Washington DC

Los republicanos han herido de muerte a una de las pocas armas de la minoría parlamentaria que obligaba a ambos partidos a entenderse: el filibusterismo, que permite retrasar indefinidamente una votación.

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El partido está decidido a lograr que el Senado, donde tiene una mayoría de 52 a 48, confirme al juez federal Neil Gorsuch, propuesto por Donald Trump para ocupar la plaza que lleva vacante en el Tribunal Supremo desde febrero de 2016.

Los republicanos anunciaron que cambiarían el reglamento para que la confirmación pudiera validarse por mayoría simple si la oposición no daba el brazo a torcer. Este jueves, ante la determinación de los demócratas a bloquear al candidato de Trump, han votado para cambiar las reglas del Senado y romper el impás.

Esto significa que en el futuro el partido mayoritario podrá aprobar candidatos al Supremo por mayoría simple y sin necesidad de consenso, lo que abre la puerta a jueces de ideología más radical.

Gorsuch que había logrado pasar el corte de la comisión de Justicia, no logró el apoyo de los ocho demócratas que necesita. De hecho, varios senadores de este partido anunciaron el lunes que impedirían su elección recurriendo al filibusterismo, herramienta legislativa que permite dilatar sine die los debates hasta que no se obtengan los 60 votos necesarios del Senado, lo que teóricamente obligaría al presidente a cambiar de candidato o a dejar la plaza sin cubrir.

Esta regla existe para que la eventual mayoría en la Cámara Alta, ya sea republicana o demócrata, no pueda lanzarse a situar en la Corte Suprema a un juez excesivamente partidista. Al necesitar el apoyo del otro partido, los presidentes suelen tender a postular un perfil más moderado, dentro del espectro conservador o progresista.

Ante esta obstrucción, el líder de la mayoría republicana, el senador Mitch McConnell, amenazó con cambiar las reglas del Senado si los demócratas finalmente bloquean a Gorsuch, haciendo uso de lo que se denomina ‘opción nuclear’ -el nombre da idea de lo grave que se considera la medida-, una posibilidad apoyada por Trump.

Cumplida ahora su amenaza, los demócratas -o los republicanos en un futuro, cuando vuelvan a ser minoría- se quedarán sin capacidad de paralizar el nombramiento vitalicio de jueces para el Supremo, haciendo innecesario que el presidente de turno tenga que buscar magistrados más o menos de consenso. Se espera que el viernes Gorsuch sea confirmado en el cargo.

Por ejemplo, si durante el mandato de Trump vuelve a quedar una vacante en el alto tribunal, el magnate podrá optar por un perfil extremadamente conservador, sabiendo que no necesitará del respaldo del otro partido.

Republicanos y Demócratas se culpan mutuamente de haber llegado a esta situación. Los primeros, reprochado la actitud de sus oponentes en estos momentos, y los segundos, recordándoles su actuación de oposición frontal durante los años de Obama. Y en efecto, el pasado año, los conservadores se negaron durante meses a someter a votación al juez Merrick Garland, propuesto por el expresidente tras la muerte en febrero de 2016 del magistrado conservador Antonin Scalia.

El debate que se planteaba en la opinión pública estadounidense es si los demócratas debían hacer uso de esta herramienta en esta ocasión y perderla para el futuro o dejar a los republicanos ganar esta batalla pero mantener en la manga la carta del bloqueo de futuros candidatos.

Esta ‘opción nuclear’ ha estado sobre la mesa en muchas ocasiones durante décadas cada vez que los dos partidos han sido incapaces de consensuar sus nombramientos. Antes, de hecho, el filibusterismo no sólo se aplicaba para el Supremo, sino también para el poder ejecutivo y el resto del judicial.

Sin embargo, en 2013, cuando la mayoría del Senado era demócrata y la minoría que obstruía era republicana, los primeros impusieron que los nombramientos para el Gobierno y los jueces federales de las cortes de apelaciones no necesitarían de 60 votos, sino de 51. Se dejó fuera de aquella reforma al alto tribunal, por su importancia como árbitro del sistema estadounidense.

Ahora, sin embargo, no será necesario el consenso para aprobar nombramientos al gobierno al Tribunal Supremo y cortes federales, aunque sí se podrá seguir recurriendo al filibusterismo para bloquear legislación.

Incluso los republicanos son conscientes de la gravedad de ese recurso. El senador Lindsey Graham ha tratado de convencer a los demócratas para que reconsideren su postura, advirtiéndole de que tendrá efectos que durarán décadas. "A mis colegas demócratas les digo que esto esto va a ser muy malo; los jueces van a estar ideologizados porque no van a necesitar un voto de más”, dijo a la CNN.

HABLAR DURANTE 24 HORAS

Esta técnica denominada filibuster nació como táctica para retrasar las votaciones e incluso impedir que salieran adelante las resoluciones por agotamiento. Es posible gracias a que en el Senado sus miembros tienen el derecho de hablar tanto tiempo como quieran. De hecho, está considerada por muchos una reliquia legislativa histórica para proteger a la minoría.

Esta tradición de permanecer hablando indefinidamente se actualizó en 1917, para agilizar las discusiones sobre la entrada en la Primera Guerra Mundial. Entonces el Senado decidió que los debates se podrían cortar para proceder a la votación cuando hubiera una mayoría de 67 senadores. En 1975, ese requisito se bajó hasta los 60, cifra que perdura hasta la actualidad, según recoge The New York Times.

Por ello, ya no es necesario permanecer hablando sobre el estrado para retrasar una votación, ya que sólo hace falta construir un grupo de oposición de 41 senadores. No obstante, ocasionalmente se han seguido produciendo ejemplos de largas intervenciones para retrasar debates en la cámara, como esta misma semana.

Desde la noche del martes hasta media mañana del miércoles, el senador demócrata por Oregón Jeff Merkley intentó impedir la confirmación de Gorsuch con un discurso de 15 horas y 28 minutos contra el juez conservador y en defensa del filibusterismo. “Llamo a mis compañeros”, afirmó durante su intervención, “a revertir este acto oscuro antes de que se complete”.

LOS CINCO DISCURSOS MÁS LARGOS

Los episodios de filibusterismo más memorables de la historia norteamericana superan en algunos casos las 24 horas, aunque ninguno de ellos fue para frenar candidatos, sino leyes. Todo está permitido. Un congresista puede recurrir a la lectura de un documento histórico como la Constitución, a la lista de la compra o a las páginas amarillas.

Los registros del Senado estadounidense recogen que el ejercicio de filibusterismo más largo se produjo en 1957, según indica la publicación ThoughtCo. El senador Strom Thurmond de Carolina del Sur estuvo hablando 24 horas y 18 minutos contra la Ley de Derechos Civiles de 1957, que buscaba asegurar que la población negra pudiera ejercer su derecho al voto en las elecciones federales.

Thurmond empezó su discurso a las 20.54 el 28 de agosto y continuó hasta las 21.12 de la noche siguiente, recitando la Declaración de Independencia, la Carta de Derechos, el discurso de despedida del presidente George Washington y otros documentos históricos.

Desde luego no fue el único legislador en emplear esta herramienta, ya que en aquel debate los senadores consumieron 57 días entre el 26 de marzo y el 19 de junio, cuando finalmente se promulgó la Ley de Derechos Civiles.

El segundo caso más prolongado lo protagonizó el senador por Nueva York Alfonse D'Amato, quien habló durante 23 horas y 30 minutos para detener el debate sobre un proyecto de ley de 1986 que establecía recortes en el gasto militar y que paralizaba la construcción de un avión de reacción que se estaba realizando en su estado.

Seis años después, en 1992, D'Amato volvió a hacer gala de una interminable oratoria durante 15 horas y 14 minutos para retrasar la aprobación de una ley sobre impuestos.

El tercer senador de esta clasificación es Wayne Morse, de Oregon, apodado como "el tigre del Senado" por su tendencia a meterse en polémicas. Tomó la palabra durante 22 horas y 26 minutos para detener el debate de una ley sobre petróleo en 1953.

El cuarto caso fue conducido por el senador por Wisconsin Robert La Follette Sr., que habló durante 18 horas y 23 minutos para retrasar un debate parlamentario sobre el proyecto de ley Aldrich-Vreeland de 1908 que permitió al Tesoro de Estados Unidos prestar dinero a los bancos durante una crisis fiscal.

Finalmente, William Proxmire, también por Wisconsin, habló durante 16 horas y 12 minutos para detener un debate sobre un aumento del techo de la deuda pública en 1981, ya que estaba preocupado por el nivel de endeudamiento del país. Su intervención obligó a mantener la sesión durante la noche, lo que le valió críticas por el coste público por dejar abierta la cámara.