La activista iraní Narges Mohammadi ha sido trasladada a un hospital de Teherán en estado crítico y hace tiempo que su caso dejó de ser una cuestión de salud.
La Premio Nobel de la Paz llevaba más de diez días ingresada en un pequeño centro hospitalario al noroeste de Irán en condiciones extremas: tenía la presión arterial muy baja, dificultades para hablar y fuertes dolores en el pecho que los médicos no conseguían aliviar.
La comunidad internacional había pedido una solución: desde Estados Unidos hasta Bruselas o el propio Ministerio de Exteriores español (este último autoerigido como interlocutor oficial de Irán tras su ‘no a la guerra’), solicitaron a las autoridades su traslado a un hospital en condiciones.
Arrestada en 14 ocasiones por su actividad en favor de los derechos sociales, y en particular de las mujeres, su caso es el símbolo de la lucha de un pueblo sometido.
Y aquí aparece una de las grandes contradicciones de esta guerra: Donald Trump pidió a los iraníes que se levantaran contra el régimen: “El poder de vuestra libertad está en vuestras manos”, llegó a decir el subsecretario de Derechos Humanos.
Con esta apelación llamaba a la resistencia nacional de un pueblo que él mismo está ignorando: en las conversaciones para la paz no aparecen menciones para poner fin a las persecuciones y asesinatos de manifestantes. Fueron estos los primeros en ser interpelados… y los grandes olvidados.
Y nada apunta a que su destino, tras esta guerra, vaya a ser más optimista: con una cúpula militar iraní fortalecida ante los ataques externos, y sin una presión internacional real para frenar esta represión, casos como el de Mohammadi amenazan con convertirse en la norma.