Las claves
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Reina la incertidumbre ante la nueva ronda de negociaciones entre Irán y Estados Unidos que comenzará este viernes en Mascate, capital del emirato de Omán.
De entrada, estas conversaciones deberían haberse producido en Estambul, donde se celebraron las anteriores, pero Irán exigió a última hora que se trasladasen a Catar o a Omán, algo a lo que Estados Unidos se negó en un principio, pero que al final aceptó.
El lugar de la cumbre, obviamente, da exactamente igual. Es una cuestión de marcar territorio, algo que no ha gustado en absoluto a Donald Trump.
La Casa Blanca ha estado a punto de traerse de vuelta a su numerosa delegación, pero la presión de varios países involucrados de alguna manera en el conflicto —Egipto, Catar, Pakistán, Arabia Saudí y la propia Turquía— hizo que al final Trump decidiera, a regañadientes, volver a la mesa.
Tampoco ayudó el envío de un dron Shahed, que fue inmediatamente abatido, a las inmediaciones del USS Abraham Lincoln, el gran portaaviones estadounidense que vigila la situación a unos cientos de kilómetros de las aguas territoriales iraníes.
Da la sensación de que los ayatolás se han venido arriba y están jugando al ratón y al gato con Estados Unidos, algo que solo se explica por las muestras de debilidad que ha dejado entrever el propio Trump en el último mes.
Cambio inexplicable
Y es que, hace apenas tres semanas, la duda no era si Estados Unidos iba a deponer al régimen de los ayatolás sino cuándo y de qué manera iba a hacerlo.
Con la 'Operación Maduro' recién terminada y la adrenalina por las nubes, Trump amenazó al régimen iraní repetidas veces y llegó a pedir a los opositores que siguieran manifestándose en las calles porque Estados Unidos les ayudaría pronto.
Sin embargo, de un día para otro y sin dar una explicación creíble, Trump relajó el tono, permaneció impertérrito ante el incremento de la represión, miró a otro lado mientras morían decenas de miles de civiles iraníes y determinó que, gracias a su mediación, "no habría más ejecuciones".
Por supuesto, era mentira: los líderes de las protestas han sido encarcelados y muchos de ellos ahorcados. No es algo que el régimen de Teherán se haya molestado siquiera en ocultar.
Las amenazas que no se cumplen siempre son muestras de debilidad. Parece claro que así lo han entendido en Teherán. Lo que no se acaba de entender es exactamente qué pretende la Casa Blanca.
Irán está en su peor momento desde 1979: Hamás y Hezbolá están reducidos a su mínima expresión, así como el Eje de Resistencia en Siria o Irak; la sociedad civil está dividida en dos y su programa nuclear, se supone, está destruido desde los ataques de junio por parte de Estados Unidos e Israel.
El palo y la zanahoria
Esto último, curiosamente, lo sabemos porque nos lo contó Trump. No solo nos lo contó, sino que nos lo gritó y se empeñó en desacreditar a todo aquel que dijera lo contrario: el programa nuclear iraní había quedado completamente inservible. Punto.
Entonces, ¿por qué tanta urgencia en llegar ahora a un acuerdo con los mismos que han asesinado a sus propios ciudadanos, que llevan cinco décadas atacando a todo su entorno y que equiparan a Estados Unidos con Satán?
Trump siempre fue muy crítico con el acuerdo que firmó Barack Obama con el presidente iraní Hasán Rohaní en 2015. Tan crítico que, en cuanto llegó al poder dos años más tarde, lo rompió y estableció una línea dura con Irán que desembocó en el asesinato del general Qasem Soleimani, comandante de la Fuerza Quds, en 2020.
Sin embargo, su obsesión en este segundo mandato es llegar también a un acuerdo, aunque, como es lógico, en otras condiciones mucho más restrictivas con el régimen de Teherán.
De hecho, en eso estaban en Doha cuando Estados Unidos decidió unirse a los ataques de Israel y bombardeó las instalaciones nucleares subterráneas en Fordow y Natanz, además del Centro de Investigación y Tecnología Nuclear de Isfahán. Una muestra más de lo impredecible de esta administración, que ahora parece volver a confiar en la diplomacia para terminar el trabajo hecho militarmente.
Witkoff-Kushner
Las posiciones, eso sí, están muy alejadas. Estados Unidos quiere un acuerdo completo que garantice la paz en Oriente Próximo.
En otras palabras, no lo quiere circunscribir solo al uso militar de la tecnología nuclear iraní, sino que quiere que Teherán reduzca el número de misiles balísticos que tanto incordiaron a Israel durante los distintos ataques de 2024 y 2025 y se comprometa a no volver a atacar a ningún aliado estadounidense, como hizo con Arabia Saudí en 2019, utilizando sus famosos drones.
Irán, por el contrario, quiere hablar sólo del programa nuclear y quiere hacerlo sólo con Estados Unidos y no con sus aliados en la región.
El ministro de Asuntos Exteriores, Abás Araghchi, tiene previsto reunirse con el enviado especial de Trump, Steve Witkoff, a primera hora del viernes, reunión a la cual es previsible que también acuda Jared Kushner, yerno y mediador del presidente ya durante su primer mandato y considerado un "halcón" en la cuestión iraní.
Ambos estuvieron este jueves en Abu Dabi, donde se reunieron con una delegación rusa para prorrogar el tratado de vigilancia nuclear mutua New START al menos hasta el comienzo de las negociaciones para un nuevo acuerdo.
Sigue extrañando que Trump deje en manos de dos empresarios todo este tipo de negociaciones clave para el futuro del país mientras su secretario de Estado y consejero de Seguridad Nacional, Marco Rubio; su secretario de Defensa, Pete Hegseth, y su vicepresidente, J. D. Vance, se quedan en Washington.
La afinidad de la pareja con el Kremlin y sus emisarios ha quedado clara desde un principio, habrá que ver cómo se manejan con los iraníes.
Como le dijo el propio Trump a Kushner: "Los iraníes nunca han ganado una guerra… pero tampoco han perdido una negociación". Y en esta, toda la región se juega mucho.
