Berlín

Por fin tienen Angela Merkel y Martin Schulz su gran coalición. Nunca antes había esperado tanto Alemania –y Europa– un acuerdo de estas características en la política germana. Merkel y Schulz presentaban en Berlín este miércoles el documento con el que quieren gobernar los próximos cuatro años. La alianza existe, claro está, con permiso de los algo más de 440.000 afiliados socialdemócratas que aún deben pronunciarse sobre el acuerdo entre los líderes de Unión Cristiano Demócrata (CDU), su hermanada Unión Socialcristiano de Baviera (CSU) y el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD).

Schulz deja la presidencia del SPD

Las maratonianas negociaciones, prolongadas excepcionalmente casi tres días –en principio era el domingo cuando debía haberse alcanzado el acuerdo–, “han merecido la pena”, según Merkel, quien acaricia su cuarto mandato como canciller. Para concretar el pacto iban a ser necesarias “concesiones dolorosas”, advertía ya el martes la lideresa de la CDU.

Los partidos conservadores han cedido y dejan a los socialdemócratas el influyente Ministerio de Hacienda que había venido ocupando los últimos años Wolfgang Schäuble. Según el acuerdo, serán responsabilidad de la CDU las carteras de Defensa, Salud, Economía, Cultura, Educación, Agricultura además de, claro está, la Cancillería Federal, donde Merkel seguirá teniendo su despacho. La CDU también cede ante la CSU, en cuyas manos deja una cartera de Interior ampliada en competencias. De ese ministerio se ocupará expresamente líder socialcristiano Horst Seehofer.

Los primeros comentaristas que opinaban sobre el acuerdo calificaban de “victoria” del SPD que Schulz y compañía se quedaran con el control del Ministerio Hacienda. A ese ministerio los socialdemócratas suman en el reparto de poder las carteras de Justicia, Trabajo y Asuntos Sociales, Medio Ambiente, Familia y Asuntos Exteriores. De éste último quiere ocuparse el propio Martin Schulz.

Martin Schulz en la rueda de prensa para anunciar el acuerdo de gobierno en Alemania. Reuters

Schulz apuntaba en la presentación del acuerdo de gran coalición que el contrato gubernamental preparado por la CDU/CSU y el SPD tiene “en una enorme medida la firma socialdemócrata”. Además, planteaba que el documento acordado supondría un “cambio fundamental en la política europea” de Alemania. Su país “jugará un papel de líder en la UE”, decía Schulz.

No obstante, el acuerdo ha de tener un sabor agridulce para Schulz. Las duras negociaciones han puesto de manifiesto las limitaciones del otrora presidente del Parlamento Europeo para liderar al SPD. Víctima de los dilemas de su partido, tiene previsto dejar próximamente su cargo como presidente de los socialdemócratas. Así lo avanzaba el miércoles el diario Süddeutsche Zeitung.

Sea como fuere, el lado más agrio del acuerdo, no sólo para el SPD, sino también para la CDU/CSU, debe ser constatar que la reconstrucción de una gran coalición signifique aupar al partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) al estatus de primer partido de la oposición. Al margen del estrés negociador de la frustrada tentativa coalición jamaicana de Merkel y de las largas noches sin dormir que han tenido que resolver cristianodemócratas y socialdemócratas, en AfD han estado frotándose las manos.

De hecho, ya jubilaban en este partido desde el día en que Merkel y Schulz alcanzaron en enero su preacuerdo para repetir una gran coalición. El miércoles, Alexander Gauland, líder parlamentario de la formación ultraderechista, describía a la CDU como “una cueva vacía” políticamente en vista de la nueva alianza de cristianodemócratas y socialdemócratas.

AfD fue el tercer partido más votado de las pasadas elecciones generales. En aquella cita con las urnas, esta formación, que el pasado martes cumplía un lustro de vida, consiguió entrar en el Bundestag por la puerta grande. En los comicios de 2013, AfD no logró representación parlamentaria. Ahora cuenta 92 escaños en el Bundestag.

Como de primer partido de la oposición, la responsabilidad que recae sobre sus diputados es grande. También lo son las carencias de esta formación en la vida parlamentaria. Basta con saber que 80 de sus 92 diputados debutan en el Parlamento en esta legislatura. AfD puede acabar siendo víctima de su propio éxito.

En los últimos meses, el partido está enfrascado en una urgente fase de incorporación de colaboradores. Todavía en enero, el partido andaba buscando candidatos en la red social LinkedIn en busca de un jefe de prensa. “Forme parte de un equipo atípico de los más conocidos diputados de AfD, que siempre provocan discusión social con fórmulas políticas afiladas”, se leía en la oferta de empleo publicada en la citada plataforma de internet. Ya no se aceptan más solicitudes de candidatos, de los que se presuponía, entre otras cosas, que tuvieran “una postura crítica con el mainstream mediático”. Pero eso no quiere decir que la estructura del partido dé abasto.

AfD, falto de logística

El gran desafío para el partido es encontrar trabajadores que pueden hacer el trabajo parlamentario en el Bundestag, pero también en las circunscripciones, donde también hay que mantener oficinas. Una de las primeras dificultades del partido es satisfacer sus necesidades logísticas. Y este proceso dura todavía”, indica a EL ESPAÑOL Jan Müller, politólogo de la Universidad de Rostock, en el Land de Mecklemburgo-Pomerania Occidental. Esa es la región de origen de Merkel. Allí AfD también es la primera fuerza de la oposición, después de haber obtenido en las elecciones regionales de 2016 un 20,8% de los votos.

Por algo más que “fórmulas políticas afiladas” y posturas intelectuales “críticas con el mainstream mediático” se vio obligado a abandonar la política el pasado mes de septiembre Holge Arppe, vicepresidente del grupo parlamentario de AfD en Mecklemburgo-Pomerania Occidental. Dejó el partido después de que se supiera que en sus comunicaciones por chat insultaba a diestro y siniestro, incluidos miembros de su propio partido.

CDU, CSU y SPD explican el acuerdo alcanzado. Reuters

Política desde el escándalo

A Gauland, Arppe lo llamaba “cabrón”, según informaba el pasado mes de septiembre el diario berlinés Tageszeitung. Peor aún, en esas comunicaciones, Arppe realizaba con gusto comentarios obscenos sobre violaciones sobre mujeres y niños. “Gente así no queremos entre nosotros”, dijo Gauland en el momento de la salida de Arppe del partido.

La estabilidad en AfD resulta difícil”, estima Müller. Sin embargo, aquel escándalo no afectó a AfD, que salió triunfal de las elecciones de septiembre. Consecuencia de su buen rendimiento es que se la considere ya la principal fuerza de la oposición. Ese estatus no es oficial, pero significa, por ejemplo, que un diputado de AfD, Peter Boehringer, presida la comisión de Finanzas del BundestagNo es el único espacio parlamentario presidido por alguien de la formación de ultraderecha. Ocurre lo mismo en la comisión de Asuntos Jurídicos, que tiene a Stephan Brander al frente, y la de Turismo, presidida por Sebastian Münzenmaler.

Müller observa como “un elemento de tensión” que en el partido siga habiendo división entre quienes defienden una postura radical de “oposición fundamental” y quienes prefieren adoptar una oposición constructiva. Por querer llevar en vano por esta senda más pragmática al partido, su lideresa Frauke Petry, terminó dejando el partido un día después de las elecciones generales. Desde entonces milita en otra formación nacional-conservadora de nuevo cuño, el Partido Azul.

Oportunidad para hacer oposición “conservadora pero democrática”

Nils Diederich, politólogo de la Universidad Libre de Berlín, ve a AfD capaz de aprovechar la oportunidad que tiene ante sí de desarrollar “una oposición de perfil conservador pero democrática” en el Bundestag. “Desde un punto de vista conservador, la oposición en el parlamento la hará AfD, no el FDP”, dice Diederich a EL ESPAÑOL. “Una gran coalición da a AfD mucho margen de maniobra para decir cuán conservadores son. La CDU se moverá ahora de modo más cauto en política”, abunda.

En cualquier caso, “con AfD siempre es posible que se produzcan otros escándalos, como el de Jans Maier y este tipo de situaciones pueden acabar en gente saliendo de AfD”, comenta Müller. Alude este politólogo al diputado de AfD que llamó en Twitter “pequeño seminegrata” a Noah Becker, el hijo de la otrora estrella alemana del tenis Boris Becker. Maier se enfrenta ahora a una denuncia de Noah Becker. No ha dejado el partido, todavía.

Otro tuit xenófobo le costaba a Beatrix von Storch, vicepresidenta de AfD y diputada de la formación ultra, una denuncia de la Policía de Colonia a principios de año. Las autoridades de la metrópolis cultural del oeste germano felicitaron el Año Nuevo con un mensaje en árabe, francés e inglés en su cuenta de Twitter. En esa red social, Von Storch criticaba que la policía tuviera palabras en árabe para "hordas de hombres musulmanes dispuestos a violencia en grupo".

No es casualidad que en AfD haya voces que pidan ahora desarrollar unas normas de conducta que incluyan “un catálogo de multas”, según podía leerse a finales de enero en el Süddeutsche Zeitung. Puede que así AfD logre encajar en las reglas que impone la política de un Bundestag que parece estará dominado por la CDU/CSU y el SPD.

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