Trípoli

La aventura no ha sido banal.

Vas por una carretera desastrosa por el oeste de Libia, entre Misrata y Trípoli, donde hace unas semanas se producían cruentos combates por la ofensiva que había lanzado el general Haftar desde el este.

Acabas de descubrir, en Tarhuna, un inmenso campo sembrado de muerte donde el 10 de junio se exhumó la fosa común de 47 hombres, mujeres y niños, algunos con las manos atadas a la espalda, cuyo asesinato se atribuye a grupos milicianos que tienen el apoyo de las fuerzas del este.

Pasas por una encrucijada que, hace una hora, en nada se distinguía de las de todas las ciudades libias, con su plaza desnuda, sus palmeras despojadas y farolas desvencijadas alrededor de las que se congregan los jóvenes ociosos del barrio para fumar; coches convertidos en chatarra abandonados en la carretera y papeleras desbordantes.

Y entonces te encuentras frente a un grupo de hombres armados y con un uniforme color arena, rodeados de civiles también provistos de kaláshnikov que vociferan insultos y abren fuego gritando "cerdo judío" mientras una camioneta, equipada con uno de esos cañones antiaéreos de 14,5 x 114 milímetros que pueden partir un blindado en dos, se pone en posición en cuanto pasa tu convoy.

Y la cosa no acaba ahí.

BHL habla con ciudadanos locales. Marc Roussel & Gilles Hertzog

Apenas has tenido tiempo de preocuparte de si le han dado a tu vehículo, de si tus fotógrafos, en el coche que va detrás, han salido indemnes y de si los dos conductores han tenido los reflejos de no detenerse, pasara lo que pasara y, si hubiera sido necesario, de romper el cordón, mientras otra furgoneta, más ligera, os persigue, consigue adelantaros y se detiene, envuelta en una nube de polvo, a 300 metros, al final del margen derecho, y entonces ves a su ocupante abrir las dos puertas del vehículo y saltar, kaláshnikov en mano, para apuntarte de frente.

A toda velocidad, mientras el agente de seguridad que está junto al conductor grita "¡No stop! ¡No stop!" y coge su AK-47, te agachas entre los dos asientos, rozando el suelo y rezando para que el majara que va armado, ya de pie sobre el macadán, no abra fuego mientras que el segundo vehículo, el de tus fotógrafos, acelera y opta por enfilar por la izquierda arrancándole la puerta a la furgoneta hostil.

Para bloquear a los perseguidores hace falta que un tercer furgón, el de vigilancia, puesto a disposición a tu llegada por la policía de Misrata, haga un trompo como si estuviera en una pista de carreras; así, te permite huir en medio de un estruendo de frenazos y órdenes contradictorias por los walkies-talkies y que, a su vez, se cruza en mitad de la carretera para bloquear el paso de los atacantes.

Tu matrícula empieza a circular por redes sociales, tu conductor recibe la orden de reagruparse a unos kilómetros, en una comisaría de policía camuflada, al abrigo de un muro alto de chapa metálica que parece fundirse por la ola de calor; está previsto que, sin más demora, cambies ahí de vehículo.

La matrícula del nuevo vehículo, un furgón más discreto que el anterior, tampoco tarda en aparecer en Facebook y Twitter. En ese momento comprendes que, a través de los walkies-talkies, quienes gritan te están espiando; que les das igual; que los "traidores" no te van a soltar; que un "terrorista", un "traidor" le ha dado a la jauría que te perseguía los medios para localizarte y detenerte; y que, para seguir con tu camino, te dice que hay que tomar otra ruta.

Así, unas horas más tarde, a los pies de la pista del aeropuerto de Misrata, te espera el mismo avión con el que habías llegado, con los motores encendidos y listo para el despegue.

Ciudades mártires

¿Qué ha pasado? La magia de Tarhuna.

La ciudad y sus barriadas, olvidadas por el mundo, ignoradas por la mayor parte de los reportajes sobre la Tripolitania en guerra, pero que tienen el triste privilegio de vivir, desde hace décadas, bajo el poder de un clan, el de los Al Khani, cuya arma preferida y técnica predilecta de gobierno parecen ser los cambios radicales en términos políticos.

Es todo lo que vi en la época de la guerra de liberación en la que tantas esperanzas deposité y en la que, cada día, o casi, acababa con el descubrimiento de una fosa común

"Sólo hay una fosa común", me dice, una vez coge confianza, el joven combatiente con uniforme de patrullero del desierto que, con su sombrero de camuflaje, su arma automática y dos cartucheras en la bandolera, me ha hecho de guía por ese paisaje de arena y de muerte. "En este primer perímetro tiene a los ejecutados de este año, los de la guerra de Haftar, con un banderín para diferenciarlos, también está indicado el lugar donde fue exhumado el cuerpo desmembrado de una joven".

"Más allá", sigue contándome mientras me enseña el interminable mar de arena sembrado de montículos de escombros y de fosas rectangulares delimitadas con cal viva, "están los muertos de hace dos años", de cuando las milicias se mataban entre ellas y de cuando "Fathi, nuestro ministro de Interior actual", todavía no había "puesto orden en todo este asunto".

Todavía más lejos (pasamos por encima de una cintita roja que, como en la escena de un crimen, delimita un perímetro de seguridad y prohíbe, en principio, el acceso, llegamos a la tercera zona, la que está más en lo alto), el lugar donde han exhumado a las víctimas de 2010, cuando los Al Khani y su milicia estaban al servicio de Gadafi y cumplían sus viles deseos.

No le veo el rostro al joven que me acompaña. Se cubre la cara con un pañuelo que le llega hasta los ojos y que recuerda a los vendajes del hombre invisible. Pero en la educación manifiesta de su voz me parece reconocer a un estudiante o a un joven voluntario, abrumado por su propio relato, que tampoco comprende, por mucho que conoce las fechas y los lugares exactos, la razón que explique esta letanía de asesinatos.

En Libia he visto ciudades mártires.

Es todo lo que vi en la época de la guerra de liberación en la que tantas esperanzas deposité y en la que, cada día, o casi, acababa con el descubrimiento de una fosa común cuya existencia se desconocía hasta el momento.

Los repetidos crímenes, cometidos con complicidad, ¿acaso son el secreto inconfesable de una ciudad que nunca ha sabido liberarse de sus verdugos ni, con más razón todavía, ya que siguen siendo los mismos, castigarlos?

Pero las ciudades que han sido tantas veces mártires, las ciudades cuyos desaparecidos se apilan como capas geológicas que son testimonio de la sucesión de crímenes que parecen, cada vez, vengar la fechoría anterior, las necrópolis con superpoblación de muertos cuyos cadáveres se han llevado, para identificarlos por el ADN, a un laboratorio de Trípoli y que permanecerán, en su mayoría, incluso aunque el examen permita ponerles nombre, sin sepultura, nada tienen de banal.

¿Haber visto y escuchado todas esas cosas es lo que, de repente, me ha convertido para algunos en un indeseable? Los repetidos crímenes, cometidos con complicidad, ¿acaso son el secreto inconfesable de una ciudad que nunca ha sabido liberarse de sus verdugos ni, con más razón todavía, ya que siguen siendo los mismos, castigarlos?

¿Es Tarhuna una Tebas en territorio libio cuyas almas muertas perseguirán no sólo a los vivos, sino a los testimonios que, como Hertzog, Roussell y yo mismo, intentan acabar con la ley del silencio? ¿Tendría que haber interpretado así el nerviosismo de mi contacto en la zona cuando la visita se prolongaba y se acercó para susurrarme al oído que había que dejar a los muertos enterrar a los muertos e irnos de allí a toda prisa? Puede ser.

Llamamiento a los libios

Antes de todo esto, a 100 kilómetros más al oeste, fui a Al Khoms, nombre árabe de Leptis Magna, la ciudad antigua más grande de la orilla sur del Mediterráneo; la prueba, si es que alguien la necesita, de que Libia también fue, antes de ser bereber, árabe y musulmana, una tierra romana.

Y ahí, en ese magnífico lugar repleto de inspiración donde se cruzan, lo queramos o no, Occidente y Oriente; en esa encrucijada milenaria donde las civilizaciones se han sucedido sin llegar a borrarse nunca del todo ni dejar de lado, en secreto, su pétreo diálogo, ¿acaso hice algo que pudo perturbar a los espíritus malignos a los que contraria mi llegada a Libia, islamistas radicales, nostálgicos de Gadafi y de su hijo Saif al Islam (que me aseguran que sigue en el país y que se ha vuelto un poco loco y pasa las noches en una residencia vigilada de Zintán cantando el 'Bella Ciao', pero que los rusos y turcos podrían llegar a entenderse para que volviera a la acción)? Qué más da...

Deambulo bajo los pórticos, que todavía no están en ruinas. Franqueo los arcos que fueron testigos de tantos triunfos sobre las irreductibles tribus púnicas que encandilaron a Flaubert en Salambó. Me pierdo por calles interminables, de pavimento perfecto y pulido por la brisa del mar, que parecen las de una ciudad resucitada.

Subo al proscenio del teatro vacío en compañía de un puñado de shababs que me cuentan que tanto ellos como sus padres y los padres de sus padres defendieron este lugar ante las heridas del tiempo, los terremotos, los saqueadores, los gadafistas, los golpes del Dáesh, que quería destruirla como hizo con Palmira.

A los libios y a las libias es a quien corresponde liberar a su país de las fuerzas de ocupación que han invadido este territorio

Intimidado por el silencio, absorto en su emoción y la mía, leo, con ayuda de mi teléfono, el "Llamamiento a las mujeres y a los hombres de buena voluntad", un texto cuya primera versión había elaborado en París con un grupo de compañeros de la revolución Libia, ya en el exilio y huérfanos de su sueño; un texto que ahora he corregido y he reescrito con la juventud.

"Libios y libias, sabemos que estáis al borde del abismo, desesperados. Los años de violencia y de guerra os han arrebatado a vuestros hermanos, a vuestros hijos, a vuestros padres. Aquél hermoso proyecto que alimentamos, desde Libia y Europa, codo con codo, para crear una Libia fraternal, democrática y libre de la dictadura parece haber desaparecido en la arena.

Hoy sois un país dividido en dos que prácticamente ya ni existe como pueblo. Por eso, aquí, desde Leptis Magna, lanzo con vosotros este modesto llamamiento a quienes no se resignan ante el eterno retorno de la tragedia. La paz, la concordia y la libertad no vendrán del exterior: solamente os corresponde a vosotros y a vosotras conseguirlas.

A los libios y a las libias es a quien corresponde liberar a su país de las fuerzas de ocupación que han invadido este territorio con el único fin de volver a colocar en el poder a un tirano y saquear sus recursos.

BHL en su regreso s Libia, nueve años después de la muerte de Gadafi. Marc Roussel & Gilles Hertzog

Corresponde a los libios y a las libias de todos los rincones del país reconciliar Trípoli, Misrata, Zintán, Bengasi, Derna o Tobruk. Ciudades hermanas que, si queréis, solamente si de verdad lo queréis, pueden volver a encontrar un destino en común.

Los pueblos amigos vinieron a socorreros hace nueve años, cuando os sublevasteis; fue un momento de grandeza compartida.Más tarde, después de vuestra liberación, vinieron otras gentes a sembrar discordia; tanto al este como al oeste, ese es el veneno que está acabando con vosotros.

Ahora os corresponde a vosotros y a vosotras tomar las riendas. Os corresponde crear esa tercera fuerza, la de la ciudadanía libre, la única que podría perdonar las ofensas y curar las heridas de la Historia.

Ojalá este llamamiento no se quede en estas jornadas, vuele de ruina en ruina y atraviese la frontera que hoy os separa de vuestros hermanos y hermanas de Cirenaica.

Demasiada sangre se ha derramado ya. Demasiadas madres lloran a sus criaturas. Demasiadas viudas jóvenes saben que les faltará vida para llorar a un marido asesinado en un combate fratricida.

Libia es tan vasta y tan rica que tiene espacio para todos sus hijos e hijas.

En el resto del mundo y, en particular, en Francia tenéis amigos que os invitan a despertar".

Sin duda, este extraño llamamiento, que incluso a mí mismo se me antoja casi surrealista al pronunciarlo, a la postre, no ha caído por completo en saco roto.

Hoy me imagino que fue inaudible más allá del círculo de personas que estuvieron presentes y que el canal local que había organizado la ceremonia dudará antes de hacer difusión del evento. Sin embargo, parece que mis palabras sí que han llegado a oídos enemigos.

Tras la emboscada de Tarhuna, por desgracia, mi llamamiento es, ahora mismo, papel mojado.

Volver a Misrata

Antes de que sucediera todo eso, tuve ocasión de regresar a Misrata. ¡Qué ganas tenía después de nueve años!

Fue allí donde me personé, también como enviado de París-Match, al día siguiente de la muerte de Chris Hondros y Tim Hetherington, herederos de Robert Capa, asesinados por una bala de mortero.

Comprendí que, si recibían las armas adecuadas, las suyas eran las únicas brigadas que podían liberar Trípoli y ponerle fin a una guerra que amenazaba con eternizarse

Fue allí donde llegue por mar, desde Malta, en una embarcación precaria, el único medio que podía sortear el bloqueo; y allí descubrí el espíritu de la resistencia de una ciudad asediada como fue en su día Sarajevo.

Fue allí donde, pasmado ante tanta valentía, comprendí que, si recibían las armas adecuadas, las suyas eran las únicas brigadas que podían liberar Trípoli y ponerle fin a una guerra que amenazaba con eternizarse en las orillas de Sirte y de Ras Lanuf.

En mi hotel, recibo la visita de un diputado del Parlamento de Trípoli que me manifiesta su nostalgia por la época en que Francia apoyaba a todos los representantes de la Libia libre, sin excluir a nadie.

Conozco a Mohamed Raied, una especie de Riboud libio, industrial de productos lácteos y la encarnación del espíritu del comercio amable que es el alma de Misrata; nunca ha interrumpido su labor, ni un solo día, a pesar de la guerra: entregar sus yogures en la Libia de Haftar y en la de Sarraj.

Veo a los representantes de esta juventud misratí que, en 2015, en solitario, sin coalición ni apoyo internacional, recuperó Sirte y Sabratha de manos del Dáesh; los escucho contarme la huida sin gloria del líder terrorista, responsable de la decapitación, el pasado febrero, de 21 cristianos coptos egipcios; me cuentan que todavía lo siguen buscando; les pido que me relaten la muerte en combate, ante las puertas de Sirte, de Abderramán al Kissa, el presidente del colegio de abogados de la ciudad que, unas semanas antes, había venido a París a entregarme una invitación oficial para ir a Misrata a una ceremonia, cuyo consejo, hace años, me había nombrado ciudadano honorífico.

Me reencuentro con el general Ramadán Zarmouh a quien, antaño, en pleno asedio, me llevé a Francia para obtener del presidente Sarkozy la equipación que permitiría a sus brigadas, tal y como habíamos planificado, irrumpir en Trípoli: ha envejecido; el Leclerc de antaño se ha convertido en un Cincinnatus melancólico y frágil; ninguno de esos "comités de reconciliación nacional" que se vanaglorian de concederle año tras año la presidencia honorífica consigue consolarlo cuando recuerda aquellos viejos tiempos, tan amables, que le parecen ya tan lejanos, en los que el pueblo libio se amaba.

Luego volví a Trípoli. La última vez que estuve tenía sus edificios destrozados, sus cafeterías calcinadas y los minaretes emitían sonidos falsos de aviación para hacer creer al atacante que los aliados se acercaban, es decir, la imagen misma de la devastación: pero ahora la vida ha vuelto; su pequeño museo de guerra, antaño al aire libre, se ha convertido en un museo de verdad. La central eléctrica, en los barrios donde fotografiamos la chatarra amontonada, las vigas de acero fundidas, la chapa calcinada y arrugada, las tuberías rotas, las colosales placas de fundición aplastadas; los cables que colgaban en el vacío como guirnaldas y esa cumbrera que había quedado intacta y que las llamas habían chamuscado tanto que parecía el friso de oro del frontón de uno de los templos de Leptis Magna.  

Todo vuelve a funcionar como si no hubiera pasado nada, todo, incluso los recuerdos del horror, se me antoja esa mañana, como en el poema de Baudelaire, como si funcionara por arte de magia.

Lo único que me ha apenado —aunque el consejo, por desgracia, resultara ser premonitorio— ha sido tener que privarme del peregrinaje por el muelle desierto y silencioso donde antaño nos esperaron, tras 36 horas de navegación sin instrumentos ni indicaciones, las autoridades de la ciudad: me dicen que hoy está ocupado por "los turcos", que allí descargan, tanto de día como de noche, haciendo caso omiso al embargo, sus cargamentos prohibidos.

Conectar con el pueblo libio

Hoy pienso que todo se resume a eso.

Contrariamente a lo que he podido leer, desde la emboscada de Tarhuna, firmado por un buen número de plumas conspiranoicas tanto en el norte con el sur del Mediterráneo, entré en Libia con un visado reglamentario y perfectamente en orden.

No era el invitado de nadie ni tenía la menor intención de inmiscuirme en peleas (de una facción contra otra, Tripolitania contra Cirenaica…) que, a mi parecer, importan infinitamente menos que la imperiosa necesidad de ver a la sociedad civil libia tomar, de una vez por todas, las riendas de su destino.

No tenía otra intención que no fuera volver a conectar con ese pueblo al que tanto le he dado; lanzar a Leptis Magna y a otras ciudades del pueblo libio un llamamiento a la unidad y a la paz, y llevarme de esa estancia el presente reportaje.

Pero, en cambio, había algo que me reconcomía desde el principio.

El error que cometimos dejando, tanto allí como en otros lugares, el campo libre a Turquía y a sus ambiciones islamofascistas.

La urgencia de ver a Francia reequilibrar su posición en una de esas guerras civiles donde siempre es un error no solo desertar, sino elegir la peste ante el cólera. Y el proyecto, si acaso esto no llegaba a producirse, de hacer que al menos hubiera una voz francesa para que se oyeran palabras de fraternidad y reconciliación desde esta tierra que Francia ayudó a liberar.

Tenía muy claro que mi idea no iba a ser del agrado de los jenízaros locales de un neosultán llamado Erdogan que me hizo el formidable honor —en aquella época, cuando cayeron los Hermanos Musulmanes en Egipto y se produjo el golpe de Estado de Abdulfatah al Sisi—, de condenarme a la vindicta pública de los suyos como si fuera uno de los responsables del acontecimiento.

El gabinete de Sarraj organiza una primera filtración en un periodicucho argelino que carga contra "el criminal sionista que visita las escenas de su propio crimen"

Pero lo que no imaginé, tal vez por mi entusiasmo o por mi ingenuidad, es la máquina infernal que por desgracia se puso en marcha en el preciso momento en el que informé al Ministerio del Interior de Trípoli de mis planes de reportaje.

El ministro, Fathi Bashagha, que, como "primer poli" del país, es el hombre fuerte del régimen, también es uno de los pocos que ha expresado el deseo de ver a la Unión Europea y a París actuar como contrapeso de Moscú y de Ankara… Y quien, sin embargo, seguro que tiene que rendir cuentas ante su primer ministro, Fayez al Sarraj, marioneta de los turcos…

El gabinete de Sarraj, en cuanto se entera de mi llegada, organiza una primera filtración en un periodicucho argelino que carga contra "el criminal sionista que visita las escenas de su propio crimen"; luego otra, en páginas de Facebook turcas o cataríes, donde se informa con todo detalle detalle de mi itinerario, más o menos amañado, que tuve que presentar también a las autoridades…

La histeria de las redes sociales, que tan pronto me presentan como un emisario de Francia y cómplice de su compromiso sin matices al lado de las fuerzas de Haftar como un provocador, inspirador de guerra que ha ido a Libia para contribuir al desmantelamiento de un gran país árabe; o, como no iban a escatimar en mamarrachadas, como agente doble que trabaja en secreto para garantizar la victoria de los Hermanos Musulmanes.

Y después, a la postre, un ajuste de cuentas, a mi costa, entre los que, como Fathi Bashagha, dicen creer en el Estado y en su deber, por ejemplo, de garantizar la seguridad de un periodista extranjero y los que, como Sarraj, no creen en nada de eso; entre los que, como el primero, quieren meter en cintura a las milicias y sustituirlas por una fuerza oficial, y los que ven una fuente de poder y de beneficios en su conservación y no quieren ni oír hablar de su desmantelamiento. En resumidas cuentas, igual que como en Cirenaica, entre quienes quieren plantear medios de negociación y abrir diálogos de paz y los que harían cualquier cosa y llegarían hasta el final, hasta que caiga el último libio, para dejar que el país sirva de campo cerrado a una rivalidad asesina entre los imperios otomano y ruso en vías de reconstitución.

Amada y dolorosa Libia. Teatro de un momento de grandeza donde, por primera vez, hace nueve años, los países occidentales demostraron que no estaban abocados a sostener siempre la ceguera y a los tiranos contra su pueblo.

Volví a tus tierras para recordar ese acontecimiento sin parangón. Con la esperanza de ver ese hito repetirse volví en otras ocasiones, a Bengasi y a Derna.

Por ahora, aquí quedan estas impresiones de una Libia de nuevo martirizada, a la que le han vuelto a poner el yugo, y de la que he podido comprobar que no ha pasado el duelo de la libertad y su embriaguez.

Las cosas que he visto y que he escuchado por boca de libios libres que no han renunciado a su juramento, como en Tobruk, de no descansar hasta que se haya establecido un gobierno civil y democrático en toda la extensión del país…

Libia se encuentra en una encrucijada. Nosotros también. Pero no bajemos la guardia. Aquí, en estas orillas, se juega una parte del futuro del Mediterráneo y de Europa.

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