Roberto Ramos.

Roberto Ramos.

Mundo CUBA

Entre La Habana y Miami: el retrato de los cubanos que se marcharon y los que siguen en la isla

¿Quiénes son, cómo viven y qué piensan de sus 60 años de separación los cubanos de la isla y los del exilio político y económico de Florida? Un nuevo libro, Entre La Habana y Miami (editorial Samarcanda), de los periodistas Eduardo del Campo y Juan Castro Olivera, retrata una de las sociedades más divididas y apasionadas del mundo, la cubana, a través de decenas de historias, en un contexto de transición del régimen comunista que fundaron Fidel Castro, su hermano Raúl y el Che Guevara. Presentamos un adelanto con varios fragmentos de la obra.

El balsero gurú de la pintura cubana

Roberto Ramos salió de Cuba un 6 de enero de 1992. Era la noche del día de Reyes, una de las escasas oportunidades para que un niño recibiera un regalo, y el propio gobierno se encargaba de distribuirlos. Todo el mundo estaba pendiente de los obsequios, pero para Roberto era el día esperado y tenso de la partida. "Me habían detenido varias veces por hablar contra el gobierno. Ya la última vez había sido difícil, pues estuve un año en la cárcel tras una operación maceta".

Llamaban así a las detenciones ordenadas contra personas que se creía que podían tener dinero guardado. Como muchos lo escondían en macetas, así quedó la denominación de esos controles."

Cuando salí de la cárcel sabía que no podía demorarme en irme de Cuba y comencé a prepararme. Conseguí un bote mediano, que bauticé Rosita II, en honor a mi mamá. Tenía un buen casco, con una recámara y un buen motor, y acordé con un patrón, que quería salir con su familia y se encargaría de llevarnos a destino".

La misión no era nada fácil. Roberto dejaba Cuba, pero no abandonaba una colección de catorce cuadros de pintores cubanos, que había decidido llevar a Miami. "Eran mi único tesoro, y sabía que con ellos, si lograba venderlos, podría hacer algo para abrirme camino". Los cuadros quedaron bien escondidos en el interior de la embarcación.

"La noche de la salida, el que conducía el bote fingía que era un pescador y nosotros esperábamos flotando sobre tres cámaras de guagua (bus) una milla adentro del mar. Llevábamos unas linternas para hacer señales y que el bote nos viera, pero se mojaron y dejaron de funcionar. Estuvimos tres horas en el mar, no podíamos encontrarnos con el bote. Había controles de seguridad en el mar y él tuvo que alejarse, pero finalmente por milagro nos vio y pudimos subirnos".

La expedición puso proa al norte a la mayor velocidad posible para escapar de la Guardia Fronteriza cubana. Cuando ingresaron en el estrecho de Florida el mar se hizo bravo y llegaban grandes olas que amenazaban al bote con fuertes embestidas.

"Estábamos a oscuras, con un mar enfurecido. Fue la oscuridad más intensa que yo he visto", recuerda Roberto. En medio de un gran nerviosismo por el incesante oleaje, el bote quedó de costado y una ola casi lo volcó. "El bidón de agua que teníamos se fue al mar y lo perdimos. No teníamos agua para beber. Y peor aún: en la pelea por mantener el bote a flote, se rompió el timón". El bote con los doce balseros cubanos, varios de ellos niños, quedó a la deriva por completo. Igual que el plan de escape de la isla. ¿Qué sería de ellos sin rumbo sobre un mar embravecido? ¿Y qué sería de la colección de cuadros de Roberto?

Durante tres días el bote navegó sin ninguna dirección y, sin agua y comida, el grupo comenzó a temer que pudieran morir de hambre y de sed.

"Nos cruzamos con un buque transatlántico estadounidense. Nos dieron agua y nos dijeron que enviarían un mensaje de auxilio. Poco después apareció una lancha de la Guardia Costera estadounidense y, de forma simultánea, una torpedera cubana. Veíamos a lo lejos a las dos patrullas llegar. Gracias a la Virgen, la lancha del Coast Guard venía a más velocidad. Llegó antes y la patrulla cubana se alejó".

'¡Un balsero coleccionista de arte!', reían los guardias fronterizos

La lancha de los agentes estadounidenses requisó al grupo de balseros, les leyó las leyes y derechos a los que estaban sujetos y Roberto Ramos afirma que allí se dio cuenta de que su vida cambiaba. "¡Me habían salvado la vida, tenía frente a mí la oportunidad de la libertad y por primera vez sentía que tenía derechos!".

Antes de partir con los doce balseros, los guardacostas les anunciaron que por procedimiento debían hundir el bote. Roberto se opuso terminantemente y dijo que no podían hacer eso. Les contó que era un coleccionista de arte y que allí en el bote tenía guardadas catorce obras de la pintura cubana que llevaría a Miami. "¡Un balsero coleccionista de arte!", reían los guardias fronterizos. Tras una discusión, los agentes aceptaron su ruego, no hundieron el bote y lo remolcaron con los cuadros a tierra. Igual que los inmigrantes desesperados, la colección había sido salvada.

Roberto estuvo tres días en un centro para inmigrantes, donde fue interrogado sobre su pasado militar en Cuba como entrenador de kárate para las fuerzas de élite. Cuando le dijeron que ya estaba libre fue a ver el barco para sacar los cuadros y se encontró con la peor noticia: se los habían robado. No podía creerlo. Su única esperanza y su única riqueza se habían perdido. Comenzó entonces una búsqueda frenética de las catorce obras. Fue a ver al patrón del bote y siguió por varios de los acompañantes, hasta que dio con uno que reconoció que había vendido las pinturas a una galería. De las catorce obras pudo recuperar once, con las que el balsero comenzaría los siguientes años un largo periplo como coleccionista en Miami hasta fundar el Cubaocho, el emblemático bar, museo y centro cultural para la difusión del arte cubano que funciona en la Calle 8 de la Pequeña Habana. Hay en los rincones espejos antiguos, muebles y sofás de estilo renacentista. Aquí se instala cómodamente Roberto a conversar cuando quiere recordar cuánto ha pasado desde que salió de Cuba sin nada más que sus cuadros escondidos dentro de un bote a la deriva.

Alcides Pérez Segura y Dolores Hernández Zaldívar.

Alcides Pérez Segura y Dolores Hernández Zaldívar.

"Somos hijos de Fidel"

Alcides Pérez Segura, de 80 años, y Dolores Hernández Zaldívar, de 76, son pareja sentimental, y en pareja salen a diario a recorrer las calles del centro de La Habana para vender a los turistas ejemplares de Granma y Juventud rebelde, los periódicos oficiales del régimen cubano, órganos del Partido Comunista y de sus Juventudes, respectivamente. Nos paramos a hablar en el Paseo del Prado, que hace unos días convirtieron en una pasarela de moda para que desfilaran las modelos de Versace, que acaba de abrir una tienda en Cuba. Como las pensiones de Dolores y Alcides son ínfimas, para sobrevivir tienen que sacar dinero extra vendiendo los periódicos de la revolución. Por la mañana compran ejemplares de las ediciones nacional e internacional al precio oficial que figura en las portadas, y después los revenden a los extranjeros con un sobrecoste. Esa plusvalía les ayuda a seguir tirando. Se dedican a este comercio callejero por necesidad, pero también, dice Alcides, por convicción, porque, pese a todas las dificultades económicas de vivir en una dictadura comunista, de la que su apurada vejez es un claro reflejo, él sigue defendiendo la revolución: "No queremos que cambie".

El periódico Granma lleva a su título el gracioso nombre del yate de pesca en el que Fidel Castro y sus hombres desembarcaron en Cuba para iniciar la insurrección contra la dictadura de Batista, nombre curioso porque significa "abuelita" en inglés. Los rebeldes lo compraron en Estados Unidos y mantuvieron su denominación original, aunque sonara poco épico para la alta misión histórica que le iban a dar.

Alcides ha participado en algunos de los acontecimientos trágicos que ocuparon durante años las noticias del diario Granma cuyos ejemplares vende ahora en compañía de Dolores como si fuera un muchachito. Entre 1977 y 1979 luchó como soldado en África, primero como miembro de la Operación Carlota, la misión militar que el gobierno cubano envió a Angola como apoyo del gobierno procomunista del MPLA de Eduardo dos Santos, durante la guerra civil que éste mantenía contra las tropas de la Unita de Jonas Savimbi y su aliado sudafricano, y después en Etiopía para sostener al gobierno marxista de Megistu en su lucha cainita contra las guerrillas opositoras y en el conflicto con "los somalíes" de la región del Ogadén. Recuerda que después de tres años, cuando regresaba por fin a su patria en un buque cargado de soldados cubanos, atracaron para avituallarse en una de las islas canarias, la tierra de su abuelo, pero las autoridades españolas no les dejaron salir del barco y pisar tierra.

Queremos que se mantenga la Revolución, que los niños sigan siendo el ejemplo de nuestro Comandante

Trabajaba de bodeguero o dependiente en una tienda (bodega) cuando estalló la revolución, y él se sumó a los rebeldes. Su hasta entonces patrón "también cooperó" con los alzados. A su regreso de África lo nombraron jefe de los guardias del Ministerio de la Construcción. Hoy Dolores y él viven con estrecheces, pero su apoyo al comunismo no ha declinado. "Soy revolucionario, y voy otra vez a África si me llaman. Estoy dispuesto a defender la patria. Nosotros no queremos que cambie el sistema. Somos hijos de Fidel. Queremos que se mantenga nuestra Revolución. Queremos que los niños sigan el ejemplo de nuestro Comandante. ¡Aquí no hay retroceso!", sostiene el veterano de las guerras africanas de los años 70. Según las cifras oficiales, murieron 2.085 "internacionalistas" cubanos en Angola (donde 377.000 soldados caribeños y casi 50.000 civiles actuaron entre 1975 y 1991), 160 perecieron en Etiopía (donde combatieron más de 41.000 entre 1978 y 1989) y 113 en otros países africanos.

Dolores no piensa tanto en el padre de la revolución, Fidel, como en su propio padre, Antonio Hernández, que también viajó como soldado a la guerra civil de Angola. Antonio volvió vivo de África pero con una herida en la mano que se reveló fatal. "Llegó rabiando a la casa. La herida se complicó y murió", rememora con la vista perdida en sus recuerdos, con cara triste, como si hubiera ocurrido hace muy poco tiempo.

Les compramos un ejemplar de la edición nacional del Granma y otro de Juventud rebelde, del 3 de junio de 2017, "Año 59 de la Revolución", como indican en sus portadas. El precio oficial de cada uno es de 20 céntimos de un peso cubano CUP, casi nada al cambio. Pero los ancianos vendedores los revenden a los visitantes extranjeros a un peso convertible CUC, un dólar, con lo que obtienen una ganancia considerable que supera con creces su pensión, equivalente a menos de diez dólares al mes.

El Granma, "Órgano oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba", tiene ocho páginas y lleva cuatro noticias a su portada: "Proteger el patrimonio de todos", sobre el día mundial del Medio Ambiente; "Concluye en Cuba foro de energías renovables tras intensas jornadas"; "Juristas camagüeyanos, los más destacados", sobre un congreso jurídico nacional, y "Restablecen una parte de la conductora afectada", acerca de la reparación de una tubería cuya rotura ha dejado sin agua corriente a grandes zonas en La Habana en los últimos días.

Muchos creen que los cubanos no tienen prisa nunca y les encanta demorarse con una buena conversación o un gran monólogo, como los que pronunciaba Fidel Castro. Pero Alcides y Dolores están muy ocupados en sobrevivir cada día de su gastada vejez, y se marchan, renqueantes, en busca de más lectores que les compren sus periódicos, llenos de noticias positivas sobre Cuba y siempre encabezados por citas del comandante. Los veteranos de la revolución resisten pese a todo. Sin quejarse.

El buzo clandestino 

Sentado en un banco del muelle de Cienfuegos pasa el rato mirando el mar un joven con aire de pirata inglés, con aretes en las orejas. Ereity Soto Martínez, de 33 años, está casado y tiene un niño de 7 años y una niña de 5, a los que mantiene trabajando por su cuenta como pescador submarino. Se dedica al buceo de apnea: no usa botellas de oxígeno, sólo el aire que entra en sus pulmones, aire que estira en su torrente sanguíneo para bajar durante tres o cuatro minutos hasta los 16 o 17 metros, profundidad que puede aumentar hasta llegar a veces incluso a los 35-40 metros. Hay que pensarlo y contar para darse cuenta del mérito de ganarse la vida a pulmón: cuatro minutos aguantando la respiración bajo el agua es mucho tiempo. Su triste paradoja es que su hija se ahoga en tierra, porque padece asma.

Ereity se graduó en la universidad en Cultura Física. Su oficio es medio clandestino: la pesca submarina la autoriza el gobierno algunos días a la semana, pero él, para poder sostener a los suyos, viola la veda y sale a diario. Los peces que pesca, a veces a varios kilómetros de la costa, los vende a particulares. Gana así una media de unos diez dólares al día. Se lamenta de que le han impuesto dos multas de 8.000 pesos cubanos CUP (unos 300 dólares) cada una por pesca ilegal, lo que supone en total lo mismo que gana en dos meses.

Los que se iban eran 'traidores'. Ahora, nadie se atrevería a calificar así a los que se van

Harto de vivir así, en los últimos años se ha marcado como objetivo huir de la isla emigrando clandestinamente a Estados Unidos. Suma por ahora dos intentos frustrados de alcanzar Florida. Una vez lo atrapó un guardacostas estadounidense y lo llevó junto a sus compañeros de expedición a las cercanas islas Bahamas, cuyo gobierno se hizo cargo de ellos para tramitar su devolución a Cuba. Pasó un mes internado en un recinto al aire libre hasta el día de su expulsión. Guarda buen recuerdo del ron local de Bahamas que le daban en la espera, tan fuerte que "con uno doble ya estabas borracho".

Ereity Soto Martínez.

Ereity Soto Martínez.

En su segundo viaje, el año pasado, se les averió el motor y no les quedó más remedio que regresar a la orilla cubana y correr luego para que no los detuvieran allí por salida ilegal de la nación. "Tuvimos que hundir la barca para no dejar pruebas". De ser descubierto, le impondrían una multa de 3.000 pesos cubanos por embarcarse hacia aguas internacionales sin permiso de la capitanía marítima, eufemismo legal para castigar la emigración ilegal. Su pena se agravaría si lo acusaran además de ser el organizador del viaje. "Los que se iban antes eran 'traidores'", dice Ereity. Ya casi nadie se atrevería a calificar de traidores a los que se van, puesto que toda Cuba, revolucionaria o no, tiene parientes fuera que se marcharon de una forma u otra. Ereity espera, paciente, la oportunidad para intentarlo por tercera vez, o cuarta, o quinta, las que hagan falta hasta alcanzar su destino. En Florida ya lo esperan para darle trabajo en un yate de pesca deportiva.

Explica que las expediciones de balseros continúan, aunque en menor número, a pesar de que desde enero de 2017 Estados Unidos ya no concede residencia a los cubanos que pisen tierra y los trata igual que a inmigrantes ilegales llegados de cualquier otro país. Muchos zarpan de Cárdenas, en la costa norte.

La travesía del estrecho entre Cuba y Estados Unidos ha costado la vida a miles de balseros. Pero Ereity no le teme al riesgo mortal, con el que convive a diario en su oficio ilegal de buzo pescador. Recuerda algunos de los episodios más angustiosos que ha vivido, cuando por poco se ahoga. De ellos aprendió y salió fortalecido. "Una vez se me olvidó nadar. Me quedé bloqueado, sin motivo. Yo llevo siempre un corcho de gomaespuma que uso como salvavidas. Me agarré a él y me dejé arrastrar por la corriente hasta la orilla. La otra vez, perdí casi el conocimiento por la falta de oxígeno. Con las últimas fuerzas que me quedaban, mientras mi compañero tiraba de la cuerda, salí afuera". Ereity ha tenido suerte: sigue vivo. No así su compañero Alexander, una de sus parejas de buceo. Se ahogó mientras, para sobrevivir, pescaban peces guasa.

El excombatiente-disidente

Un cartel en la carretera entre Cienfuegos y La Habana cita una frase de Fidel que resumía, junto a un dibujo del yate Granma, su convicción y su plan guerrillero para desembarcar en la isla, esconderse en sierra Maestra y comenzar desde allí su avance hacia la capital hasta deponer al dictador Batista: "Si salimos llegamos, si llegamos entramos, si entramos triunfamos".

Cae la noche en las afueras de Cienfuegos y, como hace calor, el señor Frank Cruz, jubilado de la administración estatal cubana, recibe con el torso desnudo. Tiene el pelo blanco, la piel morena y curtida, el cuerpo fuerte. Usa gafas. Es muy crítico con el sistema político cubano; después de años de callar por miedo a represalias, ahora se atreve a hablar con el periodista extranjero.

Frank fue miliciano de la revolución y combatió para aplastar la invasión militar de opositores cubanos apoyados por Estados Unidos, en el famoso desembarco de Bahía de Cochinos, o Playa Girón, de abril de 1961. Quien habla, pues, no es un contrarrevolucionario, sino un desencantado. Hasta le quita importancia a esa batalla que el gobierno de Fidel mitificó como gran gesta y victoria contra el imperialismo yanqui, y que no fue, dice, para tanto: "Yo luché como soldado de los revolucionarios, con paga, en Bahía Cochinos. Los mercenarios, abandonados por Estados Unidos, se rindieron enseguida". Durante 42 años fue gerente económico de hospitales, en La Habana y aquí. Los diez años finales trabajó en comisión de servicio en microbrigadas de construcción, construyendo edificios de viviendas como éste en el que vive. "Fui combatiente dos años, de los 18 a los 20. Luego abrí los ojos. Ésta es la dictadura más perfecta del mundo, una mezcla de Stalin, Franco, Hitler… El comunismo es el camino a la esclavitud. El sistema comunista en Cuba es una ficción. La gente hace oposición de brazos caídos en el trabajo, hacen como que trabajan y no lo hacen, y el gobierno hace como que les paga un sueldo y el suelo no vale nada".

¿Aguantará mucho este sistema? "En dos o tres años esto hace crack. Se cae. Cambiará cuando se muera el otro Castro (Raúl). Hay 123 generales en Cuba, cuando bastaría con que fueran 20. Pero no quieren dejar el poder, porque del sueldo de esos generales depende toda su familia extensa". Y pone un ejemplo de ese supuesto abuso de la cúpula de los ancianos líderes de la revolución. "Vino una expedición de una iglesia americana contra el bloqueo y trajo 36 bicicletas de regalo para los niños cubanos. Las bicicletas fueron para los generales y sus nietos y familiares".

Pagar la luz se come el 92,6% de su pensión. Vive del dinero que le envían desde España y EEUU

Enseña una factura mensual. Él cobra 270 pesos CUP de pensión al mes (10,18 dólares), y la electricidad le cuesta 250: o sea, que sólo pagar la luz se come el 92,6% de su pensión. Vive del dinero que le envían sus hijos desde España y Estados Unidos.

Frank Cruz.

Frank Cruz.

No hemos visto una sola pintada de protesta, de ningún tipo, en ninguna parte, ni siquiera una minúscula. Frank dice que sí ha visto alguna, que sí las hacen, "abajo Fidel, abajo Raúl", pero que las borran enseguida y no duran nada porque la red de vigilancia del régimen, sostenida sobre vecinos revolucionarios, los más fieles miembros de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), cuyo lema es "Unidos, vigilantes y combativos", llega a todas partes y los registran, denuncian y eliminan al momento. La red de espionaje interior, de inteligencia estatal-vecinal, aunque cada vez más diluida, sigue siendo muy eficaz. Frank dice que la seguridad cubana es una aplicada descendiente de Fouché, el dirigente del Terror revolucionario y ministro de Policía napoleónico que creó el espionaje moderno para controlar con sus redes de agentes toda disidencia política. "Aquí en Cuba hacen lo mismo".

Enseña fotos de sus hijos mayores: Norge, físico nuclear, hijo de una primera compañera, que vive en Sevilla, y Fran Emilio, al que tuvo con su actual pareja y que ahora trabaja en Jacksonville, Florida, como pintor de edificios. Fran Emilio se fue en avión de La Habana a Ecuador, donde no pedían visado a los cubanos. En Ecuador ahorró dinero trabajando duro y al año y medio voló desde allí a México, para cruzar a escondidas la frontera con Estados Unidos, donde le dieron la residencia legal por ser cubano, antes de que en 2017 eliminaran este privilegio legal. Otros amigos suyos lo tuvieron más difícil, y fueron desde Ecuador a Estados Unidos por tierra, atravesando Colombia, Panamá, El Salvador, Guatemala y México.

Portada del libro 'Entre La Habana y Miami', publicado por la editorial Samarcanda.

Portada del libro 'Entre La Habana y Miami', publicado por la editorial Samarcanda.

Al veterano combatiente de Playa Girón le ha salido un hijo adoptivo, un vecino que actúa como disidente político por su cuenta. Frank pide ayuda para proteger al joven de una detención inminente. "Corre peligro, ayúdelo a salir de Cuba", urge. Y cuenta su historia. Henry Laso, de 25 años, era agente de la seguridad interior cubana y músico; pero tras revelar públicamente que hijos músicos de altos cargos del gobierno "se drogan", ha sufrido, según denuncia él, una persecución del régimen, que le ha privado de su carné de músico –fundamental para ejercer la profesión legalmente– y ahora le ha abierto un proceso por "peligrosidad social" que puede acarrearle una condena de cinco años de cárcel. Henry Laso se graba haciendo en solitario pintadas de denuncia que luego cuelga en la red. Afirma que un dirigente del Instituto Cubano de la Música le pidió 1.500 pesos convertibles (1.500 dólares) por devolverle la licencia de músico y que, tras pagarle, el presunto corrupto no cumplió lo acordado.

Nos despedimos de noche. A Frank se le ve contento de haberse expresado. Aunque no ha superado del todo sus temores. Todavía tiene escondido un libro sobre los fusilamientos de los primeros años del gobierno de Fidel. Como si su mera posesión fuera un delito.