Marruecos ha hablado por primera vez tras la crisis de Ceuta.
Rabat y Sánchez alinean discursos en la crisis de Ceuta.
Y su mensaje revela un fuerte malestar hacia la oposición, hacia el Partido Popular, al que acusa de haber caído en un “lodazal irracional y populista”.
Rabat se presenta como víctima, y advierte de que no aceptará convertirse en el chivo expiatorio de ningún partido. El discurso marroquí se alinea con la tesis de Sánchez, que ha evitado responsabilizar a Rabat de la llegada masiva, pese a los informes de inteligencia y policiales que apuntan a lo contrario.
Pero este respaldo viene acompañado de una amenaza: se pueden producir “tensiones recurrentes” si continúa lo que Marruecos denomina una “ceguera estratégica”.
Este lenguaje no es nuevo. Rabat ya lanzó advertencias similares durante la crisis diplomática de 2021 tras la acogida en España del líder del Frente Polisario, que terminó con la entrada de unas 8.000 personas en Ceuta.
La diferencia es que ahora Marruecos apunta en otra dirección y se siente más envalentonado, mejor rodeado por el apoyo internacional de actores como Donald Trump o Benjamin Netanyahu y con el arrojo que da la cercanía de unas elecciones legislativas.
Rabat elude mencionar la ley que da la nacionalidad española a los saharauis, recién aprobada en el Congreso, pese a tratarse de una cuestión especialmente sensible para Marruecos.
Ese silencio puede ayudar a comprender que ni a Rabat ni al Gobierno les interesa prolongar esta crisis que vuelve a destapar la enorme fragilidad entre vecinos.
