Anthony Fauci fue el Fernando Simón de Estados Unidos. El médico que aparecía junto a Donald Trump mientras el presidente sugería remedios imposibles contra una pandemia desconocida.
Trump lo elogiaba, las televisiones se lo disputaban y su cara terminó impresa en camisetas, velas y tazas. Pero todo cambió cuando empezó a corregirlo delante de millones de personas. Para media nación se convirtió en la voz de la ciencia; para la otra, en el burócrata culpable de las restricciones y de ocultar la verdad sobre Wuhan.
Seis años después, sus enemigos controlan las instituciones que pueden castigarlo. Fauci compareció a finales de julio ante una comisión del Senado y se acogió 111 veces al derecho a no declarar. Los republicanos han aprobado ahora una resolución para acusarlo de desacato y han enviado el caso a Justicia.
Otra subcomisión ha obtenido una copia de su iPhone y varios estados le exigen documentos financieros. A los 85 años, vuelve a defenderse de quienes prometieron meterlo entre rejas.
Un indulto debía protegerlo; ahora se vuelve contra él
Fauci no acudió por voluntad propia. Rand Paul, senador republicano y médico que lleva cinco años acusándolo de mentir, lo obligó mediante una citación. Durante casi tres horas se negó a responder sobre Wuhan, las mascarillas y los confinamientos. Tampoco dijo qué día era ni de qué color llevaba la corbata. Su abogado acabó expulsado por intervenir sin permiso.
Una citación del Congreso obliga a comparecer y contestar, pero la Quinta Enmienda permite callar si las respuestas pueden incriminar al testigo. Fauci alegó ese riesgo. Paul lo rechazó porque Joe Biden ya lo había indultado por posibles delitos federales cometidos en su trabajo entre 2014 y enero de 2025.
Anthony Fauci comparece ante el Senado de Estados Unidos.
El indulto no cubre delitos estatales ni conductas posteriores, como un falso testimonio durante esta nueva vista. Paul sostiene además que Fauci renunció a su derecho a no contestar al leer una declaración inicial en la que defendió su trayectoria y denunció una persecución contra él.
El precedente más parecido no lo favorece: en 2015, la Justicia rechazó procesar a una funcionaria que también habló antes de guardar silencio porque no consideró que aquella introducción implicara renunciar a la Quinta Enmienda.
La comisión ha pedido procesarlo por desacato: los ocho republicanos han votado a favor y los siete demócratas se han opuesto.
El Senado entero no ha votado. Como allí probablemente necesitaría 60 apoyos y su partido solo tiene 53, Paul ha enviado directamente el caso a Justicia. El departamento ha confirmado que lo examina, aunque la petición no es vinculante y algunos juristas dudan de su validez sin el respaldo del pleno.
La Fiscalía de Washington, dirigida por una aliada de Trump, decidirá si investiga y solicita su imputación. El presidente ha abierto por primera vez la puerta a procesarlo y ha afirmado que la conducta de Fauci es “mucho más grave que muchos delitos”.
Trump a bordo de 'la bestia' durante el covid.
Lo ha comparado con dos antiguos asesores suyos que pasaron cuatro meses en prisión por desacato, aunque ellos no acudieron al Congreso y Fauci sí. Ni Paul ni la comisión pueden encarcelarlo; una condena puede acarrear hasta un año de cárcel y 100.000 dólares de multa.
La pregunta que Fauci no quiso responder
El desacato no resuelve qué sabía Fauci de las investigaciones con coronavirus realizadas en Wuhan ni si mintió al negar que EEUU hubiera financiado experimentos peligrosos.
Paul llegó a la sala con 1.141 páginas de sus notas del diario del acusado, reconstruidas por el departamento del secretario de Sanidad, Robert F. Kennedy Jr. Otra subcomisión había recibido una copia del teléfono que utilizaba entonces; su contenido no se conoce.
EEUU sí financió indirectamente trabajos con coronavirus en murciélagos. Los Institutos Nacionales de Salud concedieron una ayuda a la organización EcoHealth Alliance, que envió cerca de 600.000 dólares al Instituto de Virología de Wuhan. Allí, un virus modificado hizo enfermar más de lo esperado a ratones preparados para imitar la infección humana.
El choque es técnico, pero decisivo. La “ganancia de función” consiste en alterar un virus para que adquiera capacidades, como multiplicarse mejor o causar una enfermedad más grave.
El experimento produjo uno de esos efectos inesperados en ratones. Los Institutos Nacionales de Salud sostuvieron que no encajaba en la categoría legal sometida a controles especiales. Fauci utilizó esa definición oficial cuando negó en 2021 haber financiado ganancia de función en Wuhan. Paul emplea el significado más amplio y sostiene que mintió.
Nada demuestra que aquellos virus pudieran convertirse en el SARS-CoV-2 ni que Fauci causara o encubriera la pandemia.
Tres agencias de inteligencia estadounidenses se inclinan por un accidente de laboratorio y otras cinco por el salto animal. La OMS da mayor respaldo científico a esta última hipótesis, pero mantiene abiertas ambas porque China no ha entregado información esencial.
El diario tampoco contiene la confesión de Fauci buscada. Paul destaca una nota en la que el médico calificaba el mercado de Huanan de amplificador, no de origen, pero la frase siguiente apuntaba a un salto animal.
Las páginas sí muestran a un científico deslumbrado por la fama: guardaba elogios y registró hasta una llamada accidental a Barbra Streisand. Vanidad, pero no una prueba de encubrimiento.
Anthony Fauci comparece ante el Senado de Estados Unidos.
La amenaza no se limita a Wuhan. Un antiguo asesor de Fauci fue acusado en abril de ocultar correos y usar cuentas privadas para eludir las normas de transparencia. Fauci afirma que lo desconocía y no está imputado. Florida y otros cuatro estados republicanos han abierto o anunciado investigaciones sobre su actuación y sus posibles beneficios, sin presentar pruebas públicas de un delito.
Cómo Trump convirtió a su médico en enemigo
Fauci nunca fue un hombre de Trump. Cuando empezó la pandemia, llevaba 38 años al frente del principal instituto de enfermedades infecciosas, había asesorado a siete presidentes y George W. Bush lo había condecorado por su trabajo contra el sida. La Casa Blanca necesitaba de su prestigio.
Al principio, Trump lo llamaba "buen hombre". La relación se quebró en abril, cuando Fauci admitió que actuar antes habría salvado vidas y el presidente compartió un mensaje que pedía despedirlo.
Durante el verano, Trump prometía que el virus desaparecería y el médico lo corregía ante las cámaras. En octubre ya era un "desastre". Aun así, el último día de su mandato le concedió una distinción presidencial por la operación que desarrolló las vacunas.
Fauci aconsejaba, pero los cierres correspondían a gobernadores y autoridades locales. Aun así, acabó personificando las aulas vacías, las mascarillas y las vacunas obligatorias. Para unos defendía la evidencia; para otros nunca pagó por sus errores.
El indulto de Biden terminó de volverlo sospechoso ante la derecha: si era inocente, ¿por qué necesitaba protección? Biden dijo que pretendía evitar procesos políticos, no reconocer un delito.
Desde el regreso de Trump, sus adversarios controlan las instituciones: Kennedy dirige Sanidad, Paul preside la comisión y una aliada del presidente dirige la fiscalía que examina el caso.
Anthony Fauci comparece ante el Senado de Estados Unidos.
Trump también retiró la protección federal que mantenía por las amenazas de muerte. Ahora Fauci paga guardias privados para enseñar en Georgetown y viajar. Las amenazas contra sus hijas casi han desaparecido, pero él y su esposa todavía las reciben.
En su barrio ya no quedan los carteles de "Gracias, doctor Fauci". En 2020, cada frase suya entraba en millones de hogares; seis años después, ha llegado a la conclusión de que la más segura es no pronunciar ninguna.
