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Italia se queda sin niños. La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, declaró que la natalidad era una “prioridad de Estado absoluta” nada más llegar al gobierno, pero ha sido incapaz de doblar la curva.

Según los últimos datos oficiales, en el año 2025 nacieron sólo 355.770 bebés, un 3,8% menos que el año anterior. Es la cifra más baja desde la unificación italiana en 1861. Y entre enero y julio de este año, los nacimientos han seguido disminuyendo, más incluso que en España.

Meloni ha intentado dar la vuelta a la situación a través de ayudas y bonificaciones: por ejemplo, ha favorecido la contratación indefinida de mujeres con hijos y ha aprobado un cheque universal por hijo con independencia de la renta (a diferencia de España, que va en progresión a ella).

Pero los incentivos chocan contra la inercia: la precariedad laboral obliga a los jóvenes a emanciparse más tarde y la dificultad de acceder a la vivienda provoca que las parejas vayan retrasando la maternidad. La edad media del primer hijo ya alcanza los 32 años.

La física y escritora italiana Gabriella Greison hace alusión al concepto de la histéresis: se refiere a que, por mucho que se cambien las normas, las sociedades tienen hábitos, memoria y expectativas, por lo que es difícil cambiar la inercia con medidas puntuales.

Italia trata la falta de nacimientos como una “emergencia nacional y económica” porque la curva afecta a la despoblación de los municipios del sur y de interior, a la falta de mano de obra y, por supuesto, a las pensiones futuras.

España avanza por la misma pendiente: en los últimos 8 años, la tasa de natalidad ha caído un 14,7% y ha tomado medidas, aunque más ligadas a la renta y a los permisos.

El problema desborda a las principales potencias europeas, que se plantean no sólo cómo incentivar esos nacimientos, sino cuánto costará dentro de 20 años que esos bebés no hayan venido al mundo en el plano económico, político y emocional.