Hay que leer la carta Michel Onfray que publicó en su blog para Emmanuel Macron al día siguiente de su viaje presidencial a las Antillas, ya que circuló, la semana pasada, por todas las cadenas de información y las redes.  

Nos tenemos que obligar a leer hasta el final, hasta las náuseas, ese torrente de locuras elegantemente titulado: Carta a Manu sobre la habilidad de sus dedos y su trasero, donde solo se habla de “culos”, de “fist fucking”, y de un presidente de la república llamado “cariño”, y descrito como parte “del género” de los que “nos la meten muy profundo”. 

Y, si hay que leer esta infamia; si hay que superar el asco que suscita esta prosa infrecuentable -que literalmente te ensucia y envilece-; si hay que pasar el primer reflejo que es el de tratar de ignorar tanta vulgaridad, bajeza de alma y corazón, es porque hay un síntoma enorme y terrible que va más allá de la figura presidencial.  

Paso de Onfray, a quien conozco como si lo hubiera traído al mundo y al que tal vez, desgraciadamente, yo mismo creé. Porque es en mi editorial, Grasset, en la que publicó, hace treinta años, sus primeros libros.  

Paso de Onfray, a quien conozco como si lo hubiera traído al mundo y al que tal vez, desgraciadamente, yo mismo creé

Paso de la cuestión que atormenta a un editor cuando, tentado de rebobinar sus malas cintas, ve una propensión al resentimiento; una tendencia, muy de Bouvard y Pécuchet, a subirse en los hombros de los grandes pensadores universales para decirle a un público rehén y bautizado como “el” pueblo: “Platón, Hegel, Freud, los grandes teólogos y todo eso no valen nada. No se dejen intimidar”; es una forma de servidumbre, tal vez, a las grandes instituciones culturales a las que suplicaba reconocimiento. Pero eso no; no a esa homofobia; no a esa escatología digna de panfletos de alcantarilla. Yo paso, sí, de la ceguera que me hizo acoger a este hombre sin imaginar por un instante que algún día sería capaz, en el fuego del debate político, de decirle a un presidente, o a quien sea: “El dedo, se ve bien a quién le pertenece, pero el culo lo dudamos”.  

Entonces no insisto -porque esto sería darle demasiados honores- en la evolución de un “hedonista”, conocido por melenchonista y cortejado por el Frente Nacional, pues es uno de los que ha propuesto negociar con Daesh. Hoy me lo imagino en su pequeña nube todo contento de su petardeo y saltando, no como un cordero sino como un rocín, mientras repite: “Cometo verborreas como Céline… crudezas como Rabelais… con mi idea fija de un mundo dedicado a una sodomía generalizada. Yo soy el Sade de nuestros tiempos...”. El problema, en realidad, es triple

1.La transgresión de la ley de bronce del combate político en democracia: sí a la cólera que inspira, no al odio que ciega; sí a la irreverencia y a la sátira, no a la literatura de alcantarillas.  Atacar las ideas del adversario, especialmente si es el presidente, hay que hacerlo más de una vez - pero ¡no a su persona!, y todavía menos a su cuerpo o (en palabras de Onfray) a su “recto ciudadano”. 

2. Esta transgresión, según mi conocimiento sin precedentes, no viene de una Marine ni de un Jean-Marie Le Pen que, frente a tal avalancha de basura serían casi figuras debatientes de buen tono. Provienen del vocabulario castigado de un ensayista que se reclama jadis del socialismo francés y de los maestros de la libertad de pensamiento: al maná de Longuet y Jaurès, Diogenes y Swift, o a los Voltaire que el autor osa reclutar en su arreglo de cuentas despreciable. 

 Si nos parece normal, y gracioso referirse a un presidente de la república retratado con una “mano, mejor dicho, brazo en el culo”  entonces es todo el cuerpo social el que se encuentra cada vez más sucio y amenazado

3. El problema es que si dejamos que esto pase, si aceptamos sin reaccionar que un polígrafo por las redes sociales confunda “consideraciones políticas” y -siempre cito- “variaciones proctológicas”, si nos parece normal, y gracioso, o “bien enviado”, referirse a un presidente de la república  retratado con una “mano, mejor dicho, brazo en el culo” y “con una sonrisa radiante que da testimonio de su satisfacción”, entonces es todo el cuerpo social el que se encuentra, cada vez más violado, sucio y amenazado: es un presidente hoy, que hemos pretendido poner al descubierto- pero no importa quien mañana. Haga lo que haga, sufriría la misma violencia; esa violencia, por ahora, es simbólica, pero ¿no era la palabra “simbólico” la que usaban en la época en la que las camisas negras del fascismo nacían, y no menos obsesos que Onfray por esta idea de sodomizar el mundo, los fascistas perseguían a sus adversarios para purgarlos con aceite de ricino?

Hay en Internet y en la ciudad, un movimiento contra las personas que se preparan. 

Hay un rumor de cacería de elites, hombres de cultura y pensamiento, y minorías étnicas, religiosas y sexuales que gana volumen en nuestra sociedad. 

Y podemos ver cómo el ego grasiento de los que llamamos populistas podría terminar vengándose -pero, esta vez, de verdad- de los que los presentan como “populicidas”, es decir, asesinos del pueblo. 

Y bien, me arrepiento de ser el que lo tenga que decir, porque hubo un tiempo en que respetaba a Michel Onfray y le tendía la mano: pero ese llamamiento al asesinato que ruge, que espera su hora y que acumula todos los odios, racismos y simplismos es exactamente a lo que motiva un pequeño texto como este.

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EL CONTEXTO
El autor analiza la delgada línea que separa la sátira y la irreverencia de la “literatura de
alcantarilla” al hilo de la publicación en Francia de una explícita carta del filósofo Michel Onfray al presidente Emmanuel Macron. El polémico texto parte de una foto del jefe del Estado acompañado de dos jóvenes de San Martin en su reciente viaje a esa isla. En la imagen se ve a Macron posando sonriente y cercano mientras uno de los lugareños muestra el dedo anular haciendo una peineta. El provocador Onfray ha ido muy lejos al deslizar en su carta todo tipo de teorías: “Querido Manu. Me permito esta familiaridad por las fotos de las Antillas que te mostraban abrazando a un bello negro, cuerpo esculpido en prisión, reluciente de sudor tropical”, inicia la misiva. "El dedo corazón evoca el falo y los otros recogidos el escrotum", describe Onfray que no conoce límites en sus insinuaciones: "Un dedo en el culo. El dedo se ve bien a quien pertenece pero el culo se siente, si puedo decirlo así... ¿Es el tuyo? Asunto tuyo. Pero ese culo es el nuestro en tanto encarnas la soberanía popular...".

Con estas polémicas líneas, Onfray se ha granjeado multitud de críticas que le afean una actitud homófoba. “Si hubiera abrazado a una mujer habría dicho lo mismo”, se ha defendido. La instantánea también ha dado munición a buena parte de la oposición, especialmente a la ultraderecha liderada por Marine Le Pen. "Ni siquiera encontramos palabras para expresar nuestra indignación. Francamente, Francia no se merece esto. ¡Es imperdonable", escribió en su Twitter.

El presidente francés ha esquivado el percance subrayando que “no se saca nada de los discursos del odio”. Sobre la imagen de marras, Macron zanjó el asunto indicando: "Debemos dejar de pensar que no se puede sacar nada de nuestra juventud, porque es de color o porque en algún momento hicieron alguna tontería. Amo a cada niño de la República, sean cuales sean las tonterías que hayan hecho”.