Las revoluciones pueden suponer procesos políticos, económicos y sociales de incalculables costes. La revolución rusa que este año cumple un siglo implicó la muerte de millones de personas durante y después de la guerra civil que terminó con el imperio del zar Nicolás II. El investigador y especialista en innovación social alemán Peter Spiegel (Wurzburgo, 1953) plantea, sin embargo, otro tipo de revolución. La suya aspira a solucionar buena parte de los males del planeta, sin costes humanos: sólo el de un dólar la hora por trabajador.

“La Revolución de un dólar” se llama precisamente el libro que firma Spiegel junto al experto en comercio internacional Georgios Zervas (Die 1 Dollar Revolution, Ed. Piper, 2016), el último de la treintena de libros que ha escrito este sociólogo convertido en promotor de ideas e iniciativas para un mundo mejor. Ha sido asesor y responsable de organizaciones internacionales no gubernamentales, entre los que figuran grupos de reflexión internacionales que aúnan políticos, economistas, científicos y figuras de la cultura como el Club de Roma o el Club de Budapest. Sus opiniones constituyen también habituales consejos para el Gobierno alemán.

Su idea, asociada a una campaña internacional que llegó a España recientementea través de la página web de peticiones Change.org –y que apenas acumula 50.000 firmas , consiste en la instauración de un salario mínimo de un dólar la hora a nivel mundial. La medida supondría un cambio radical en países como Bangladesh. Allí la hora de trabajo alcanza un mínimo actual de apenas 30 céntimos de dólar, mientras en España es de 2,95 euros (3,13 dólares), correspondiente a una jornada de 8 horas y 14 pagas. Spiegel asegura que el salario mínimo de un dólar (0,93 céntimos de euro), puede sacar a 1.100 millones de personas de la pobreza y resolver, entre otros, el problema de la inmigración por motivos económicos.

El propio Spiegel presentó hace unas semanas la propuesta en Bruselas al presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker. Tras escucharle, “Juncker dijo a su secretaria: 'Por favor, haga usted todo lo posible para que esta idea esté mañana sobre mi escritorio, tengo que estudiarla de cerca'”, recuerda Spiegel en esta entrevista con EL ESPAÑOL en su despacho del Genisis, el instituto dedicado a la innovación social que dirige. Su oficina está a dos pasos de la Puerta de Brandeburgo, en pleno corazón de Berlín.

Los trabajadores de Bangladesh que usted pone como ejemplo han oído estos días esa afirmación según la cual los estadounidenses que votaron por Donald Trump lo hicieron en parte porque se sentían perdedores en la globalización. ¿Están en Estados Unidos o en Bangladesh los perdedores de la globalización?

En el mundo occidental no tenemos una buena representación de lo bien que están informadas las personas que viven en los países pobres. Hasta en la isla menos poblada existe hoy día, al menos, una televisión en la que se pueden ver programas de televisión estadounidenses. En países como Bangladesh llevan años preguntándose: “¿cómo es posible que haya tanta diferencia de niveles de vida?”.

Es muy peligroso que ahora con Donald Trump de presidente se popularice la idea de que la elección presidencial supuso una victoria para los estadounidenses perdedores de la globalización. Los perdedores están en Bangladesh. Ese desfase de la realidad en Occidente, que resulta inmoral, es peligroso porque anima a la radicalización.

Pero el sentimiento de los estadounidenses que votaron por Trump tiene una explicación.

Sí, los votantes del interior de Estados Unidos, los que en su mayoría votaron por Trump, se quedaron descolgados del crecimiento económico de su país. Evidentemente, estos estadounidenses no se comparan con los trabajadores de Bangladesh para evaluar su situación. Lo hacen respecto a las personas que viven en Nueva York, en Washington D.C. o en San Francisco.

Si se comparan las poblaciones de estos dos mundos, los del interior de Estados Unidos con los de las grandes ciudades ricas, las diferencias se han disparado. La mayoría de los votantes de Trump no son perdedores de la globalización. Son los perdedores de la desigualdad que acompaña a la globalización. Esto es muy diferente. La desigualdad va a ser el gran problema mundial de las próximas décadas.

Peter Spiegel defiende una globalización bien empleada para acabar con la desigualdad. Cedida

Ahora que parecen oírse con más fuerzas las voces de la antiglobalización, usted sigue creyendo en ese proceso. ¿Por qué?

La globalización no es el problema. La globalización, entendida como cooperación a nivel mundial, puede ser un modelo de éxito para la humanidad. Ahora mismo hay una parte de la humanidad que se ha beneficiado increíblemente de este proceso. Pero sólo lo han hecho unos pocos y ésto no tiene por qué ser así. No sólo tienen que beneficiarse unos pocos. Esto es una cuestión de reparto, de gestión. En último término, quienes ocupan los cargos en el poder pueden influenciar enormemente el proceso de globalización,a través de leyes o compromisos internacionales.

¿Que pasará si no se toman medidas contra la desigualdad en el mundo?

Si no hacemos nada, no podremos solucionar de ninguna manera otros problemas. Las democracias caerán, las economías también. Sería un auténtico horror. Por eso necesitamos soluciones, pero soluciones diferentes al odio a los extranjeros o el aislamiento.

Si no hacemos nada, las democracias caerán, las economías también. Sería un auténtico horror

Su solución es instaurar un salario mínimo de un dólar la hora a nivel mundial. ¿De dónde viene esta idea?

Es una solución que resulta de pensar en cómo luchar contra la desigualdad de manera sencilla. Cuando se habla de desigualdad, a menudo, quienes manejan la discusión la complican más que otra cosa. Y cuanto más se complica un debate, más fácil es manipular a la gente. La propuesta que hacemos Georgios Zervas y yo consiste en instaurar estándares sociales para los productos que, por ejemplo, compramos en Europa. Existen una gran cantidad de estándares medioambientales para los productos que consumimos en Europa. Pero no hay ninguno de orden social.

¿Significa esto que Europa debería liderar la revolución que usted plantea?

Nuestra propuesta es, en principio, que la ONU adopte esta idea como parte de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de 2030, con los que se comprometieron hace dos años 193 países. Este salario mínimo de un dólar la hora debe reconocerse como un derecho humano. Sin embargo, las instancias de la ONU necesitan muchísimo tiempo para introducir algo así. Lo razonable sería que la ONU lo implementara, pero es demasiado si algo así dura tanto como el acuerdo de París sobre el clima, que necesitó 23 años para formalizarse.

Por eso hemos pensado en una segunda opción, un camino más rápido. A saber, que la UE haga posible que los productos que se importan hacia aquí vengan de empresas que puedan probar que esos productos proceden de un trabajo pagado con salario mínimo de un dólar la hora. Europa es el primer mercado del mundo. Las empresas no pueden ignorar el mercado europeo.

La UE debería posibilitar que los productos importados vengan de empresas que puedan probar que esos productos proceden de un trabajo pagado con salario mínimo de un dólar la hora

¿Pueden de verdad costear las empresas en los países pobres la remuneración de ese salario mínimo?

En la UE hay muy pocos países sin salario mínimo [Austria, Finlandia, Chipre e Italia, dentro de la zona euro; Suecia y Dinamarca, por su parte, no utilizan la moneda única, ndlr.]. En otros, como Alemania en 2015, se instauró después de grandes discusiones en las que hubo señales de alerta. '¡Pone en peligro la economía!', '¡Se perderán puestos de trabajo!', decían los detractores. Todo eso son pamplinas. A partir del momento en que se introdujo el salario mínimo, el paro comenzó a bajar y el crecimiento económico a subir. Además, la medida que proponemos es neutral para la libre competencia.

¿A qué se refiere?

Que se aplicaría a todas las compañías que importan a Europa. Que aquellas que no la apliquen, no podrían importar a Europa. Algo así ya ha funcionado con los estándares medioambientales de la UE. En su día, éstos generaron mucho debate. Pero desde hace años no se habla de ellos. Precisamente porque son estándares neutrales para la libre competencia.

En Alemania, unos buenos vaqueros cuestan del orden de 69 euros. Pagando a quienes los hacen un dólar la hora, el precio subiría a 70,30 euros. La diferencia es casi imperceptible para el consumidor

Pero los precios de los productos fabricados con ese salario mínimo subirían, ¿no es así?

Sí, pero lo harían tan poco que el consumidor no lo notaría.

¿Me puede poner un ejemplo?

En Alemania, unos buenos vaqueros cuestan del orden de 69 euros. Pagando a quienes los hacen un dólar la hora, el precio subiría a 70,30 euros. La diferencia es casi imperceptible para el consumidor. Pagaríamos más sí, pero esto no cambiaría nuestros estándares de vida. Sin embargo, en los países donde se aplicaría generaría resultados enormes.

Dice usted que esta idea es neutral para la libre competencia. ¿Es neutral para la política?

De aplicarse, en Bangladesh, por ejemplo, permitiría al Estado recaudar más impuestos, algo que repercutiría positivamente en el sistema de salud y en el sistema educativo. Desde el punto de vista europeo, ayudaría a resolver el problema de la inmigración económica. Ésta se puede resolver mucho mejor con este tipo de medidas, en lugar de utilizar muros como el que Donald Trump dice que va a construir con México.

Con medidas como el salario mínimo como el que proponemos se pierde el interés por la guerra

Dice usted que ese salario mínimo sería una solución frente a las guerras en el mundo. ¿Sería una solución para todos los conflictos armados?

Puede haber infinidad de motivos para que un conflicto desemboque en una guerra. Algunos no tienen nada que ver con la posibilidad de instaurar un salario mínimo. Pero cuando hablamos de conflictos económicos, sí. Porque supondría una mejora en los niveles de vida y en las perspectivas de la gente. Con un trabajo y una situación mejor en la vida que ofrezca perspectivas, se puede mandar a los niños al colegio, por ejemplo. Con medidas como los microcréditos o un salario mínimo como el que proponemos se pierde el interés por ir a la guerra.

La gran mayoría de los refugiados que huyen de la guerra van a países pobres vecinos en las regiones en conflicto. ¿Exageran en Europa los que hablan de 'tsunami' de demandantes de asilo?

Cuanto menor es el número de personas que uno conoce de otra cultura mayor es el miedo que se tiene a las personas de esa otra cultura. Es una tarea política y social aprender sobre los extranjeros. La gente debe aprender a lidiar con ese desconocimiento y salir de esa ignorancia. Es un proceso.

Cuando uno mira en los últimos cincuenta o cien años, los países que más han crecido económicamente son los países que más abiertos se han mostrados, empezando por Estados Unidos

La victoria de Donald Trump, el triunfo del 'leave' (irse) en el referéndum sobre el 'brexit', el auge de la extrema derecha y del nacionalismo en Occidente pueden restar vigencia a soluciones globales como la que usted plantea. Han ganado fuerza el aislacionismo y el regreso a las fronteras nacionales.

El aislacionismo es una mala solución. Cuando uno mira los últimos cincuenta o cien años, los países que más han crecido económicamente son los países que más abiertos se han mostrado, empezando por Estados Unidos, pero también Singapur, entre otros. En Singapur, la media de ingresos por persona se ha multiplicado por cien en los últimos setenta años. Ningún país logrará mantener su nivel de vida cerrándose al resto del mundo.

¿Qué le pasa a los países que deciden aislarse?

Ahí está el ejemplo del bloque soviético, que durante años estuvo aislado del mundo. No puede decirse que ganara mucho con esa política. Dentro del bloque soviético, los países que buscaron abrirse un poco más, como Hungría o Yugoslavia, eran los que mejor rendían económicamente. Ahora, sin ir más lejos, hay ejemplos de la desestabilización que entraña el buscar aislarse. En Escocia ahora quieren dejar el Reino Unido como consecuencia del 'brexit'. En California, tras la elección de Donald Trump, los hay que quieren independizarse de Estados Unidos.

Los aislacionistas no son los únicos que se resisten a creer en su idea, ¿no es así?

Estoy esperando que ataquen la idea los economistas de la escuela neoliberal. Son los que dicen que no hay que intervenir y dejar a la economía funcionar sola, sin intervención de ningún tipo, y por tanto, que los salarios sólo los debe fijar el mercado. La influencia de estos economistas todavía es relativamente grande. Entre los políticos, los hay que tienen miedo a nuevas ideas. Pero, en Alemania, por ejemplo, se observa que Martin Schulz, el candidato socialdemócrata para ser canciller, está en alza en los sondeos porque está hablando todo el tiempo del tema de la desigualdad.

En los partidos, la gente inteligente se ha dado cuenta de que hay que abordar este tema, por el bien de las propias sociedades europeas y también por las del resto del mundo. Gerd Müller, ministro para la Cooperación Económica y Desarrollo y miembro de la conservadora Unión Socialcristiana de Baviera, está promoviendo ahora la idea de lanzar un Plan Marshall con África. Él me dijo, aludiendo al salario mínimo de un dólar la hora: 'yo necesito este tipo de ideas'. También me he entrevistado con Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea. Su reacción tras escucharme fue decirle delante de mí a su secretaria: 'Por favor, haga usted todo lo posible para que esta idea esté mañana sobre mi escritorio; tengo que estudiarla de cerca'. Hay posibilidades de que se ponga en marcha.

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