Hace tiempo que Mélenchon tramaba algo malo.

Con su lado juguetón, mezquino y de mal perdedor.  

Sus insultos por debajo de la cintura contra Macron, Hollande, Valls y los otros.

El vaivén extraño con la extrema derecha lepenista sobre temas tan sensibles como la expulsión de los migrantes.

Los insultos contra el Consejo Representativo de las Instituciones Judías en Francia (CRIF).

El juicio, al estilo Trump y con una fijación en Radio France, a periodistas y medios a los que aparentemente no perdona que lo reconocieran tarde.

Y también, el vergonzoso programa político donde lo vimos, hace algunos meses, tratar de humillar a dos mujeres: Laurence Debray y Nathalie Saint-Cricq, cuando se atrevieron a interrogarlo, con una insistencia que juzgó sospechosa, sobre su tropismo venezolano.

Ese Mélenchon ya no era “populista”. Era odioso, sexista, servil con los poderosos (Putin y Assad), implacable con las víctimas (los demócratas ucranianos, los civiles sirios masacrados y los tibetanos), burlón con “las gentes” (la semana pasada imitó estúpidamente el acento meridional de una periodista de France 3 ). Todo eso con una música graciosa de fondo que mezcla un llamamiento al pueblo con un culto a la personalidad, y nos recuerda a ese viejo conocido de la ideología francesa: el movimiento boulangista.

Sin embargo, con su reacción a la serie de allanamientos propiciados por la investigación que pesa sobre él por presuntas irregularidades en sus cuentas de campaña y por supuestos empleos ficticios de miembros de su partido en el Parlamento Europeo, acaba de atravesar una nueva fase en su inquietante metamorfosis.

Como con Michel Onfray la semana pasada, hay que ver para creer.

Hay que verlo en YouTube jugar a ser un carnero para, con su tropa débil pero activa, derribar la puerta de sus propios locales.  

Hay que verlo, con los ojos en blanco y su dedo índice, amenazar a un funcionario de la policía imperturbable, y luego a un fiscal de la república intachable de sangre fría.

Hay que verlo, poco avaro con su aliento, casi boca a boca con los agentes, gritar, eructar y buscar peleas; y cuando no las encuentra, gritar con tal fuerza que le sale espuma de su boca.  

'Mi persona es sagrada', se queja, como si estuviera en una pelea de alcohólicos.  Y la escena sería ridícula si no contara con esa mirada loca

Hay que ver, agolpado entre la gente, en medio de ese desorden caótico y de gritos de “atrévete a tocarlo , tócalo , tócalo ”, de la tropa a  la policía”, la llegada de un teniente que lanza un: “Les había dicho que era violento” refiriéndose a otro policía que, tirado al suelo, impresionaba por su autocontrol.

La República soy yo”, exclama la nueva “Marianne” hecha hombre. “Mi persona es sagrada”, se queja, como si estuviera en una pelea de alcohólicos.  Y la escena sería ridícula si no contara con esa mirada loca, esa voz gruesa y desquiciada, y la reiteración de ese “deténgame o hago una locura”, que son la verdadera mala cara del alma.

 

 

Los Insumisos más honestos podrán asustarse de lo que ocurrió.

Podrán, cómo Alexis Corbière, en la emisión de Cyril Hanouna, intentar pasar por corderitos y disolver esa secuencia escalofriante en una lavadora de excusas vagas y, si hay alguna, sinceras.

Algo pasó ahí.

Algo se liberó en la escena política francesa que autoriza a partir de ahora  recurrir a la violencia, a los argumentos de músculo, y a la fuerza.

Y vemos mal, por ejemplo, que podamos objetar al auténtico destructor que mañana, en un suburbio difícil, se apropie del gesto melenchoniano y de su bufanda tricolor para, él, tocar de verdad a un representante de la ley.

La verdad es que hay pocos gestos más violentos en una democracia que el de pegar o amenazar con pegar a un procurador, un policía o a cualquier otro titular de la autoridad republicana.

La verdad más exacta es que no hacen falta muchas cosas para que un rostro se vuelva grotesco o que la palabra ceda su lugar al eructo y después a los golpes.  Y que basta con esas “pocas cosas” para que, si él gana discípulos, pasemos de la estabilidad mantenida por la separación de poderes y su distribución; la seriedad  de los procesos impuestos a los poderosos y a los demás; y del reino absoluto de la ley, al odio, la rabia y el auge de los grupúsculos que se sienten empoderados, no por alas, sino por puños y colmillos.

La verdad más exacta es que no hacen falta muchas cosas para que un rostro se vuelva grotesco o que la palabra ceda su lugar al eructo y después a los golpes

Este es el paso que vimos, en los años 30, en un comunista llamado Doriot, alcalde de San Denis, que bramaba, él también, sus desprecios hacia las instituciones y leyes.

Es el mismo paso que, en los libros de Maurice Barres, hace que otros insumisos puedan transitar, a la víspera de la Primera Guerra Mundial, De Sorel a Maurras y de la extrema izquierda a la extrema derecha.

Y bien, Mélenchon está ahí.

Cuando lo dejamos era roberpierrista, y lo encontramos doriotista.

Quería ser soldado de la revolución y se quedó con el espíritu de las Ligas de extrema derecha.

Él sabe eso, el jefe. Conoce demasiado bien su historia de Francia como para no saber algo de los caminos que está emprendiendo. Pero ya se aburrió. Tal vez no estaba tan enojado como parecía  y se le hizo el tiempo largo. “No son - dice textualmente- los jueces, policías, o los políticos quienes nos van a obligar a vivir de otra manera”. Entendamos: “He estado esperando demasiado tiempo los favores de los Mitterrand, Hollande y Jospin. Esos ancianos me despreciaron, por lo que decidí ir por mi cuenta”.

La hora llegó, sí, piensa él. Y se frota las manos. Incluso cuando sabemos que esta hora no será suya, sino la de los destructores de la República.