Marruecos se ha jactado este sábado de la "caída" de la ministra de Asuntos Exteriores, Arancha González Laya, después de la remodelación del Gobierno por parte del presidente Pedro Sánchez. El diario L'opinion de Rabat, explica que la destitución "se puede ver como una señal de apaciguamiento hacia Marruecos", tras la cuestionada gestión de la crisis diplomática abierta entre los países.

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El diario señala que "la partida de Laya se esperaba desde hacía varias semanas" después de que "provocara la peor crisis entre Rabat y Madrid de los últimos dieciséis años, en particular por su papel central en el intento de acoger en secreto a Brahim Ghali, líder de los separatistas del Polisario en España".

Y considera que la destitución de González Laya puede verse "como una señal de apaciguamiento hacia Marruecos".

La acogida de líder del Frente Polisario, Ibrahim Ghali, para ser tratado de Covid, detonó una grave crisis con Marruecos que respondió lanzando a miles de inmigrantes contra Ceuta y Melilla, retirando a su embajadora y cancelando la operación Paso del Estrecho. Finalmente, la cuestión ha acabado en los tribunales, dado que se ha conocido que fue Exteriores quien dio la orden en la base de Zaragoza de no revisar el pasaporte de Ghali.

Una vez más, la ministra apeló a la "diplomacia discreta" como forma de resolver el conflicto, una estrategia que aún no ha dado frutos aparentes y que, al final, se ha llevado por delante a la ministra.

El diario marroquí analiza la decisión de Sánchez como "una maniobra política dirigida al escenario interno".

"El gobierno de Sánchez está efectivamente abrumado por el tándem PP y Vox que aprovecharon la disputa con Rabat para fortalecer y hacer olvidar a la gente sus múltiples casos de corrupción. La vuelta a la normalidad con Marruecos permitiría a los socialistas españoles reenfocar el debate en cuestiones internas y evitar la formación de un frente duro de derecha capaz de ganar la mayoría absoluta en las próximas elecciones", añaden. 

Expectativas

La ya exministra de Asuntos Exteriores llegó al ministerio con fuerza y optimismo, con ganas de impulsar el multilateralismo y la diplomacia económica, pero en su camino se cruzaron el coronavirus y Marruecos, dos temas que le han obligado a cambiar su agenda y puesto en más de un brete.

“Spain is back” proclamó aquel 13 de enero de 2020 cuando tomó posesión de su cargo, convencida de que su papel era impulsar la presencia de España en la escena internacional y potenciar la diplomacia económica y comercial. Y, de paso, trabajar por dos de las causas más queridas para ella, el feminismo y la promoción de las mujeres y la transformación ecológica y el desarrollo sostenible.

Pero su agenda se torció de inmediato con la llegada de la pandemia y los cientos de miles de españoles que quedaron atrapados por los cierres de fronteras y cancelaciones de vuelos en todos los rincones del mundo.

Así, más de un tercio de su mandato al frente de Exteriores se vio absorbido por la organización de una inmensa operación de repatriación; lo que inicialmente iba a ser un “esfuerzo sin precedentes” por facilitar el regreso de más de 2.200 viajeros desde 134 países del mundo, acabó convirtiéndose en una operación que implicó a todo el Ministerio y ayudó a regresar a más de 20.000 españoles desde todos los puntos del planeta.

Durante esos meses, en infinidad de llamadas por videoconferencia con sus homólogos de todo el mundo, González Laya apostó por el multilateralismo y la acción concertada como única fórmula para resolver los problemas sanitarios y sociales causados por la pandemia de la Covid.19.

Una y otra vez, para desespero de los medios de comunicación, la ministra y su departamento fiaban la respuesta y reacción ante cualquier evento o situación a lo que decidieran la Unión Europea, la ONU y otros organismos internacionales.

Las negociaciones comerciales con Estados Unidos, la creciente crisis en Venezuela, Nicaragua o Perú; la inmigración y sus consecuencias, las complejas relaciones con China o Rusia… todo estaba a expensas de lo que se decidiera en Europa y a su postura se sumaba España.