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Las claves

Estados Unidos e Irán han alcanzado un acuerdo para reabrir el Estrecho de Ormuz. Pero esto no significa una victoria para nadie. Y menos para Donald Trump.

Primero, porque el acuerdo prevé reabrir la principal arteria energética del mundo, es decir, regresar al punto de partida. El Estrecho estaba despejado antes de que Washington y Tel Aviv lanzaran sus respectivas ofensivas.

Segundo, Trump prometió que sólo se cerraría un acuerdo si Teherán se rendía "incondicionalmente". Y ha ocurrido todo lo contrario: el régimen iraní sigue en pie, sus capacidades se han visto dañadas pero no incapacitadas a medio plazo y la crisis le ha permitido exhibir apoyos internacionales que refuerzan su posición.

En tercer lugar, queda en el aire el futuro del programa nuclear iraní. La negociación se ha aplazado a las próximas semanas y nada apunta a que el presidente estadounidense vaya a conseguir un mejor acuerdo que el que firmaron las potencias en 2015.

Cuarto: la guerra ha destapado las diferencias entre Donald Trump y Benjamín Netanyahu, quedando su relación más erosionada que fortalecida.

Y, por último, estamos ante una tregua entre dos líderes que se han vuelto rehenes el uno del otro. Estados Unidos puede seguir presionando con ataques o sanciones, pero Irán puede pulsar en cualquier momento el botón para bloquear el Estrecho.

¿El resultado? Una filosofía 'gatopardesca' donde todo se ha sacudido para que nada haya cambiado.