El gusto de Richard Branson por la excentricidad viene de lejos y, sin él, Virgin nunca habría sido una enorme tienda de discos ni una de las más grandes discográficas del planeta ni mucho menos una de las primeras aerolíneas low-cost. Lo de Jeff Bezos parece más reciente, algo a lo que uno le acaba cogiendo gusto. Hay en Amazon algo de empresa de garaje, de puntocom con un enorme sentido de la oportunidad que ha derivado en un imperio casi por casualidad.

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En cualquier caso, ambos comparten la pasión por el espacio y un extraño sentido de la competitividad y la egolatría. En el caso de Branson, su finalidad puramente turística, empresarial, parece clara. En el de Bezos, no tanto. Hay cuando menos una mezcla entre el nuevo negocio que se abre y una vocación algo mesiánica de mejorar la humanidad a base de repartirla por distintos planetas, lo cual no está nada claro que sea una gran idea. Stephen Hawking diría lo contrario.

En medio queda el tercer multimillonario en esta improbable carrera espacial de principios del siglo XXI: Elon Musk. Lo bueno de la excentricidad de Musk es que no requiere investigación alguna sino que va de suyo. Su hijo se llamó X Æ A-12 hasta que la justicia le obligó a cambiar el nombre, dejándolo en el mucho más convencional X Æ A-Xii. Nadie está muy seguro de cómo va a acabar eso. Musk, otro de los habituales en la lista de hombres más ricos del mundo, también lleva tiempo explorando la manera de llegar al espacio, pero hay en su proyecto algo más serio, más científico, con mayor vocación de futuro.

Esta misma semana, SpaceX, la compañía aeronáutica fundada por el propietario de Telsa, recibía el apoyo de la NASA para su misión a la luna de Júpiter, Europa. La relación entre SpaceX y la NASA viene de lejos, siendo SpaceX un proveedor habitual a la hora de contratar transportes para la Estación Espacial Internacional. En ello puede influir el hecho de que Musk llamará a su hijo como quiera, pero no se manda a sí mismo en un cohete para salir en las revistas. Al menos, no de momento. Sus planes no son un "visto y no visto" más allá de la atmósfera sino algo mucho más serio y sostenible: tomar Marte y habitarlo, a lo Ray Bradbury.

Tan obsesionado está Musk con el planeta rojo que ha decidido vender todas sus casas para "invertir el dinero en la colonización de Marte". Ahora mismo, vive de alquiler en Los Ángeles bajo el aparente falso dilema de "¿qué es más importante, una casa o Marte?". Escuchándole, a veces da la sensación de que más que llegar a Marte, lo que quiere es comprárselo. O, más bien, hacer de ese planeta unos nuevos Estados Unidos con él como único padre fundador. Un lugar con nuevas leyes y reglas, distintas a las de la Tierra, sin especificar en qué sentido.

Elon Musk HANNIBAL HANSCHKE Reuters

Esta extraña filantropía no es incompatible con el negocio puro y duro: el año pasado, SpaceX consiguió ser la primera empresa privada en enviar a dos tripulantes a la ISS y devolverlos en un amerizaje sobre el Atlántico. El turismo que propone Musk es un turismo diferente, un turismo de película de ciencia-ficción. A finales de año, hay programada una misión civil de varios días. Algo que probablemente genere menos intensidad mediática pero atraiga a más millonarios.

Si viajar al espacio tiene sentido, hay que amortizar la experiencia en algo más que una media hora de adrenalina. Se multiplican los incentivos aunque también los riesgos, claro. Este primer viaje civil incluye a cuatro turistas, que darán vueltas alrededor del globo sin más ayuda que su propia preparación, a cargo de SpaceX. El precio de cada billete está estimado en más de un millón de dólares y la idea es que pronto se llegue a los siete tripulantes.

Criptomonedas y lucha contra China

Por si presidir Tesla y planificar viajes al espacio no fuera suficiente, Elon Musk es cofundador de PayPal y uno de los personajes más populares entre los jóvenes emprendedores por su influencia decisiva en el mercado de las criptomonedas. Si la presión sobre dichas monedas por parte de China hizo que el precio del bitcoin bajara desde los más de 60.000 dólares por unidad a los menos de 30.000 del pasado 20 de julio, el nuevo apoyo de Musk parece estar detrás del aumento de la cotización hasta los 37.991 actuales.

¿Cómo es posible que sólo una decisión o una declaración de una sola persona provoque esta inestabilidad en una moneda? Es difícil de explicar en una moneda que presume de no depender de ningún banco central pero acaba dependiendo de una cuenta de Twitter. En junio, ocurrió justo lo contrario, cuando los mercados interpretaron que Musk se desligaba del bitcoin o, más bien, pensaba dificultar su uso como moneda de pago en sus empresas. La semana pasada tuiteó lo contrario, es decir, que era "muy probable" que se pudieran comprar coches de Tesla con bitcoins o dodgecoins y que quizá PayPal se uniera pronto a la fiesta.

Elon Musk y Twitter Manuel Fernández E. E.

No es lo mismo que eso lo diga el hombre más rico del mundo o que lo diga un Youtuber desde Andorra. Pero aun así, extraña un efecto tan inmediato. Por supuesto, Musk va con el dinero por delante, pero este tipo de montañas rusas financieras basadas en el carisma personal suelen tener poco recorrido. Un pasito para adelante y un pasito para atrás, que diría la canción. Todo lo que rodea al mulltimillonario es una incógnita constante o, más bien, un gusto por la incógnita, como si el propio Musk se levantara cada mañana pensando: "¿Por qué hablarán hoy todos los medios de mí?" y luego fuera descartando y eligiendo posibilidades.

Musk sabe que el fracaso es una posibilidad y eso le hace más peligroso. Frente al tópico new age, alguien que sabe que puede no conseguir lo que desea es alguien más cerca de conseguirlo. Conocer al enemigo es parte de cualquier proceso. Ahora que Boeing se ha metido en la lucha por los contratos de la NASA, puede que SpaceX caiga en el olvido. En cuanto China encuentre aliados para apretar a Tesla o el yuan digital coma terreno al bitcoin, puede que su fortuna y su influencia se vengan abajo. Mientras tanto, está claro que Musk ha venido aquí a jugar y a disfrutar de cada pequeña victoria. Esta semana ha tocado cara.

Cuando toque cruz, probablemente Branson y Bezos sigan jugando a los cohetes como dos niños pequeños y pensando que, de alguna manera, están cambiando el mundo. Bezos, al menos. Branson está en otra liga porque es un superviviente y los supervivientes son más de pequeños objetivos y sonoros naufragios. Así está ahora mismo el mundo cambiante de los multimillonarios; al fin y al cabo, hubo un momento en el que todo se medía en cuadros de impresionistas y subastas en Sotheby´s. Quien no quiera sorpresas, que compre acciones de Zara.