Un refugiado muestra cicatrices en su cabeza

Un refugiado muestra cicatrices en su cabeza

Mundo Diario de un cooperante ante la crisis migratoria (II)

La primera vez que vi las cicatrices de la tortura

Todos tenemos cicatrices, algunos piensan en ellas con una sonrisa, otros intentan olvidarlas.

Regresé del landing a la casa de campo a las tres de la madrugada. Estaba agotado y aun así no podía dormirme. Seguía dando vueltas a todo, a la vez que intentaba escribir algunas letras. A las seis de la mañana conseguí conciliar el sueño, pero no por mucho tiempo. Dos horas más tarde volvieron a sonar las alarmas. Otro landing había desembarcado en una isla cercana y los iban a trasladar a Quíos.

Volví a coger el coche. Esta vez me sentía distinto. Habían pasado tan solo unas horas entre un landing y otro, pero para mí era como si hubieran transcurrido siglos. Sólo había un pequeño detalle que me incomodaba. Tenía que volver a ponerme la máscara de farsante que la situación exigía. Tenía que volver a mentir haciéndoles pensar que en Vial iban a estar bien e iban a tener buena asistencia médica. Tenía que volver a decir que era doctor, y no estudiante.

¿Qué otro remedio había? No podía mirarles a la cara y decirles que habían sobrevivido a una odisea para embarcarse en otra peor. Ni el mismísimo Ulises habría resistido semejante desesperación.

Con el fonendo sobre los hombros, la más hipócrita de mis sonrisas y el cansancio acumulado del anterior landing, comencé a evaluar el estado de mis nuevos pacientes.

Tuve suerte, la mayoría se encontraba bien. Me llamaron la atención dos hombres, de mirada perdida y taciturna. Movían las piernas, los brazos, los labios y los ojos como si la llegada a Europa no fuera con ellos. Como si todo fuera un espectáculo en el que tenían que aparentar agotamiento y soledad para crueles espectadores ávidos de experiencias morbosas.

Hace unos años me raptaron en Siria, me mantuvieron encerrado durante meses. Las cicatrices son fruto de la tortura

Sin embargo, no podían inventarse las cicatrices que parecían haber sido esculpidas cuidadosamente sobre su cuerpo. Tenían la mala suerte de que eran reales. Por lo que me habían explicado, sabía que no eran fruto de una explosión. ¿Qué eran entonces?

Inevitablemente pensé en las pocas cicatrices que yo tengo. Para mi sorpresa, me vinieron recuerdos agradables a la mente. Tengo una cicatriz en la barbilla porque me caí de pequeño mientras corría y hacía el tonto con mi mejor amigo. Tengo varias cicatrices en las piernas porque fui un pésimo conductor de bicicleta. Pero asocio todas ellas a buenos recuerdos, a paisajes bonitos, a la bicicleta. Quizás eso explique que ahora tenga la necesidad de cogerla de vez en cuando; para recordarme que mis cicatrices merecen la pena. Para recordarme que no son fruto del sufrimiento, sino del placer.

Me acerqué a los dos hombres despacio. Con el mayor tacto que pude, pregunté el origen de esas cicatrices. El primer motivo de mi pregunta fue profesional, necesitaba saber si habían sido operados en el pasado o si padecían alguna enfermedad crónica. El segundo fue mera curiosidad.

Los dos testimonios fueron muy parecidos, así que los voy a resumir en uno: “Hace unos años me raptaron en Siria, me mantuvieron encerrado durante meses. Las cicatrices son fruto de la tortura”.

Todos tenemos cicatrices, algunos piensan en ellas con una sonrisa, otros intentan olvidarlas. Ojalá todo el mundo se hubiera caído de pequeño junto a su mejor amigo, ojalá todo el mundo fuera un pésimo conductor de bicicleta. Las cicatrices felices son un privilegio reservado a unos pocos.