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Las claves

La crisis en Ceuta es un termómetro para diversos fenómenos geopolíticos. Pero, sobre todo, permite medir cuánto ha cambiado la posición de España en Europa y en el mundo en apenas cinco años.

Aunque el Gobierno ha descartado la implicación directa de Marruecos en la entrada masiva de inmigrantes, ha señalado a redes vinculadas a Rusia e Israel por propagar y amplificar los bulos que, aseguran, contribuyeron a alimentar la crisis.

Esta acusación ha tenido consecuencias diplomáticas inmediatas.

No sólo la UE ha rechazado estas afirmaciones, sino que Israel ha acusado al presidente Pedro Sánchez de mentir, mientras que el Ministerio de Exteriores ruso ha exigido a España pruebas de esa supuesta implicación en la campaña de desinformación.

Este es sólo el último episodio de una política exterior caracterizada por la acumulación de choques diplomáticos con Estados Unidos, Israel, Rusia, Argentina, Italia e, incluso, con Dinamarca, uno de los pocos gobiernos socialdemócratas que quedan en pie en Europa.

Sánchez ha ido ampliando el perímetro de sus adversarios hasta convertir la confrontación en uno de los rasgos más reconocibles de su política exterior.

De la solidaridad de 2021 al contraste de 2026

Los conflictos tienen distinto origen, pero su acumulación comienza a tener un coste que ha estallado en la respuesta internacional a la crisis en Ceuta.

Una crisis que tuvo un preámbulo en el año 2021 a raíz de la llegada de aproximadamente 8.000 inmigrantes como consecuencia del deterioro de las relaciones entre Marruecos y España por la acogida del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali.

En aquel momento, la respuesta europea fue unánime e inmediata. Tanto las instituciones como los gobiernos europeos cerraron filas en torno a la integridad territorial de España. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, lanzó un rápido comunicado expresando su solidaridad con Ceuta y España y reclamó soluciones comunes para gestionar la crisis.

La presidenta de la Comisión Europea junto con el presidente estadounidense, en 2025. Reuters

Un respaldo al que se sumaron el vicepresidente Margaritis Schinas; la comisaria de Interior, Ylva Johansson; el presidente del Europarlamento, David Sassoli; o el jefe del Consejo Europeo, Charles Michel.

Cinco años después, Ceuta ha sufrido una crisis de proporciones históricas, con más de 70.000 personas cruzando irregularmente la frontera desde Marruecos, y la reacción de Europa ha sido muy distinta.

Italia, bajo el mandato de Giorgia Meloni, estableció controles fronterizos para las llegadas desde España. Paralelamente, un bloque de 22 países reclamó un endurecimiento de las fronteras europeas y la política migratoria española recibió reproches directos de diferentes ejecutivos, incluyendo el del gobierno socialista danés de Mette Frederiksen.

La Comisión Europea ya trabaja en la petición que formuló el ministerio de Interior para recibir el apoyo de la Agencia Europea de Fronteras y Costas (Frontex) y de Europol para el triaje de los llegados a Ceuta. Pero el contraste respecto a 2021 es difícil de ignorar.

Como apunta Pablo García-Berdoy, exembajador representante permanente ante la Unión Europea, la solidaridad europea fue absoluta en aquel momento, pero hoy España no ha encontrado el apoyo incondicional de los Estados miembros ni de las instituciones. Para el diplomático, hoy en Asuntos Públicos de LLYC, “no podemos quedar aislados en una cuestión indiscutible como la integridad territorial”.

España se aísla en Europa

El continente se ha desplazado hacia otro signo político. En Italia cayó el gobierno tecnócrata de Mario Draghi para dar paso a la victoria de Giorgia Meloni; en Suecia o Finlandia cayeron los socialdemócratas a favor de los conservadores en 2022 y 2023 respectivamente; en los Países Bajos el ultranacionalista Geert Wilders conformó un gobierno de coalición; y Portugal giró también a la derecha.

Sin embargo, las prioridades europeas han ido desplazándose progresivamente hacia posiciones más restrictivas en materia migratoria desde mucho antes de que estos gobiernos entraran en acción.

Por eso, la explicación del discurso de la derecha que esgrime el actual Gobierno para defender su aislamiento se queda corta.

En este tiempo Europa ha cambiado pero, quizás, más ha cambiado España.

La discrepancia de Pedro Sánchez con los socios europeos no se limita a Giorgia Meloni o a los gobiernos conservadores y a las fuerzas "ultras", sino que ha llegado a su propia familia de la socialdemocracia.

Dinamarca, que continúa gobernada por la Primera Ministra Mette Frederiksen, se ha situado entre los países que defienden una línea dura y contra ella cargaba el ministro José Manuel Albares durante su comparecencia por la crisis de Ceuta.

Cabe mirar en esa dirección para recordar que el fenómeno migratorio ha cambiado. El exministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, lo definió ya en 2015 como un rendez-vous con la globalización; es decir, una advertencia de que Occidente recibía las consecuencias de los problemas del resto del mundo.

Mientras los gobiernos europeos han caminado en la misma dirección para reforzar el control fronterizo, el español ha avanzado en sentido contrario, oponiéndose a los centros de retención en países terceros o aprobando una regularización extraordinaria que ha levantado las alarmas en Europa, llevando a esos 22 países europeos a firmar la carta de reproche.

El Presidente acusó a estos gobiernos de actuar movidos por el prejuicio, las noticias falsas, la ignorancia o el interés político y tachó esta actitud de egoísta, polarizadora e ilegal, y ha aportado datos.

Las cifras revelan que la llegada de inmigrantes a Europa se ha contenido. Según Frontex, los cruces irregulares a la UE cayeron un 37% en los primeros siete meses de este año comparado con el mismo periodo del año anterior, sin tener en cuenta la entrada excepcional de Ceuta y siendo el Mediterráneo Central (Italia) la ruta que más llegadas concentra.

No obstante, este fenómeno no se puede medir como un hecho aislado, sino más bien acumulativo, lo que provoca que muchos países consideren que su nivel de tolerancia ha llegado al límite, tal y como explican fuentes off the record.

Choque internacional

El enfrentamiento del Gobierno con Italia o Dinamarca no son hechos aislados, sino que se suman a una política exterior basada en el enfrentamiento directo que ha deteriorado la red de apoyo internacional.

España mantiene una posición frontal con Israel a raíz del reconocimiento explícito de Palestina y la reciente acusación (desmentida por la UE) de su implicación en la crisis en Ceuta.

Pero también mantiene abierta otra grave crisis diplomática con el gobierno de Javier Milei en Argentina tras las incriminaciones del dirigente contra la esposa del presidente, Begoña Gómez.

A ello se suma el choque directo con otra gran potencia como Estados Unidos. Tras resistirse de palabra a cumplir el objetivo del 5% de gasto en Defensa para 2030 o negar la cesión de las bases de Morón y Rota para la guerra en Irán, el presidente ha tomado una deriva personal contra el estadounidense Donald Trump que le ha desmarcado del respaldo europeo.

En este caso, el deterioro de la relación transatlántica no es Madrid, sino Washington. Pero el Gobierno ha adquirido un nivel mayor de exposición a ese deterioro del que le correspondería a un país de su dimensión, geografía y capacidades por decisiones políticas que son legítimas pero que, como apunta García-Berdoy, tienen consecuencias.

España no ha renunciado a defender posiciones propias para agradar a sus aliados. La política exterior no consiste en eso, pero sí en ponderar qué obtiene España a cambio de cada conflicto y qué coste acumula cuando se abren muchos de manera simultánea.

Sánchez ha hecho de la confrontación un particular arte para hacerse enemigos: las discrepancias internacionales se han convertido en una forma de afirmación política propia, hasta el punto de marcar distancias incluso con quienes deberían ser sus aliados naturales.

Frédéric Mertens, profesor de la Universidad Europea, interpreta esta estrategia en términos personalistas: “El Presidente pretende ser el caballo solitario, un outsider incluso dentro de la socialdemocracia internacional”.

Además, subraya que la teoría de la influencia de la extrema derecha ha perdido fuerza, recordando que no es esta la que ha empujado a cerca 80.000 inmigrantes a cruzar la frontera ceutí. Una reflexión que vuelve a poner el foco en la exculpación pública de Marruecos a la que han aludido todos los ministros.

Para el analista, las últimas grandes crisis de España “han estado más vinculadas al exterior que a nivel doméstico” y lamenta que a nivel europeo, “ya no quede casi nadie de peso como aliado”.

Mertens interpreta esta estrategia en clave personal y considera que Sánchez busca reforzar su perfil internacional para garantizar “su supervivencia” política más allá de las próximas elecciones.

En todo ello puede haber una tentación política muy antigua.

En la segunda parte de Enrique IV, Shakespeare pone en boca del rey moribundo un consejo que dirige a su hijo, el futuro Enrique V. Tras vivir conspiraciones y rebeliones internas, el monarca recomienda a su hijo "mantener ocupadas las mentes inquietas con disputas exteriores": “Busy giddy minds with foreign quarrels”.

Enrique V termina llevando la política inglesa al otro lado del canal de la Mancha y consigue en 1415 la victoria de Azincourt.

Cuanto más difícil se vuelve el terreno doméstico, más rentable puede resultar políticamente dibujar adversarios exteriores frente a los que presentar resistencia.

Trump, Meloni, Milei, Netanyahu, Rusia o la “internacional reaccionaria” ofrecen un relato que agita en el corto plazo. Pero, como apunta el ex jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell, la política exterior de España “tiene un coste”, que en este caso es el riesgo de una marginalización dentro de la Unión.

Y Ceuta es el reflejo de este debate.

Fuentes diplomáticas plantean la reflexión sobre si la posición en materia de relaciones internacionales sirve para mejorar la vida de los ciudadanos o el propósito de las empresas en un mundo globalizado donde las dependencias se multiplican.

Una política exterior de confrontación puede otorgar visibilidad en el corto plazo, pero cabe preguntarse si esta visión se traduce después en influencia cuando llega el momento en el que más se necesita.