Me resulta extraño pensar en toda esa gente que le pedía a Macron, una y otra vez, que suspendiera la segunda ronda de las elecciones municipales. ¿Hasta cuándo, exactamente?

¿Hasta otoño? ¿Hasta 2021? ¿Hasta que tengamos la vacuna? ¿Hasta el próximo eclipse lunar?

Ese debate fue ridículo.

Todo lo antidemocrático que puede ser.

En el mejor de los casos, hizo patente la infantilización de los franceses que ya señalaba Mathieu Laine hace 15 años en La Grande Nurserie (La gran guardería).

En el peor de los casos, demostró que se estaba socavando la libertad, que se estaba pasando del Estado ciudadano al Estado sanitario, que se dejaba atrás el contrato social para firmar un nuevo contrato vital, a su vez respaldado en un enorme desprecio por el pueblo francés al que, sin embargo, se le permitía comer, ir de vacaciones, ir a la playa, pero no a votar.

Por cierto, y puesto que no parece que podamos pensar más que en términos de curvas, algoritmos y estadísticas comparativas de mortalidad, es lamentable que no se haya hablado más de una investigación que publicó Le Monde el 15 de mayo.

Se llevó a cabo de manera coordinada entre el IFOP (Instituto Francés de Opinión Pública, equivalente al CIS español), el Centro de Epidemiología del Hôtel-Dieu (el hospital más antiguo de París) y el Instituto Nacional de Investigación Informática.

Y su conclusión, en líneas generales, fue la siguiente: la expansión de la pandemia no se vio afectada por la participación en la primera ronda de las elecciones. Los departamentos con más participación no han sido aquellos que luego han tenido más casos de Covid-19. Y aquellos que, en el pico de la pandemia, cumplieron con su deber cívico no fueron, por lo tanto, "kamikazes de la democracia", como se los ha descrito una y otra vez con ese lenguaje tan grotesco que hemos visto estas semanas de histeria y terror colectivo.

¿Cuándo volveremos a poner los pies en la tierra?

¿Y cuándo empezarán a asumir los adivinos de la "segunda ola", los paladines del confinamiento, casi decepcionados al ver que el desconfinamiento no va del todo mal, que ya era hora de empezar a poner el planeta en movimiento?

Emmanuel Macron, presidente de Francia, en su visita a una fábrica. Reuters

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En un podcast del The Wall Street Journal, oí al doctor Anthony Fauci, jefe de la task force sanitaria de Donald Trump, reflexionar sobre el "mundo de mañana".

En esencia, nos dice que no tiene del todo claro que, en un horizonte cercano, nos vayamos a olvidar de las medidas (y gestos) que hemos aprendido durante la epidemia.

Estoy segurísimo, por otra parte, que el gesto de estrecharnos la mano nunca volverá a ser como antes.

Es una afirmación dolorosa. Y confirma lo que escribí hace tres meses en mi primera crónica del coronavirus.

¿Estáis tan convencidos, camaradas militantes del mundo de mañana, de que las crisis sanitarias, ecológicas y económicas caminarán al compás?

¡Qué bonito gesto darse la mano! ¡Una hermosa señal de civismo y civilización! ¡Hermandad republicana, solidaridad, paz! En Francia, es un gesto que se popularizó durante la Revolución y que refleja un poco ese espíritu de 1789.

Y, teniendo en cuenta -dije entonces- el llamamiento al "distanciamiento social", teniendo en cuenta la invitación a "desconfiar unos de otros" y teniendo que oír que el compromiso más efectivo sigue siendo "quedarnos en casa", si tenemos en cuenta toda esta retórica, momentáneamente necesaria, pero profundamente odiosa, no es descabellado pensar que se vaya a asentar el hábito de saludarse con el codo y, en lugar de que se produzca el encuentro cara a cara entre los rostros -la palabra inaugural de la ética- toparnos con el prójimo con mascarilla.

¿Así va a ser en Estados Unidos y en el resto del mundo?

¿La transición, parafraseando a Fichte, al Estado sanitario cerrado se venderá por esa regresión política y moral? Es lo que nos anuncia, parece ser, la democracia más grande del mundo, sin que parezca resultarle algo molesto. Y, si es verdad, es terrible.

Donald Trump, presidente de Estados Unidos, abandona la Casa Blanca. Efe

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¿Estáis tan convencidos, camaradas y amigos militantes del mundo de mañana, de que las crisis sanitarias, ecológicas y económicas caminarán al compás?

¿Y qué hay de ese leninismo para bobos al que llamáis "convergencia de luchas"?

Observo esa nueva "libertad-igualdad-sobriedad" que parece haberse convertido en su lema. O el llamamiento a abandonar el consumismo que han lanzado desde el mundo del cine las caras e imagen de las marcas más consumidas del mundo. O el puñetazo sobre la mesa de Thomas Piketty que aboga, en Libération, por una "reducción gradual y sostenible" del "transporte aéreo" y del "comercio internacional no esencial".

Como decía Claude Lévi-Strauss, quizá, a fin de cuentas, el virus es el ser humano

Veo el posible efecto que pueden tener estas medidas en las emisiones de CO2: el ligero retraso con el que se extenderá el próximo caso de transmisión por carne de pangolín en mal estado.

Pero ¿qué pasa con los millones de trabajadores del sector textil de Bangladés que mueren de hambre por esta reducción duradera del "comercio innecesario"?

¿Qué será de los algodoneros indios a los que Trump dirá -aunque esta vez con el apoyo de esa izquierda tan frugal- : "¡América primero! La exportación de vuestra riqueza presenta deficiencias en el transporte!"?

Y los reporteros de guerra seguirán investigando en Mogadiscio, las bellas almas de la "izquierda del queroseno", fustigadas por Jean-Claude Michéa, no se resignarán a despedirse del mundo y de sus condenados. Y a los migrantes que, simplemente, buscan su derecho al asilo, ¿qué les diremos?: "Tiene usted una balanza ecológica negativa, sus viajes de larga distancia son un crimen contra el planeta". ¿Eso les diremos?

Para eso, sería más honesto llegar hasta el fondo del asunto y decir que hay demasiada gente en este mundo. O, como decía Claude Lévi-Strauss en sus últimos textos, que, quizá, a fin de cuentas, el virus es el ser humano. Cuidado, la izquierda se está volviendo loca (y malthusiana).

Foto: Efe