el complejo y que no detecta actividad. Por otro lado, promete públicamente destruirlo.
"Cada vez que oímos hablar de algo, lo volamos", dijo, antes de anticipar un golpe "relativamente pronto". Si no hay actividad, no hay urgencia. Si la hay, no hay bomba capaz. La amenaza, en rigor, no tiene un fin militar, sino simplemente propagandístico.
El peaje que duró un día
Y sin embargo hay una razón concreta para que la cuestión de Pickaxe irrumpa justo ahora. Una razón que no está en Truth Social sino en unas imágenes de satélite.
El 2 de julio, el Instituto para la Ciencia y la Seguridad Internacional publicó unas fotografías de finales de junio que mostraban movimiento de vehículos en los accesos a los portales occidentales de los túneles: obras en marcha en el interior del complejo y refuerzo de las entradas frente a un posible ataque.
El memorando de entendimiento firmado el 17 de junio en Versalles comprometía a Teherán a mantener el statu quo de su programa nuclear; seguir excavando no cabe en ninguna lectura razonable de esa cláusula. En otras palabras, Trump no ha descubierto la montaña: ha descubierto que la montaña crece.
Esa constatación explica el giro que el presidente ha dado en 24 horas y que a estas alturas ya nadie se molesta en intentar entender: el peaje de Ormuz ha muerto tan rápido como nació.
La idea era, desde el principio, jurídicamente insostenible —la Organización Marítima Internacional recordó que no existe base legal alguna para cobrar por el mero tránsito de un estrecho— y políticamente humillante para los propios aliados. El secretario de Estado, Marco Rubio, había criticado con dureza dicha posibilidad en el pasado.
Por su parte, Irán ha contestado a todas estas turbulencias con el lanzamiento de misiles crucero contra dos petroleros emiratíes en aguas de Omán, provocando la muerte de un marinero indio, además de ocho heridos.
La diplomacia iraní culpa a Washington del "regreso de la inseguridad" a la región y la Guardia Revolucionaria acusa a Estados Unidos de poner en riesgo el suministro mundial de petróleo. El portavoz del Ejército, el general Mohammad Akraminia, ha sido tajante: el estrecho no se reabrirá jamás mediante la guerra ni la agresión.
El hueco que deja Graham
Todo esto ocurre en una administración rota por dentro. Según reveló el portal Axios, el director de la CIA, John Ratcliffe, expresó dudas sobre la inteligencia en la que se sustentaba el acuerdo con Irán; Rubio y Pete Hegseth mantenían reservas, mientras J.D. Vance —junto a los inseparables Steve Witkoff y Jared Kushner— apoyaba la firma del memorando.
El vicepresidente fue el rostro público del pacto; el secretario de Defensa, su crítico silencioso. Cuando Irán atacó un carguero y cerró el estrecho, Hegseth resumió su parecer en X: "Irán tomó una mala decisión, ahora pagará". Dos almas y un presidente que oscila entre ambas según el día y el interlocutor radiofónico.
En ese equilibrio precario, Lindsey Graham cumplía una función que ahora nadie ocupa.
El senador por Carolina del Sur murió la noche del sábado, a los 71 años, tras lo que su oficina describió como una enfermedad breve y repentina; el informe forense preliminar apunta a una disección de la aorta.
Graham era el halcón por excelencia: partidario feroz de la intervención en Irán e Irak, defensor incondicional de Israel y de Ucrania, y una de las pocas voces republicanas que rompía sistemáticamente con la deriva aislacionista del trumpismo pese a su lealtad personal al presidente.
Murió pocos días después de regresar de Kiev, donde se había reunido con Volodímir Zelenski para reclamar conjuntamente más ayuda militar.
Graham cumplía el papel de freno: era la persona a la que Trump llamaba, la que ordenaba el ruido, la que convertía el impulso en política.
Presidía el Comité de Presupuestos del Senado justo cuando la Cámara debe examinar la petición de fondos adicionales de defensa que exige la guerra con Irán, y habría sido su valedor natural; con Mitch McConnell hospitalizado, la mayoría republicana navega ahora sin sus dos brújulas.
La política exterior de Trump siempre fue errática. A partir de esta semana, además, tendrá menos contrapesos. Y la próxima decisión que tome —por ejemplo, bombardear una montaña que quizá no pueda romper— la tomará sin nadie que le diga que no.
