P. Fava
Publicada
Las claves

El desencanto de los británicos con su clase política en la década que ha seguido al brexit se refleja en dos tendencias: el auge de la extrema derecha populista y antiinmigración, y la pujanza de los movimientos de autodeterminación en Escocia, Gales e Irlanda del Norte. El inesperado apoyo del presidente de EEUU, Donald Trump, ha terminado de agitar el avispero.

Trump sorprendió en su visita a Dublín comentando casualmente que le gustaría ver "unida" a la isla de Irlanda, y avanzando que la reunificación sucederá "tarde o temprano". Al día siguiente insistía en que le parecería "natural" juntar a Irlanda del Norte con el resto de la república, y avanzaba que tenía "algo que decir" en la misma línea sobre Escocia.

"Como de costumbre, el presidente Trump se tira a la piscina, como hizo con Groenlandia o Canadá como estado número 51", comentaba la líder tory, Kemi Badenoch. Y responsabilizaba al primer ministro, el laborista Andy Burnham: "En un momento en que los separatistas tienen el poder en Escocia, Gales e Irlanda del Norte, necesitamos un gobierno que defienda la Unión con claridad".

El Ejecutivo de Burnham, no obstante, ha optado por el mutismo tanto frente a las declaraciones de Trump como ante la inédita cumbre que se ha celebrado 24 horas después en Cardiff, capital de Gales, en la que representantes de las tres nacionalidades han acordado apoyarse mutuamente en su búsqueda de independencia.

El memorando ha sido firmado por John Swinney, ministro principal de Escocia y líder del Partido Nacional Escocés (SNP); Rhun ap Iowerth, primer ministro galés y líder del Plaid Cymru, y Michelle O'Neill del Sinn Féin norirlandés. También se ha sumado la presidenta del Sinn Féin y líder de la oposición en la República de Irlanda, Mary Lou McDonald.

Los firmantes reconocen en el texto que "cada nación determinará su propio futuro a su manera y en su tiempo", porque cada una busca un encaje constitucional distinto. Así, Escocia trata de organizar un segundo referéndum de independencia tras el celebrado en 2014. En aquella ocasión, los escoceses a favor de quedarse en Reino Unido fueron un 55%.

En el caso del Plaid Cymru, sus aspiraciones independentistas se articulan de momento a través de iniciativas parlamentarias de autogobierno, sin exigir por el momento una consulta. No obstante, el verdadero meollo está en Irlanda del Norte, en donde los Acuerdos del Viernes Santo sí contemplan la organización de una votación para la reunificación.

El 'patinazo' de Burnham

El silencio del primer ministro británico puede explicarse por una desafortunada elección de palabras cuando contestaba la semana anterior a los parlamentarios en Westminster. Chris Law, diputado por el condado escocés de Dundee, le preguntó por la previsión de consulta incluida en los Acuerdos del Viernes Santo, y qué haría falta para extenderla a Escocia.

Burnham contestó que, en virtud a la literalidad del texto, la organización de la votación puede ser determinada por el Secretario para Irlanda del Norte cuando "exista un claro consenso en el país", es decir, un "cambio de opinión pública que motive las deliberaciones para la eventual convocatoria".

Marcha independentista escocesa en Edimburgo en 2018. REUTERS

"Diría que la situación en Escocia es exactamente la misma. No tengo entendido que haya una mayoría a favor de la celebración de otro referéndum entre el público, y hasta que eso no cambie, no habrá ninguno más". Aunque pretendía zanjar la cuestión, Swinney lo interpretó como una invitación a demostrar la pujanza del sentimiento independentista escocés.

Ante las presiones del ministro principal, el primer ministro tuvo que cambiar de tono, informándole por carta que siempre había considerado como "fuera de límites" una segunda votación en Escocia. Le recordaba que en el caso de 2014, sus respectivos homólogos -David Cameron y Alex Salmond estaban de acuerdo en la necesidad de la consulta.

Sin embargo, la moraleja quedaba clara para los nacionalistas: una fuerte presión en favor de la autodeterminación es suficiente como para dotar de legitimidad a la celebración de las consultas. "El Reino Unido está en un momento de pivotaje constitucional crucial", clamaba Swinney en Cardiff.

En privado, recoge la BBC, en el SNP usan la expresión "the cat is out of the bag" ("el gato se ha escapado del saco") para ilustrar, en términos más castizos, que se ha "abierto el melón" del independentismo

¿Tienen suficientes apoyos?

El líder nacionalista escocés celebraba que por primera vez había gobiernos proindependentistas en las tres regiones, una demostración de que el status quo no puede sostenerse. "Es una clara indicación de que la gente considera que Westminster no se preocupa por los escoceses, galeses y norirlandeses, y debería prepararse para un futuro post-Reino Unido".

Swinney también hace referencia a la cifra récord de parlamentarios independentistas en la cámara escocesa de Holyrood tras las pasadas elecciones de primavera. Sin embargo, el voto a los partidos a favor de la autodeterminación ha caído del 50% en 2021 al 41% en los últimos comicios.

La explicación a la mayor proporción de independentistas debe buscarse en el bando contrario. La irrupción de Reform UK de Nigel Farage, el factor mencionado al comienzo del artículo, ha fragmentado el voto unionista al desplazar a laboristas y tories, beneficiando a sus rivales.

No son pocas las voces en el SNP que piden mesura a Swinney. Convocar un referéndum sin al menos un 60% de apoyos podría abocarlo a un nuevo fracaso, y el sentimiento independentista no alcanza aún esas cifras. Además, no todos aprueban la camaradería con el Sinn Féin, inevitablemente ligado a la sangrienta historia de Irlanda del Norte.