El 5 de diciembre de 1994, en el marco de la cumbre de la CSCE —la actual OSCE— en Budapest, Ucrania aceptó entregar a Rusia el arsenal nuclear que los distintos gobiernos soviéticos habían ido dejando en su territorio.
Era una gran noticia para Occidente, que volvía a tener un solo interlocutor en materia de armas de destrucción masiva, y un importante regalo para Rusia, que se quedaba con todas las ojivas en pleno esplendor de la colaboración entre Boris Yeltsin y la Administración Clinton.
Para Ucrania, sin embargo, el trato era pésimo porque se quedaba sin el arma más poderosa del siglo XX: la disuasión.
Consciente de que, tarde o temprano, el oso ruso se despertaría de su letargo, Ucrania exigió a cambio garantías de seguridad y las obtuvo en forma de memorando firmado por Estados Unidos, Reino Unido… y la propia Rusia.
Casi 32 años después, Kiev se encuentra con que los misiles balísticos vuelan desde Moscú para estrellarse contra sus edificios residenciales y matar a sus niños en los parques mientras Washington no mira ya hacia otro lado, sino que directamente aplaude a quien los lanza.
En cuanto al otro garante, el Reino Unido, se le reconoce el esfuerzo, pero sus limitaciones son evidentes.
Vladímir Putin ha explotado esa ventaja atómica desde el primer día de la invasión. Rusia bombardea ciudades y ocupa regiones enteras sabiendo que Ucrania, en principio, no puede permitirse contestar en los mismos términos.
La amenaza nuclear siempre va a estar presente y esa amenaza ha servido al propio Donald Trump para intimidar a Volodímir Zelenski en numerosas ocasiones, acusándole de "jugar con la Tercera Guerra Mundial".
La cumbre de Trump y Putin en Alaska.
No es ningún farol, o no del todo. Putin ya jugó esa carta en el otoño de 2022, cuando sus tropas retrocedían en Járkov y Jersón, ante el entusiasmo de todo el aparato propagandístico afín al Kremlin dentro y fuera de Rusia.
Si la cosa no fue a más, hay que agradecérselo a la Administración Biden.
Jake Sullivan, entonces consejero de Seguridad Nacional, advirtió a Moscú de "consecuencias catastróficas", y en noviembre de ese mismo año, el director de la CIA, William Burns, viajó a Ankara para explicar en persona al jefe del espionaje exterior ruso, Serguéi Narishkin, lo que ocurriría si Rusia recurría al uso de armas nucleares.
Washington pidió además a China y a la India que presionaran al Kremlin y, según revelaron en 2024 la CNN y The New York Times, preparó una devastadora —aunque convencional— respuesta militar.
El propio Burns admitiría después que en aquel otoño el riesgo de que Rusia empleara armas nucleares tácticas llegó a contemplarse muy seriamente.
Del teléfono rojo al gasóleo ruso
Cuatro años más tarde, la llegada de Trump a la Casa Blanca ha convertido a su Administración en parte del coro de propagandistas.
El pasado 9 de octubre, el presidente estadounidense anunció un acuerdo con el Kremlin para comprar gasóleo ruso pese a las sanciones y abaratar así el combustible a pocas semanas de las elecciones legislativas.
Un compungido Volódimir Zelenski durante su visita al primer ministro británico, Andy Burham.
"Quiero darle las gracias al presidente Putin", afirmó sin rubor alguno a la prensa. Al día siguiente, después de que Zelenski calificara el pacto de "regalo de cumpleaños" para Putin —que había cumplido 74 años dos días antes—, Trump sugirió a los ucranianos que buscaran "un nuevo líder que sea capaz de cerrar un acuerdo".
La excusa de los últimos días para atacar a su homólogo ucraniano, a quien nunca ha soportado en el terreno personal, son los ataques contra las refinerías rusas, a los que culpa sin prueba alguna de la subida de los precios.
Para frenar esta escalada, anunció por su cuenta el domingo 11 una "tregua energética": Kiev dejó de golpear refinerías durante tres días, mientras Moscú seguía bombardeando la red eléctrica ucraniana.
Esa misma semana, Ucrania se quedó sin la alerta temprana de sus aliados ante los misiles balísticos rusos del 12 y el 13 de octubre.
SpaceX, además, empezó a cortar Starshield —la red militar de Starlink que usa el ejército ucraniano— en los terminales que se mueven a más de 160 kilómetros por hora, justo los que llevan los drones interceptores. El jueves 15, Zelenski dio la tregua por rota: "Se acabó".
Washington, mientras tanto, lo niega todo. El secretario de Estado, Marco Rubio, asegura que Estados Unidos no ha dejado de compartir inteligencia con Kiev, y el sábado dijo sobre Starshield: "No estoy seguro de que Zelenski sepa de qué habla".
El secretario de Estado, Marco Rubio.
La madrugada del domingo al lunes, sin embargo, los misiles rusos volvieron a caer sobre Kiev sin alerta temprana, y Zelenski sostiene que Washington ya había amenazado a su Gobierno con cortarla si seguían los ataques a las refinerías.
Elon Musk, que días antes había acusado a Zelenski de haber ido "demasiado lejos", atribuye el corte de Starshield al Pentágono y, en última instancia, a Trump, quien también lo niega.
Con estos antecedentes, cuesta imaginar a Trump, al secretario de Defensa, Pete Hegseth, a Rubio o al enviado especial Steve Witkoff mandando a alguien a Ankara si Putin volviera a agitar el fantasma nuclear.
Rusia ya ha disparado tres veces contra Ucrania el Oréshnik, un misil capaz de portar cabezas atómicas.
La última, en mayo. Europa ha empezado a protegerse por su cuenta: el pasado 2 de marzo, Emmanuel Macron anunció que Francia ampliará su arsenal por primera vez en décadas y podrá desplegar temporalmente sus aviones con capacidad nuclear en países aliados.
"Made in Ukraine"
La buena noticia es que Ucrania ha aprendido a valerse por sí misma en casi todos los frentes. De los 1.526 modelos de armamento que su Ministerio de Defensa autorizó entre enero y agosto, casi el 91% es de producción nacional, y el 95% de los drones que compra el ejército sale ya de empresas ucranianas.
Kiev fabrica también sus propios misiles de crucero —del Flamingo, según su fabricante, salen unos noventa al mes— y drones interceptores que cuestan unos 2.500 dólares, frente a los más de tres millones de cada misil Patriot.
Kaja Kallas este lunes en Bruselas.
El ministro de Exteriores, Andrí Sibiga, resumió el cambio con un guiño a lo que Trump le espetó a Zelenski en el Despacho Oval en febrero de 2025: "Hemos pasado de oír que no teníamos cartas a que nos pidan que no las juguemos".
Ahora bien, Ucrania tiene una limitación contra la que no puede luchar: el espacio. Europa no tiene todavía satélites capaces de detectar el lanzamiento de un misil balístico, es decir, de darle a Kiev la alerta temprana que ahora le falla.
Mikola Bielieskov, investigador del Instituto Nacional de Estudios Estratégicos de Kiev, recuerda que una tecnología espacial de ese nivel no se despliega "en uno o dos años".
Tampoco hay recambio inmediato para Starlink, como reconoció el viernes Kaja Kallas, alta representante de la UE para Política Exterior. OneWeb, la red de la francesa Eutelsat, tiene 648 satélites en órbita, frente a los más de 10.000 de SpaceX.
Lo que sí pueden poner los europeos es el dinero. La UE y sus socios han relevado a Estados Unidos como principal sostén de Ucrania, con más de 200.000 millones de euros comprometidos entre febrero de 2022 y febrero de este año, según el Servicio de Estudios del Parlamento Europeo.
Bruselas ha aprobado, además, un préstamo de 90.000 millones para las necesidades presupuestarias y militares de 2026 y 2027.
Con cargo a ese préstamo, la Comisión ha autorizado 6.100 millones para defensa antiaérea y drones, y Kiev negocia la compra de alrededor de un millar de misiles Patriot, los interceptores en los que confía frente a los balísticos rusos.
En ese tablero, España guarda una pieza clave.
Junto a Grecia, es uno de los aliados con más misiles Patriot almacenados, y Bruselas y la OTAN le pidieron este verano que cediera una parte considerable ya que Washington los entrega con cuentagotas: Zelenski denunció el fin de semana en Bloomberg que Estados Unidos solo le envía doce al mes, la cuarta parte de los que recibía con Joe Biden.
Joe Biden.
Según fuentes ucranianas citadas por el Kyiv Independent, Hegseth aún no habría firmado la entrega de otros interceptores ya pagados a través del fondo común de la OTAN, algo que niegan desde el Departamento de Defensa.
La "desnazificación" pendiente
Mientras Kiev espera esas firmas, Putin presume de una victoria que, pese a todo, no llega: según él, Ucrania ya solo controla 2.748 kilómetros cuadrados de la provincia de Donetsk, algo más del 10%.
Los mapas dicen otra cosa. Las tropas rusas conquistaron 30 kilómetros cuadrados en junio, frente a los 481 del mismo mes de 2025, y en septiembre perdieron más terreno del que ganaron, según el Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW). Y les costó 46.000 bajas, su peor mes del año en el recuento del Estado Mayor ucraniano.
En el norte de la provincia, la Operación Vivaldi del general Andrí Biletski ha recuperado 277 kilómetros cuadrados y, según su comandante, ha frustrado el plan ruso de cercar Sloviansk y Kramatorsk.
Cada metro que disputa le sale más caro a una economía que da señales de agotamiento: según el Instituto Kiel, los ingresos rusos por petróleo y gas cayeron un 45% entre enero y marzo, un trimestre en el que el PIB retrocedió por primera vez en tres años.
Zelenski y la presidenta de la Eurocámara.
Además, aunque llegara a completar la invasión del Donbás, todo el mundo sabe que a Putin no le bastaría. Moscú exige también Zaporiyia y Jersón enteras, ya inscritas en la Constitución rusa.
Y, sobre todo, quiere decidir quién gobierna en Kiev: la "desnazificación" con la que justificó la invasión nunca ha sido más que un eufemismo para quitarse de encima a Zelenski, tarea a la que ahora Trump une sus esfuerzos.
El Kremlin lo llama ilegítimo porque su mandato venció en 2024, aunque la Constitución ucraniana lo prorroga mientras rija la ley marcial.
Cuando Trump hizo suya esa idea y pidió a los ucranianos "un nuevo líder", Zelenski ofreció ir a las urnas si Rusia aceptaba un alto el fuego de sesenta días; el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, respondió que Putin solo dejaría de bombardear el día de la votación.
Un gobierno prorruso tendría, en cualquier caso, muy poco a lo que agarrarse: según una encuesta del Instituto Internacional de Sociología de Kiev (KIIS) hecha la semana pasada, el 61% de los ucranianos rechaza de plano entregar el Donbás aun a cambio de garantías de seguridad.
Zelenski tiene motivos para no achantarse y el crecimiento militar de Ucrania en estos casi cinco años apenas tiene precedentes modernos, pero solo podrá mantener el pulso con Trump mientras le aguanten los Patriot y los satélites, que siguen siendo estadounidenses.
Comoquiera que lo demás —los drones, los misiles de crucero, el dinero europeo y una sociedad que no firma la rendición— ya no depende de Washington, no cabe esperar grandes cambios en el escenario general de la guerra.
Otra cosa es el sufrimiento de los civiles. Mientras la amenaza nuclear no pase de amenaza, algo que está por ver, Putin tendrá que seguir pagando más de 40.000 bajas al mes por un Donbás que no llega y que no está necesariamente más cerca por mucho que Washington se enfade y no respire.
