Ningún partido de extrema derecha ha logrado controlar una región en Alemania desde la Segunda Guerra Mundial. Por eso la victoria de la AfD en Sajonia-Anhalt resulta tan perturbadora para la comunidad judía internacional. Todos, especialmente los que proceden de Europa oriental, comparten el mismo trauma colectivo: el Holocausto.
Una gran parte de sus miembros son descendientes de la diáspora iniciada por los supervivientes de la llamada "solución final".
"Personalmente, estoy consternado por el resultado de estas elecciones", declaraba el presidente del Consejo Central de los judíos en Alemania, Josef Schuster, a Die Welt. "Un partido clasificado como de extrema derecha está a un paso de gobernar en solitario un estado alemán".
El presidente del Consejo Central de los judíos en Alemania, Josef Schuster.
"En días como estos, me cuesta reconocer mi patria", declaró la presidenta de la Comunidad Judía de Múnich y la Alta Baviera, Charlotte Knobloch, al conocer los resultados. "Que los extremistas de derecha pudieran volver a ganar elecciones en Alemania de esta manera es algo que jamás habría imaginado ni en mis peores pesadillas", apuntó.
Jackie Endzweig, vecino de Fráncfort cuyos padres perdieron a hermanos, tíos, primos e incluso a sus progenitores durante el Holocausto que se llevó a cabo durante la Segunda Guerra Mundial, considera que la situación es crítica.
"En este nuevo partido, que ha sabido capitalizar el descontento social, hay antiguos nazis. Incluso Giorgia Meloni y Marine Le Pen, líderes de la extrema derecha europea dijeron que la AfD no podía aliarse con sus respectivas organizaciones porque es demasiado extremista", explica el de Fráncfort. "Es alarmante".
Linda Harnevo, una ciudadana israelí cuyo padre nació en Ceuta, es más vehemente en su opinión. Para ella, el AfD es "totalmente nazi".
Pero la consternación no se limita a la comunidad judía. El primer ministro polaco, Donald Tusk, llegó a afirmar en su cuenta de X que "en Polonia sólo los idiotas y los traidores pueden alegrarse de la victoria de la AfD".
Sin embargo, las instituciones de la UE han optado por guardar silencio y no se han posicionado de forma oficial al respecto, por más que la AfD rechace la mayoría de los consensos europeos considerados vitales, en particular el apoyo a Ucrania frente a la invasión rusa.
Las claves de la victoria
Con la victoria de la AfD en Sajonia-Anhalt, sus vecinos han mostrado el descontento con las políticas del Gobierno de coalición con el SPD que lidera el canciller Friedrich Merz, de la CDU o Unión Demócrata Cristiana, partido de derecha moderada.
Los democristianos vieron caer este lunes su apoyo a menos de la mitad en la región, pasando de ganar holgadamente en el pasado a hundirse en un 17,2 %, mientras que la ultraderecha ganó el 43,7 % de los votos y 39 de los 83 escaños del Parlamento de Magdeburgo. Es más del doble de lo que obtuvo en 2021.
Durante décadas, los partidos tradicionales en Alemania mantuvieron un pacto implícito llamado Brandmauer ('cortafuegos' o cordón sanitario). Consistente en no pactar jamás con la extrema derecha para evitar que lleguen al poder, recordando las lecciones de su historia reciente.
Pero estas elecciones nos recuerdan que este cordón se está agrietando. Esto obliga al resto de los partidos a tomar decisiones desesperadas: o se alían entre extremos opuestos para bloquearlos o permiten que la ultraderecha rompa el bloqueo político y empiece a cogobernar.
Frente al rechazo de los partidos de derecha tradicionales a pesar de haber renegado públicamente del nazismo, la AfD ha tenido que buscar aliados inesperados para hacer coalición: la BSW (Alianza Sahra Wagenknecht-Por la Razón y la Justicia), partido de extrema izquierda que nació de la escisión del izquierdista Die Linke en 2024.
De hecho, el voto de AfD es especialmente fuerte entre la clase trabajadora. Sus principales temas de movilización son inmigración, economía y rechazo a las élites políticas.
Estos defienden en su programa un modelo de bienestar social muy cerrado, donde los servicios públicos, las ayudas y los cuidados médicos deben ser exclusivos para los ciudadanos alemanes nativos. Ahí está lo que une a la extrema derecha con la extrema izquierda: sus medidas antieuropeístas y antiinmigración.
Esther Bendahan, directora de cultura de Casa Sefarad.
Sin embargo, el partido nacionalsocialista de Adolf Hitler también incluía importantes programas de ayudas que hicieron que atrajera el voto de la clase trabajadora alemana en los años 30, como la creación de ayudas para familias numerosas alemanas, comedores sociales y subsidios de invierno (Winterhilfswerk), financiados en gran parte mediante donaciones obligatorias y caridad estatal.
"Esa alianza de la extrema derecha y la extrema izquierda va en contra del pensamiento libre", afirma Esther Bendahan, judía sefardí española.
Aunque la derecha tienda a apoyar a Israel, "este con el tiempo se puede llegar a volver en contra de la comunidad judía, dado que este tipo de posiciones extremistas, la extrema derecha, suele ir en prejuicio de la humanidad, puesto que suelen recortar siempre libertades individuales especialmente de las minorías, como pueden ser los judíos", concluye.
El miedo a la inmigración
"En el este de Alemania las cosas son diferentes", continúa Enzweig . Los alemanes del este no están tan acostumbrados a la inmigración como en otras zonas de Alemania, y por eso, afirma, "tienen miedo".
Aunque en zonas como Fráncfort o Berlín los nativos están acostumbrados a la inmigración de todo tipo, no es así en zonas más rurales o del este del país. La falta de mano de obra y los precios del alquiler son el verdadero problema de la clase trabajadora en Alemania, no la inmigración, sostiene Endzweig.
El candidato de la AfD en Sajonia-Anhalt, Ulrich Siegmund, y su esposa Julia.
"Voy a explicar esto para la gente española: los restaurantes en Fráncfort desde hace dos años están abiertos solo seis días a la semana en vez de siete, por la escasez de mano de obra", señala.
Algo que confirma Jairo Nivela, inmigrante ecuatoriano-español que trabaja como cocinero en Fráncfort: "Mi jefe me dice lo mismo: que es muy difícil encontrar trabajadores que estén dispuestos a hacerlo los fines de semana".
El ecuatoriano, que se trasladó a Alemania tras más de 10 años en España buscando mejor sueldo y condiciones laborales, afirma que en su percepción los alemanes no son ni antisemitas, ni racistas con los españoles ni con los inmigrantes latinos, aunque sí siente ese rechazo con los inmigrantes de países extracomunitarios como Siria.
Alemanes le han llegado a decir que les dan muchas ayudas fiscales y que "viven de sus impuestos".
El recuerdo de 2015, año en que Alemania adoptó los lemas "Welcome Refugees" y "Wir schaffen das" ("Lo lograremos" o "Podemos hacerlo") de Angela Merkel tras adoptar una política de puertas abiertas tiene un sabor amargo en el país y en Europa.
La crisis migratoria en el continente ante la llegada masiva de solicitantes de asilo: aquel año, llegó a la cifra récord de 1,1 millones de refugiados. Los principales países de procedencia eran Siria, Afganistán e Irak. De todos ellos, por lo menos el 64 % tiene un empleo estable y permanece en el país desde aquel entonces, según recoge el medio Inmigrantes.
La comunidad judía en Ashkenaz
Después de que los nazis asesinaran a seis millones de judíos en el Holocausto, sólo unos 15.000 se quedaron en suelo alemán. Unos 15.000 judíos nacidos en Alemania fueron liberados por las fuerzas aliadas después de la guerra; la mayoría de ellos habían sobrevivido en la clandestinidad, otros en campos de concentración.
Pocos años más tarde, en 1948 ya se habían fundado más de 100 comunidades judías en toda Alemania. Estaban formadas por dos grupos: los judíos nacidos en Alemania y los refugiados judíos desplazados de los países de Europa del Este que se encontraban sin querer en Alemania, que tenían medios limitados y no hablaban el idioma.
Más del 90 % de los refugiados judíos que llegaron a Alemania se marcharon en un plazo de tres a cuatro años, sobre todo a Estados Unidos y al recién fundado Estado de Israel. En 1952, la población judía era de solo 10.000, una mezcla de los iekes (judíos alemanes) nativos y judíos de otras partes de Europa que terminaron en Alemania al final de la Segunda Guerra Mundial.
El 14 de mayo de 1948 en Tel Aviv, David Ben Gurión proclama la creación del Estado de Israel. Horas más tarde, el país fue reconocido por la ONU.
Desde la década de los noventa, la vida judía alemana resurgió, cuando los judíos de la antigua Unión Soviética llegaron al próspero país reunificado tras la caída del muro de Berlín en el 1989. Hoy en día, la comunidad judía alemana cuenta con alrededor de 200.000 miembros, por lo que siguen siendo una importante minoría.
Menos de la mitad pertenecen a comunidades judías. Alrededor del 90 % de ellos llegaron desde 1990 tras la caída de la URSS. También hay un pequeño número que se trasladó allí desde Israel. Muy pocos descienden de familias judías alemanas de antes de la guerra.
En los últimos años, judíos de países occidentales como Estados Unidos, Canadá, Argentina e Inglaterra se han radicado en Alemania en las últimas dos décadas, especialmente en Berlín.
Se calcula que han llegado entre 15.000 y 20.000 jóvenes israelíes con estudios universitarios, seculares y políticamente de izquierda, según Deutsche Welle. Muchos de ellos están emparentados con supervivientes del Holocausto, y algunos poseen la ciudadanía europea a través de sus padres y abuelos, lo que facilita su asentamiento en Alemania.
La comunidad judía en Sajonia-Anhalt es una de las más pequeñas en una de las regiones más pequeñas de Alemania (Ashkenaz en hebreo) con una población de entre 2.300 y 2.500 personas.
Actualmente, quedan pocos judíos en Alemania. Y sí, el término askenazí (que se refiere a los judíos de Europa oriental, incluyendo a los eslavos, rusos y ucranianos) nace del nombre Alemania en hebreo, aunque la lengua que esta comunidad utilizaba era el yidis hasta finales del siglo XIV.
La comunidad judía lo tiene claro: están preocupados por "el auge del neonazismo y por consiguiente, el aumento del antisemitismo y pérdida de valores de la democracia", según el presidente de la comunidad israelita en Ceuta, José Bentolila. "Si gobernase la extrema derecha, definitivamente me iría del país. A España o Israel" concluye Enzweig desde Fráncfort.
