Las claves
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Donald Trump quiere que la guerra se acabe en junio. Eso apunta el New York Times citando fuentes ucranianas, que insisten en la presión que están recibiendo en las últimas semanas para que acepten en su totalidad las condiciones rusas.
En poco más de un año, Estados Unidos ha pasado de aliado de Ucrania a un simple mediador a ponerse claramente del lado ruso, en la esperanza de que un alto el fuego, cualquier alto el fuego, le dé a su presidente el ansiado Premio Nobel de la Paz.
La fecha en sí no quiere decir mucho porque Trump va cambiando los ultimatums a su antojo, pero deja claro que tiene prisa, como la tiene con Irán, a quien le ha dado cuatro semanas para decidirse.
Su intención es dedicar el verano exclusivamente a la política interior y preparar las elecciones legislativas de mitad de mandato, si es que al final se celebran, algo que al propio Trump no le hace especial ilusión.
En palabras del presidente estadounidense, Volodímir Zelenski "debe moverse" para llegar a un acuerdo. No se sabe cuáles serían las consecuencias de lo contrario.
Para Trump, "moverse" supone convocar elecciones presidenciales incluso con la ley marcial activada y buena parte de la soberanía territorial amenazada por los misiles rusos.
Además, Ucrania tendría que retirarse de las zonas del Donbás que aún ocupa.
Aunque Zelenski está dando pasos para que el Parlamento permita esas elecciones que la Constitución prohíbe —no se trata de una prerrogativa presidencial, como parece suponer Trump— lo segundo es innegociable para el futuro de Ucrania como país independiente.
Ceder Sloviansk y Kramatorsk sería un suicidio.
Ambas ciudades están siendo bombardeadas en los últimos días por Rusia, pero, cuatro años después del inicio de la guerra, no se ve la manera de que el ejército invasor pueda lanzar un ataque efectivo por tierra sobre la mayor fortaleza que Ucrania tiene en el este del país.
De hecho, Rusia ni siquiera ha sido capaz de tomar aún Pokrovsk, tarea en la que lleva más de un año. La situación en el frente sigue siendo de un estancamiento casi absoluto.
Europa, con Ucrania
Zelenski sí se mostró dispuesto en su momento a que esa parte de Donetsk permaneciera desmilitarizada, como una especie de zona de seguridad para una posible nueva ofensiva rusa.
Vladímir Putin, sin embargo, no cede… y como Putin no cede, Trump aprieta a quien considera más débil.
Es imposible entender que en la Casa Blanca hayan comprado tan fácilmente el discurso de que Rusia va ganando y que su victoria absoluta es inevitable.
No hay ni un solo dato que apoye esa tesis: los ucranianos pasan frío, tienen serios problemas con las defensas antiaéreas y, por supuesto, mueren en el frente.
Nada de eso ha servido para que Rusia haga avances mínimamente significativos.
Aquí es donde entra Europa y, en ese sentido, seguro que Zelenski se sintió reconfortado al oír las palabras del presidente de Finlandia, Alexander Stubb, quien aseguró en el marco de la Conferencia de Seguridad de Munich que Putin había perdido la guerra, tanto en lo diplomático como en lo puramente militar.
Stubb incidió en que el objetivo era "rusificar" Ucrania, pero Ucrania está más unida que nunca a Occidente. Putin también quería limitar el alcance de la OTAN… y la entrada de Finlandia y Suecia no ha hecho sino ampliarla.
Aparte, como decíamos, los avances territoriales de Rusia en una guerra que pronto entrará en su quinto año son menores de los que consiguió en 2015, con la toma por la fuerza de buena parte de Donetsk y Lugansk.
Incapaz de terminar el trabajo, Putin espera que sea Trump el que le haga los deberes, pero, en ese pulso, Europa sigue mostrándose del lado ucraniano.
Abandonar a Zelenski
¿Qué puede hacer Trump, entonces? Es de suponer que lo que opinen sus socios europeos y sus aliados de la OTAN le da absolutamente igual. De hecho, siempre los ha ninguneado y apartado de sus negociaciones.
Estados Unidos organizó una reunión entre delegados rusos y ucranianos en Abu Dabi a principios de mes y prepara otra en Ginebra para la semana que viene, pero, por mucho que insista en que este es un problema europeo, no acepta su mediación.
Incluso Marco Rubio canceló la reunión que tenía prevista con líderes europeos en Múnich por "problemas de agenda".
Zelenski es el líder extranjero más valorado en Estados Unidos, mientras que Putin, por mucho que insista parte del movimiento MAGA, está entre los más odiados junto a Kim Jong-un.
Dejarle completamente solo sería contraproducente de cara a su imagen, que sí parece importarle un poco más. Su propio partido, o al menos la mayoría de sus legisladores en la Cámara de Representantes y el Senado, también abogan por algún tipo de ayuda a Ucrania.
Incluso Elon Musk, sorprendentemente, se ha posicionado del lado ucraniano al cortar el acceso del Ejército ruso a la tecnología vía satélite Starlink, lo que está provocando un auténtico caos en el frente, pues los drones ya no tienen la eficacia que tenían antes.
Rusia no paga por Starlink, como sí lo hace Ucrania, pero estaban aprovechándose de esa tecnología a través de dispositivos piratas que han sido ahora debidamente inutilizados por el magnate sudafricano.
Sin embargo, pese a todo, los lazos que unen a Trump con Putin y Rusia parecen demasiado fuertes. No importa que el líder ruso siga tomándose a broma las negociaciones estadounidenses, enviando a Ginebra como cabeza de la delegación a su asesor cultural, Vladimir Medinsky, ni que siga atacando objetivos civiles, desde parques infantiles a hospitales o edificios residenciales.
Desde la Casa Blanca, siempre se presionará a Zelenski porque creen que es el camino más corto para colgarse la medalla… y porque la fascinación del aspirante a autócrata con el dictador ruso es absoluta. Y eso tiene difícil arreglo.
