Jerusalén

Al observar la valla que el Gobierno estadounidense levantó en la demarcación entre el Estado de Arizona y México, el visitante observará ciertas similitudes con las instaladas en las fronteras entre Israel y sus países vecinos, Egipto, Líbano o Jordania. Y no es casualidad. La empresa israelí responsable de las torres de vigilancia desde las que se controla este tramo de la extensa frontera sur estadounidense (de 3.000 kilómetros de longitud), es la misma que ha diseñado y fabricado algunos de los sistemas de vigilancia instalados en las áreas fronterizas de Israel.

“Aún está todo en el aire, pero es probable que más del 50% del nuevo muro o valla que Trump quiere levantar –y que cubriría una extensión de alrededor de 2.000 kilómetros– sean construidos por empresas de EEUU siguiendo el lema de 'Estados Unidos primero'”, señala Miguel Ángel López, representante en España de Magal. Esta empresa israelí es la principal proveedora de seguridad perimetral del Ministerio de Defensa de Israel y responsable de la construcción de más del 85% de las vallas o verjas inteligentes instaladas en las fronteras del país durante las últimas cuatro décadas.

A escala mundial, la compañía representa el 10% del mercado y es una de las cinco más importantes que operan en Israel, estando, además, en pleno proceso de expansión económica desde el mismo momento en que se conoció que Donald Trump sería el nuevo inquilino de la Casa Blanca. Esa misma noche el valor accionarial de la compañía se incrementó un 6%, consolidando semanas después un aumento del 19% en el NASDAQ.

Fundada en Yehud (parte del área metropolitana de Tel Aviv, cercana al aeropuerto de Ben Gurion) Magal nació, al igual que la mayoría de empresas israelíes de este sector, como una filial del conglomerado estatal Israel Aerospace Industries (IAI), del que luego se independizó en 1984. Además de construir las verjas inteligentes que rodean las fronteras israelíes, desde la compañía insisten en que su principal unidad de negocio no es la protección fronteriza, sino la de infraestructuras críticas tales como estaciones de gas, aeropuertos o puertos.

De hecho, su filial española, en la que trabajan directamente una decena de personas y otras cincuenta a través de subcontratas locales, fue adjudicataria en 2014 del proyecto de seguridad perimetral del puerto de Tarragona, conformado por una valla de siete kilómetros y un sistema integral de cámaras y centros de mando y control.

“El proyecto de Trump es una burrada”, apunta López. “Habrá muchas empresas que concurran a las licitaciones porque va a haber distintas fases y tramos que requerirán de sistemas diferentes dependiendo del tipo de terreno, la climatología, etcétera”, explica el español. “Las empresas israelíes están bien valoradas. Es muy posible que las americanas las terminen subcontratando en alguna de las fases del proyecto que se haga”, añade este empresario, quien afirma que el principal volumen de negocio de Magal procede de Estados Unidos, país donde la empresa tiene localizadas más de la mitad de sus oficinas.

Décadas construyendo muros y vallas

Por las especiales circunstancias regionales de Israel, país aún técnicamente en guerra con Siria, enemistado con Líbano -donde tiene una afrenta pendiente con la guerrilla chiíta de Hezbolá-, sin relaciones diplomáticas con los países del Golfo Pérsico y con acuerdos de paz firmados únicamente con Jordania y Egipto, sus sucesivos Gobiernos llevan décadas invirtiendo en infraestructuras, tecnología y sistemas de vigilancia que protejan sus fronteras (con Jordania, Egipto, Gaza, Líbano y Siria), por no mencionar la barrera de separación de Cisjordania (muro en  más del 10% de su trazado). “Este es el vecindario en que vivimos, así que debemos defendernos de las bestias salvajes”, dijo el año pasado por estas fechas el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, al anunciar que su Ejecutivo invertiría cientos de millones de shequels para cercar con vallas y barreras todo el territorio del país. “No queremos vernos inundados de infiltrados, trabajadores inmigrantes ni terroristas”, sentenció.

Con ese objetivo, años antes su Ejecutivo había dado orden de iniciar los trabajos de construcción de la verja fronteriza con Egipto a lo largo de unos 242 kilómetros, desde el paso fronterizo de Kerem Shalom con la Franja de Gaza hasta la ciudad israelí de Eilat, en el Mar Rojo. Una obra ingente que le costó al erario público israelí 1.600 millones de shequels (unos 400 millones de euros) y que se terminó entre 2013 y 2014, con modificaciones posteriores en determinados tramos para elevar la valla hasta los ocho metros a fin de evitar la infiltración de inmigrantes irregulares o refugiados.

Según datos del Gobierno, con esta ampliación lograron disminuir su entrada desde los 213 en 2015 hasta los once en 2016. Una reducción considerable pero insignificante si se compara con el número de personas que entraron ilegalmente desde Egipto en el país en 2010 (unos 12.000), año en el que aún no existía una barrera física como la actual.

Un tramo de la valla entre Arizona y México. Mike Blake Reuters

A día de hoy la valla fronteriza entre Israel y Egipto tiene alrededor de seis metros de altura y 1,5 metros de profundidad, disponiendo de alambradas adicionales o sensores. Su construcción no se debió tanto a razones de seguridad –dado que mantienen una buena relación con el presidente egipcio Abdel Fatah Al Sisi, cuyo ejército actúa contra las organizaciones terroristas que operan en la Península del Sinaí-, sino más bien a frenar la llegada de inmigrantes africanos y refugiados.

Por otro lado, en septiembre de 2015 el Gobierno inició los trabajos para construir 30 kilómetros de muro también en su frontera con Jordania, igualmente desde la ciudad israelí de Eilat. Eso, por no hablar de las verjas que rodean a la Franja de Gaza o su frontera norte con el Líbano, además de la que se levanta en los Altos del Golán, zona ocupada por Israel en 1967 no reconocida por la comunidad internacional y que actúa como su frontera de facto con la vecina Siria.

La polémica separación de Cisjordania

Pero, sin duda, el muro que ha hecho conocido a Israel en todo el mundo es el llamado “muro de la vergüenza” para los palestinos o valla de seguridad para los israelíes. Una barrera que el Gobierno decidió levantar a partir de 2002 a fin de parar los atentados suicidas que proliferaron durante la Segunda Intifada palestina. Una barrera de más de 700 kilómetros que alterna tramos de muro de hormigón de entre siete y diez metros de altura en las zonas urbanas con otras de verja inteligente en las zonas rurales y que estrangula la economía de algunas de las principales ciudades cisjordanas como Belén, Qalquilia y Tulkarem.

La semana pasada Trump, que elogia la efectividad del muro levantado por Israel en Cisjordania, decidió seguir el ejemplo de su aliado en Oriente Próximo y ordenar la construcción de una barrera con México. Netanyahu aplaudió la medida el sábado, lo que le granjeó un aluvión de críticas. “Trump está en lo cierto. Yo construí un muro en la frontera sur de Israel. Frenó toda la inmigración ilegal. Gran éxito. Gran idea”, tuiteó, aunque ahora asegura que no se refería a México.

Pero lo que Trump quizá no tenga en cuenta es que el muro de Cisjordania resulta mucho más poroso de lo que las autoridades hebreas desearían. Miles de trabajadores palestinos lo cruzan semanalmente para poder trabajar en Israel –aunque sea de forma ilegal– de cara a poder sustentar a sus familias. Hay puntos, como por ejemplo el convento de las Misioneras Combonianas que hace frontera entre la parte de Jerusalén que queda intramuros y el barrio palestino de Abu Dis en los que los palestinos saltan regularmente haciendo uso de escaleras y cuerdas. Dado que se trata de un lugar religioso se sienten seguros al caer sobre sus jardines, pero cuando abandonan el recinto, comienza el juego del gato y el ratón con la Guardia de Fronteras israelí (Magav).

“Israel dice que el muro funciona, que el número de ataques cayó drásticamente, pero por otro lado vemos saltar a gente todos los días”, asegura el activista de derechos humanos Jamal Juma, de la organización Parar el Muro (Stop the Wall, en inglés). “No puedes mantener a la gente encerrada en determinadas circunstancias sin darles una opción para poder trabajar y luchar por ellos mismos”, agrega. “No hay muro, valla o frontera que pueda parar eso”, asevera.

Muro o verja inteligente

“Nuestra experiencia en Israel es que cuando se habla de fronteras la cuestión no es si instalar un muro o una valla inteligente¨, explica Saar Koursch, el director general de Magal. “Lo importante es que exista una barrera física, que no tiene que ser necesariamente un muro, puede ser una verja. Dependerá de la geografía del terreno, si es urbano o no, de la climatología...”, añade el empresario.

La compañía que dirige utiliza, diseña y desarrolla una veintena de tecnologías diferentes, instaladas tanto en vallas como en muros, tales como sensores de movimiento, cambio temperatura, sonido o vibración, cámaras, drones o láseres de larga distancia. “Cuando alguien intenta escalar una valla o un muro no suele hacerlo en pleno día o cuando hay mejor visibilidad”, comenta el israelí.

“Las cámaras tienen muchas limitaciones cuando llueve, hay niebla o viento, por eso necesitas sensores instalados tanto en la barrera física como fuera que te den información en tiempo real sobre la posición exacta del intruso, si está escalando, cortando la verja, cavando o colocando algo”, agrega. “Usar tecnología no sirve de nada si la información que te proporciona no está integrada en un centro de control desde donde se decidirá cómo actuar”.

Para Miguel Ángel López, de la oficina de Magal en España, el avance de la tecnología hoy es tal que se hace innecesario el uso de sistemas como las concertinas barbadas o las cuchillas, instaladas sobre las vallas erigidas por el Gobierno español en Melilla. “Consideramos que hay métodos más efectivos que las concertinas para asegurar una frontera”, puntualiza López. “Hay soluciones más innovadoras, mucho menos agresivas tanto para la gente como desde el punto de vista visual, que aseguran una frontera mejor que cualquier muro”, señala el empresario.

Roberto Tishler, de la empresa israelí El-Far, coincide con el director de la central de Magal en Israel en que una barrera física en una zona fronteriza, aun llevando las dañinas concertinas, sirve de poco si no lleva adherida sensores y otros sistemas de vigilancia que informen sobre una posible intrusión. “Hoy disponemos incluso de sistemas de detección sísmica que pueden captar cualquier tipo de perforación o excavación -a través las ondas de energía del subsuelo-, y saber si se trata de una perforación o simplemente el efecto de un camión transitando por una carretera cercana”, comenta.

Una tecnología cuyo desarrollo se intensificó en Israel después de que en la guerra de Gaza de 2014 se descubrieran decenas de túneles en territorio israelí, excavados tanto con fines defensivos como ofensivos desde la Franja de Gaza por la rama militar de Hamás, que logró poner en jaque durante semanas al ejército más poderoso de Oriente Próximo.

Túneles que también proliferan en la frontera entre Estados Unidos y México, aunque en su caso para el tráfico de personas y drogas, con los que pretende terminar el nuevo presidente republicano. De momento, y hasta que el macro proyecto de muro-verja inteligente sea construido, las compañías israelíes ya se frotan las manos para hacerse con un pedazo del pastel que ya ha ocasionado la peor crisis diplomática en años entre los países vecinos.

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