París

A las 18.30 horas de un lunes primaveral parisino ha llegado la tragedia: Notre Dame, el monumento más visitado de toda Europa con 14 millones de personas al año, 40.000 al día, la joya de la arquitectura gótica, se veía envuelta en una llamarada infernal que 500 bomberos han tardado más de cinco horas en controlar.

Antes, nada más llegar, evacuaron a los dos mil turistas que estaban dentro y se encargaron de salvaguardar las obras de arte, siguiendo los protocolos establecidos. Fuera, los parisinos y muchos turistas contemplaban atónitos y en silencio cómo el símbolo de Francia, construido hace 850 años, era devorado por el fuego. El momento más dramático se ha vivido cuando la imponente aguja en forma de espiral de 93 metros de altura, que corona la catedral ha caído ardiendo un poco antes de las 20.00 horas.  

¿Cómo se llegado a esta desgracia? Es la pregunta que se hace todo el mundo en París. El origen, aún por dilucidar, podría tener que ver con un descuido o una mala planificación de las obras emprendidas en julio de 2018. Una restauración titánica proyectadas para desarrollarse hasta el año 2022 y cuyo presupuesto era de 150 millones de euros.

Todo el techo de la catedral se encontraba en mal estado y se habían retirado esculturas fijadas desde hace más de un siglo para su saneamiento. Para ello, unos andamios de 500 toneladas acababan de instalarse hace unos días a 100 metros de altura. Y es en esta parte donde ha empezado el incendio.

Notre Dame, la catedral asediada, que pasó de los reyes al pueblo francés con la revolución francesa, que ha sobrevivido a dos guerras mundiales y a los planes secretos de Hitler cuando quiso bombardear París, no ha podido soportar una reforma mal diseñada, sin sistemas de seguridad ni prevención en pleno siglo XXI.

Aunque se alega por parte de los responsables de las obras que en el momento en el que se inició el incendio no quedaban trabajadores en la catedral, el último turno acaba a las cinco de la tarde, unas dos horas antes de que la columna de humo rompiera en el cielo de París, nadie en la capital francesa se explica cómo el monumento más importante de Francia no tenía unas medidas de seguridad extremas.

Para esta misma noche, Macron tenía previsto aparecer en televisión para anunciar las medidas de carácter social y económico que ha emprendido después de semanas de debate y reuniones para superar sus desencuentros con el pueblo francés, provocados por la polémica de los chalecos amarillos.

Sin embargo, suspendió el discurso previsto y se dirigió junto a su esposa, Brigitte, a Notre Dame, donde presenció las tareas de extinción acompañado de la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, el fiscal que investiga lo ocurrido y el ministro del Interior.

Está por ver si una catástrofe de esta magnitud afectará al presidente francés en su cuota de popularidad, que había aumentado últimamente en las encuestas europeas tras unos meses negros para su gobierno. La grandeza de Francia cada día está más  tocada: el terrorismo, la crisis y los chalecos amarillos no han dado respiro desde hace ya hace mucho tiempo.

Macron, al filo de las 12 de la noche, se dirigió a los franceses. Se había especulado sobre si la estructura del templo resistiría las llamas. Y lanzó un mensaje de tranquilidad. "Lo peor se ha evitado", proclamó, aunque recordó que "la batatalla no se ha ganado todavía". Su intención es "reconstruir Notre Dame todos juntos". 

Agradecío a los bomberos su labor. "Gracias a su coraje y profesionalidad extrema, no se han caído las dos torres principales ni la fachada". "A partir de mañana pondremos en marcha una suscripción nacional y más allá de las fronteras de Francia. Y haremos un llamamiento a los mayores talentos", anunció.

El presidente subrayó junto a la catedral que, para los franceses, "Notre Dame es nuestra historia, nuestra literatura...".

Mientras, a estas horas Notre Dame, "el epicentro de nuestras vidas, el patrón de donde parten nuestras distancias", según la ha descrito el presidente francés, se encuentra en gran parte en cenizas en plena semana santa. A partir de mañana, se realizarán colectas populares para recaudar fondos que permitan la reconstrucción de la misma. Lo que costará, y el tiempo que llevará, nadie se atreve a predecirlo. Por ahora, François-Henri Pinaut, dueño de Kering, la matriz de marcas como Gucci, Yves Saint Lorent o Fnac, ya ha anunciado que se compromete a destinar 100 millones de euros para ayudar a sufragar la reconstrucción.