María Torrens Tillack Jorge Barreno

Amjad Fareku asegura que estaba allí cuando un ataque con gas sarín mató a 1.500 personas en el extremo oriental de Damasco. Fue una noche de agosto de 2013 y este joven que se define como “médico activista” no duda de la culpabilidad del régimen de Bashar al Asad. “He estado afectado varias veces por el gas sarín, pero lo más grave fue aquella vez”. La mayoría de los fallecidos fueron mujeres y niños, cuenta en una denuncia que se repite cada cierto tiempo por parte de médicos y civiles en Siria.

Naciones Unidas no ha podido verificarlo por el momento, pero sí ha indicado por denuncias de ésta y otra índole que en Siria pueden haberse cometido crímenes de guerra, aunque el organismo señala a ambos bandos. El doctor Fareku lamenta que él y los demás compañeros que estaban allí no pudieran evitar aquellas muertes. Habría bastado con un antídoto llamado antropín, que es “baratísimo, cuesta unos céntimos de euro”.

Lo más duro es el ataque químico, es una carnicería

Aquella experiencia es lo que más le ha impactado en casi 6 años de conflicto civil y le resulta inconcebible que no se haya investigado. “Lo más duro es el ataque químico, es una carnicería”, rememora en conversación con EL ESPAÑOL durante una visita a Madrid de varios trabajadores humanitarios sirios organizada por la Asociación de Ayuda al Pueblo Sirio -que trabaja de forma apolítica con distintas ONG en ese país- y Casa Árabe. “Lo más duro fue la belleza de la muerte. Todos los muertos eran niños y parecían plácidamente dormidos. Aquello generó un impacto tremendo en nosotros”. Reconoce que está acostumbrado a ver cosas “horribles”, pero esa visión fue demasiado para él y sus compañeros. Quedaron en shock.

EL SUFRIMIENTO DE LOS HUIDOS DE ALEPO

Fareku nació en Damasco y allí comenzó su voluntariado allá por abril de 2011, en plena efervescencia de la denominada “Primavera Árabe” que en su país desembocó en la guerra que aún perdura. Fue durante una manifestación que las fuerzas del régimen reprimieron con disparos y según el testimonio de este hombre “causaron decenas de heridos y muertos”. Junto a otros voluntarios, montó puntos de atención sanitaria urgente, “ya que el régimen impedía el acceso de los heridos a los hospitales públicos”.

Ahora es el director de operaciones de la ONG siria Sharm el Jeir -por “el bien” de la región histórica del Sharm, que engloba Siria y zonas colindantes-. La conforman 350 voluntarios -el 60% de ellos, mujeres- y se dedican a proporcionar atención médica, psicológica y social a ciudadanos sirios en zonas no controladas por el régimen, “lo mínimo para sobrevivir”. Trabajan en cuatro campamentos de desplazados, incluido uno adonde evacuaron a los habitantes del último reducto del otrora bastión rebelde de Alepo.

Los desplazamientos masivos como el de Alepo siempre conllevan mucho sufrimiento. No hay que olvidar que estas personas han sufrido durante largos periodos el asedio

En este último prestan ayuda a 600 familias desplazadas, “pero sólo somos una de las cientos de organizaciones”, apunta Fareku. Y es que son decenas de miles los desplazados. “Lamentablemente, los desplazamientos masivos siempre conllevan mucho sufrimiento. No hay que olvidar que estas personas han sufrido durante largos periodos el asedio”. La mayoría huyeron con lo puesto y tuvieron que proporcionarles ropa, mantas, leche para los niños, cochecitos, tiendas de campaña…

El médico sirio pudo lucir un traje impoluto lejos de la guerra que sufre normalmente a diario. Jorge Barreno

HUERTOS URBANOS COMO ARMA CONTRA LA INANICIÓN

Mientras en algunas ciudades españolas se han puesto de moda los huertos urbanos a modo de pasatiempo, ahorro y tendencia ecologista, en al menos una zona de Siria también han empezado a proliferar… pero como método de subsistencia. “Cuando el cerco impuesto por el régimen se alargó en el tiempo, nos empujó a buscar alternativas”, explica este damasquino sobre un proyecto piloto que se ha acabado por generalizar en algunas zonas de su ciudad y alrededores, a la que sin embargo no puede volver debido a su activismo. En Siria estaba pasando lo inimaginable: la gente comenzó a morir por no poder llevarse algo a la boca.

Así, en Sharm el Jeir acabaron ideando un proyecto para asegurar el alimento con cultivos domésticos. “Trigo, champiñones, fruta, verduras… también algunas pequeñas industrias para conservas”, detalla Fareku. “Esto ha empezado a generar como un ciclo de vida complementado y autosuficiente, (sin dependencia) del régimen, que se apoya sólo en las capacidades de los seres humanos que están bajo el asedio”.

Trigo, champiñones, fruta, verduras… también algunas pequeñas industrias para conservas. Esto ha empezado a generar como un ciclo de vida complementado y autosuficiente

Aprovechan “cualquier terreno para generar cultivos y en algunos barrios donde no hay parcelas, las personas han utilizado las azoteas de las casas, habilitándolas con tierra para cultivar cereales y verduras”. Era un “experimento que se ha generalizado”. También han podido emplear espacios abiertos para cultivar “muchas hectáreas” con “cultivos estratégicos” como trigo, cebada y legumbres de temporada con alto contenido nutritivo, como judías y lentejas. La elección no es baladí: “Es muy importante como alternativa para las proteínas”, explica el médico activista.

Preguntado por las zonas asediadas por la oposición, que también las hay, Fareku argumenta que allí no ayudan porque ya llega ayuda humanitaria de Naciones Unidas. Kefraya y Fua son las dos ciudades que siguen bajo el cerco de grupos opositores y precisamente formaron parte de las negociaciones para la evacuación de Alepo. Meses atrás esas ciudades, por las imágenes de personas que parecían esqueletos con un halo de vida que pronto se les acabaría. La noticia de aquella hambruna dio la vuelta al mundo. En total eran 15 localidades asediadas por uno u otro bando donde los organismos internacionales rogaban un pasillo humanitario. Tras meses de asedio, se consiguió poder volver a introducir alimentos y ayuda sanitaria puntualmente y dejaron de llegar noticias al respecto.

LA SONRISA DE LOS NIÑOS, ANTÍDOTO CONTRA ASAD

Fareku sabe que debería ser neutral, puesto que su viaje a Madrid es para dar a conocer su labor y conseguir más ayuda internacional. Su ONG está legalizada en Kuwait, Catar y Turquía, países de cuyos gobiernos asegura no obtener financiación directa, pero sí de otras organizaciones sin ánimo de lucro de allí. Desde España les han llegado 16 contenedores y está muy agradecido. Él defiende que su organización ayuda al “pueblo sirio” y no duda al decir que Asad ha cometido “crímenes de guerra” y es “un dictador igual que otros que ha conocido la humanidad, lo único es que él además de ser dictador, tiene algún tipo de paranoia”.

Incluso asegura que es “el director de una escuela de terroristas”, en sentido figurativo. “La presencia de Asad es uno de los factores de la permanencia de Daesh, porque los servicios de espionaje del régimen son los que fabricaron los líderes del Estado Islámico y los utilizó en muchos sitios como Irak y Siria”, asegura. No se muerde la lengua, a pesar de que sigue viviendo en Siria. Eso sí, en terreno controlado por la oposición, a la que él -personalmente- pertenece.

Asad es un dictador igual que otros que ha conocido la humanidad, lo único es que él además de ser dictador, tiene algún tipo de paranoia

“En Siria siempre hemos aspirado a tener un país próspero, avanzado democrática y cívicamente. Para nosotros la Primavera Árabe era la oportunidad del cambio sustancial que esperábamos para plasmar nuestras aspiraciones”, explica. Lo que él desea es poder “regresar pronto a un Damasco seguro, estable y libre”.

Mientras tanto, la alegría de los niños sirios al recibir un juguete de los que llegan con los envíos humanitarios le da fuerzas para seguir adelante. “El niño sigue siendo niño y sigue teniendo la capacidad de alegrarse, de ilusionarse y ponerse eufórico al recibir un juguete. Y a lo mejor está con los pies desnudos en un campamento donde las circunstancias son difíciles, pero todo ello no le impide tener esa gran alegría y transmitirla”.

Fareku espera poder volver algún día a su Damasco natal con el país ya en paz. Jorge Barreno

Noticias relacionadas