Roma

Paseando por diferentes barrios de Roma, hay un cartel que suele verse a menudo estos días: "Sin las ayudas del Gobierno no podemos reabrir. Miles de empleados están en riesgo". Del mismo cartel hay varias versiones, según quien lo imprima, pero el mensaje es el mismo: en las afueras, en el centro de la ciudad, en las calles pegadas al Vaticano. De hecho, muchas de estos comercios, los que están cercanos a la Plaza de San Pedro, viven precisamente del turismo como sector esencial.

El problema es que, por el momento, no se prevén ingentes olas de visitantes en la Ciudad Eterna hasta bien entrado el 2021, como afirmó recientemente la alcaldesa de Roma, Virginia Raggi.

En el mejor de los casos, podría haber turistas este mismo año, como consecuencia del impulso del turismo nacional. ¿Cómo puede sobrevivir, en este contexto, una tienda de souvenir en la capital de Italia?

En las últimas semanas, el Ejecutivo italiano del primer ministro Giuseppe Conte ha aprobado diferentes planes de estímulo para ayudar a las pymes, pero para muchas de ellas el camino sigue siendo, igualmente, cuesta arriba.

"Tengo cuatro trabajadores a mi cargo, pero por el momento puedo pagar sólo a dos", explica a EL ESPAÑOL Mario, dueño de un bar en el pintoresco barrio romano de Trastevere. Y dice también el por qué: "Si ahora tenemos que respetar las distancias, habrá lógicamente menos clientes. De modo que los dos trabajadores que he dejado en casa tendrán que esperar. Pero en el momento en el que la situación mejore estarán de nuevo en plantilla y ellos lo saben", asegura Mario quien, al hablar, desprende palabras y tono de aprecio para sus empleados.

El problema va mucho más allá de los bares o las tiendas de recuerdos romanas. La situación es dramática en muchas ciudades transalpinas, desde el Norte hasta el Sur del país con forma de bota. En los últimos días ha sido muy sonado el cierre de muchas de las tiendas de la famosa calle San Gregorio Armeno de Nápoles, mundialmente conocidas por sus belenes todos los días del año.

El pasado lunes, muchos comercios de una conocida calle de tiendas amanecieron con la escrita “Yo no abro, sin ayudas los pequeños comercios mueren”. Lo mismo pasa en otras ciudades italianas como Milán, Florencia, Turín o Palermo.

Pérdidas económicas              

“Estamos perdiendo miles de euros, que representan la supervivencia de cuatro familias”, explicaba hace unos días a la prensa italiana Giancarlo, hostelero de la periferia de Milán. Dueño de un mesón, no se atreve a abrirlo porque, con las actuales medidas de distanciamiento interpersonal aplicadas a los restaurantes “no podría afrontar ni siquiera los gastos”.

Su negocio, de corte familiar, cerró enseguida, incluso antes del decreto del Gobierno italiano que obligaba a todo el país al confinamiento generalizado. El equipo lo conforman sus dos hijos, tres trabajadores y él mismo. Por el momento sobreviven con los pedidos para llevar, “pero representan sólo el 10%-15% de los ingresos”.

Terrazas en la zona de Pignetto, en Roma Efe

No obstante la difícil situación, muchas otras pymes y autónomos en Italia sí que se atreven a reabrir en la última fase del desconfinamiento. Es el caso de Maurizio, dueño de una peluquería en el centro de Roma, quien asegura que no está siendo cómodo “mantener la distancia de seguridad con los clientes” pero es “la única alternativa para continuar el negocio” mientras no se logre una total normalidad, donde ya no sean necesarias las medidas de protección contra el coronavirus. Como solución, Maurizio está trabajando “hasta última hora de la tarde-noche” e incluso los domingos y los lunes.

“Desesperación social”

Según una información publicada recientemente por el conocido periódico italiano La Repubblica, en Italia se está gestando una cierta “desesperación social” que podría agravarse el próximo otoño como consecuencia de los efectos económicos devastadores de la Covid-19.

Según Cáritas Italia se prevé la aparición de “un millón de nuevos pobres vinculados a la crisis de la pandemia” del coronavirus. Para muchos expertos citados en los últimos días por la prensa transalpina, hay un importante riesgo de que la rabia y la desesperación puedan contagiarse de forma más contundente que la propia epidemia en el país.   

 El pasado lunes 18 de mayo Italia ha arrancado su última fase de desescalada, momento a partir del cual los italianos pudieron comprar en las tiendas, comer en los restaurantes, beber en los bares, cortarse el pelo, visitar los museos y rezar en las iglesias, entre otras muchas cosas.

Eso sí, con prácticamente las mismas medidas de seguridad y protección de los últimos meses. Bien es cierto, igualmente, que sólo a partir de este lunes 25 de mayo se podrá acudir a los gimnasios y que desde el 3 de junio se podrá viajar también entre regiones sin razones de peso. Dentro de diez días, además, Italia permitirá también el aterrizaje de aviones procedentes de la Unión Europea.

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