En el frente de combate la destitución de Mijaílo Fédorov ha caído como un jarro de agua fría. Los soldados ucranianos que están a pie de trinchera no suelen dedicar tiempo para analizar las decisiones políticas que se toman en los despachos; están demasiado ocupados intentando que no los maten mientras hacen su trabajo. Pero hay decisiones que llegan hasta los agujeros excavados en la tierra desde donde se libra la guerra real.
Y la decisión de Volodímir Zelenski de cesar a su ministro más popular –dentro de Ucrania, pero también fuera de sus fronteras– ha sacudido a todo el país. Desde las ciudades más alejadas del frente, hasta las posiciones de primera línea, donde sólo se había visto una reacción así cuando fue relevado el ex comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, Valery Zaluzhni en enero de 2024.
Si Zaluzhni fue lo más parecido a Dios para muchos combatientes que confiaron ciegamente en su capacidad para resistir ante Rusia durante los primeros compases de la invasión, Fédorov se había convertido en el mesías de los drones y de la guerra del futuro.
Más allá de sus inspiradores discursos, con su apuesta por las nuevas tecnologías había logrado dar la vuelta al frente de combate en el breve espacio de tiempo en el que le dejaron ser ministro de Defensa. Y los soldados ucranianos no pasan eso por alto.
Unas horas después de que se anunciara su destitución, la sensación de incredulidad fue dando paso a la indignación. “También estamos en shock”, escribe por WhatsApp Dmitro, un militar que está pasando unos días de descanso en Kiev. “Es como dispararse en la pierna; creo que este ha sido uno de los mayores errores de Zelenski”.
Proceso de control de calidad de un lote de bobinas de cable de fibra óptica empleadas para ensamblar drones FPV en una fábrica ucraniana.
Contra la herencia soviética
Fédorov estuvo menos de seis meses al frente de la cartera de Defensa, la más crítica para un país sumido en una guerra. Pero él ya venía de hacer otra revolución en el ministerio de Transformación Digital, desde donde impulsó la modernización del Ejército mediante el uso de los drones y la digitalización de las gestiones.
Aseguraba que los sistemas no tripulados podían salvar muchas vidas, y que gran parte de las misiones que hasta entonces necesitaban de personas, las podían hacer robots. Una tesis que no convencía a los comandantes más antiguos, que se seguían apoyando en doctrinas de corte soviético para diseñar la guerra.
Pero Fédorov siguió su instinto. En un escenario bélico donde la artillería retumbaba cada vez menos, mientras que el zumbido de los drones era ensordecedor, el nuevo ministro de Defensa escuchó a los comandantes de las brigadas que estaban sobre el terreno. Tomó nota de sus necesidades, y tomó también decisiones.
La primera fue fomentar la producción nacional de drones y de armamento en general. La segunda, abogar por la transparencia e implantar un modelo de adquisiciones basado en la contratación directa. De un plumazo pulverizó a decenas de empresas de intermediación, y los correspondientes porcentajes que cobraban por las operaciones de compra de material de Defensa.
Algunas personas empezaron a perder mucho dinero, un dinero que iba directo a las unidades de combate en forma de drones y armas. Y además de una manera mucho más rápida.
Pero Fédorov empezó a hacerse enemigos. “Algunos decían que era demasiado joven para ser tan arrogante, y que pretendía controlar a todos los ciudadanos con la aplicación Diia de identificación digital”, apunta otro oficial de nombre Volodimir, que lleva combatiendo desde el inicio de la invasión. “Siempre que hay cambios, hay críticas”.
Apagar el Wi-Fi a los rusos
Fueron muchos cambios, y muy rápidos. Y para los generales que dirigían la cúpula de las Fuerzas Armadas en Ucrania –todos de mucha más edad que Fédorov, y que los soldados que combaten en las trincheras– cambiar la idiosincrasia de la guerra de una manera tan abrupta generaba desconfianza.
Ni siquiera cuando Fédorov logró que Elon Musk escuchara las peticiones del Ejército ucraniano y apagara el Wi-Fi en las trincheras rusas –el pasado mes de febrero– cesaron las críticas.
Apenas llevaba unos días en el cargo, pero logró solucionar un problema que estaba ahogando a los soldados del frente desde hacía muchos meses: Rusia utilizaba –de manera ilegal– el suministro de internet satelital que proporciona Starlink. Sumado a la superioridad numérica de drones, hacía que los ucranianos apenas pudieran salir de las trincheras para llevar a cabo las operaciones.
En cuanto SpaceX dejó de dar señal en las trincheras del Kremlin, esa superioridad se acabó. “Tras la desconexión de Starlink en las posiciones rusas, la coordinación de las tropas enemigas se deterioró por completo. Se les hizo casi imposible controlar todo: sus grupos de infantería, las posiciones de sus pilotos, absolutamente todo”, explicaba en aquel momento el comandante Fox, de la 93 Brigada Mecanizada del Ejército de Ucrania.
“Hemos vuelto a 2024, ahora nosotros tenemos ventaja con los drones… y los drones son los que llevan a cabo la mayoría de las operaciones en el frente en estos momentos”, aseguraba desde su trinchera en el frente de Chasiv Yar la comandante Runa, piloto de la 56 Brigada.
Fédorov fue el gran impulsor de la fabricación nacional de drones FPV, como el de la imagen, en fábricas ucranianas.
Dar de baja a 3.000 rusos al mes
Fédorov presentó una ambiciosa hoja de ruta cuando ocupó el ministerio de Defensa: uno de sus objetivos era infringir a Rusia al menos mil bajas por día. Lo consiguió, y de hecho alcanzó las 50.000 bajas mensuales –entre muertos y heridos– durante la primavera.
La situación era tan insostenible para el Kremlin, que tuvo que acelerar los procesos para reclutar hombres en terceros países de América Latina, África o Asia central. Porque dentro de la Federación Rusa no conseguían movilizar a tantos como estaban cayendo en el frente.
En muchos casos, estos procesos de reclutamientos se basaban en falsas ofertas de empleo que anunciaban en Facebook o Tiktok, y que prometían trabajos en empresas civiles. Pero cuando estos hombres –hombres pobres procedentes de Colombia, Bogotá, Venezuela o Cuba– llegaban a Moscú, les obligaban a firmar contrato con el Ejército bajo amenaza de cárcel si se rehusaban.
La existencia de esta red de trata de personas con fines de reclutamiento militar auspiciada por Rusia, que EL ESPAÑOL publicó en primicia, ha saltado ahora a varios países latinoamericanos donde ya se están llevando a cabo investigaciones.
Los servicios de inteligencia de Ucrania, por su parte, también han confirmado que el número de prisioneros de guerra que aseguran haber viajado a Rusia engañados no deja de aumentar desde hace meses. Coincidiendo con el periodo en el que Fédorov se desempeñó al frente de Defensa.
Llevar la guerra al otro lado de la frontera
La tercera pata del plan Fédorov consistía en intensificar los ataques ucranianos en suelo ruso. Y sus efectos también llegaron hasta las trincheras de Ucrania. ¿Cómo? Deteniendo o dificultando las líneas logísticas que abastecen a las tropas rusas.
Aunque las incursiones en Moscú y los grandes ataques ucranianos contra refinerías eran los que copaban las portadas de los medios internacionales, muchas de las “sanciones de larga distancia” –como las bautizó el Gobierno de Zelenski– iban dirigidas a aislar Crimea y a inhabilitar las rutas que abastecían el frente sur de la guerra.
La última gran intervención de Fédorov fue la contraofensiva de los 40 días, que sigue en marcha en estos momentos. Con esta serie de operaciones se ha conseguido, entre otras cosas, neutralizar más de 150 barcos de la flota fantasma rusa que transportan petróleo de manera encubierta –saltándose las sanciones internacionales en la cara de Europa–.
Esto supone mermar la financiación de la guerra, e incluso frenar el desarrollo tecnológico del lado ruso. Algo vital en una guerra donde la tecnología es la que decide de qué lado se inclina la balanza.
“Me temo que sin Fédorov estas operaciones de inteligencia se van a resentir”, confiesa Viktor desde el frente sur. Acababa de volver de posición cuando saltó la noticia de su destitución, y la sorpresa fue mayúscula. “Estas operaciones iban mejor que nunca porque habíamos avanzado mucho con los drones”.
Un piloto ucraniano maneja un vehículo no tripulado mediante un control remoto, cerca del frente de combate de Kharkiv.
Pese a todo, los últimos meses también están siendo especialmente duros para la población civil de Ucrania. Después de sobrevivir a un invierno de 20 grados bajo cero, sin electricidad ni calefacción por los bombardeos rusos, ahora ven cómo se intensifican los ataques contra las ciudades más alejadas de la línea del frente día tras día.
Es la respuesta de Rusia ante su propia incapacidad de imponerse en el campo de batalla. Y las cifras son desgarradoras: junio ha sido el mes más mortífero de los tres últimos años de la guerra. Casi 300 muertos civiles y cerca de 2.000 heridos.
Pancartas de cartón
Pero estos ataques masivos contra edificios de viviendas, escuelas y hospitales no han paralizado a la sociedad civil. En cuanto saltó la noticia del cese de Fédorov, decenas de miles de personas se echaron a la calle para protestar.
Los primeros en concentrarse fueron los ciudadanos de Kiev, que se plantaron frente a la oficina de Zelenski el jueves a primera hora de la mañana, a la vez que arrancaban los nombramientos de los nuevos cargos del Gobierno en la Rada Suprema.
Después empezaron a llenar las calles en Leópolis, en Odesa, Zaporiyia o Poltava. En la ciudad de Kharkiv las protestas se tuvieron que trasladar al metro porque había una alerta por bombardeo, pero ni siquiera las bombas pararon los cánticos.
Clamaban por la vuelta de Mijailo Fédorov, y a ratos pedían el cese del general Syrskyi –el propio Fédorov reconoció en la rueda de prensa que dio tras su destitución que él también se lo había pedido al presidente–.
Acuden a estas manifestaciones armados sólo con pancartas de cartón, en las que escriben sus mensajes. Pero no hay que subestimar el poder de un simple cartón, especialmente cuando lo sostienen las manos de la sociedad ucraniana en medio de la guerra que les está desangrando.
Hace justo un año que esos mismos cartones lograron que se derogara la ley 12414, aprobada por la Rada en su última sesión de verano, antes de que sus señorías se fueran de vacaciones.
Era una ley que pretendía limitar la independencia de las agencias anticorrupción NABU y SAPO. Pero los miles de jóvenes que comenzaron a manifestarse en la plaza del Maidán, noche tras noche, consiguieron que el Gobierno reculara y derogara la ley en el mes de agosto.
Ministro interino
Los planes de Zelenski para nombrar nuevo ministro de Defensa al hasta entonces titular de Interior, Igor Klymenko, no salieron bien. Ante las crecientes protestas ciudadanas del jueves, Klymenko no aceptó el puesto y Zelenski tuvo que ausentarse de las votaciones de la Rada para buscar a otro candidato a contrarreloj.
Lo encontró en entre las filas de los servicios de inteligencia: se trata del general Evgene Khmara, comandante de las Fuerzas de Operaciones Especiales del SBU. Pero la urgencia con la que se hizo todo ha dejado varios cabos sueltos: el más importante es el hecho de que, para convertirse en ministro de Defensa, Khmara debe ser civil.
Deberá retirarse del Ejército antes del 18 de agosto, fecha en la que se vuelve a reunir la Rada tras las vacaciones de verano. Y enfrentar después otra votación para ratificar su nombramiento. Si es que aguanta la presión de las protestas multitudinarias que cada día concentran a más ucranianos en las calles, pidiendo la vuelta de Fédorov.
De momento, Khmara ejercerá como ministro interino de Defensa. Y aunque es un uniformado más, no lo tendrá fácil para ganarse la simpatía de los combatientes. Otro de los entrevistados sobre el terreno no dudan en responder que “aunque en los círculos políticos hagan tonterías, aquí [en el frente de combate] hay que seguir dándolo todo”, dice Ruslan. “Pero es más difícil cuando hay jefes gilipollas que deciden frenar el trabajo que iba bien”.
