Orlando (Florida)

Era una noche de sábado tranquila en la sala de emergencias del hospital Orlando Regional. No había ningún paciente en la sala de espera, algo inusual. Unas horas después de la medianoche, los médicos comenzaron a escuchar las sirenas de las patrullas de policía.

 

“No sabíamos si era algo que nos iba a tocar a nosotros y entonces escuché a uno de mis residentes decir que teníamos que ir a la sala de traumas porque había alguien con una herida de bala”, recuerda Katheryn Bandani, de 30 años, una de las médicos a cargo esa noche.

 

Cuando Bandani llegó a la sala, ya había tres heridos. Un rato después, serían 44.

 

“Fue caótico”, sintetiza. “Tratábamos de trabajar tan duro y rápido como podíamos en cada paciente porque seguían llegando, y llegando, y llegando, y llegando”, describe Bandani, durante una charla después de una rueda de prensa en el hospital.

 

Los heridos de la masacre de la discoteca Pulse tuvieron "suerte". No sólo sobrevivieron al brutal ataque de Omar Mateen, que acribilló a 49 personas con una pistola y un rifle de asalto AR-15 esa noche; además, la tragedia ocurrió cerca del único hospital en el área con un centro de trauma “nivel 1”, capaz de brindar la mejor atención en el menor período de tiempo posible. Bandani y sus cinco residentes, incluidos cuatro que se graduarán en unas semanas, fueron los primeros en atenderlos.

 

Algunos de los pacientes podían hablar, pero otros apenas estaban con vida. La mayoría tenía daños en el abdomen y más de una herida. En segundos, Bandani y el otro médico de guardia, Harris, debían decidir qué hacer con cada herido.

 

“¿Están hablando? ¿Están despiertos? ¿Pueden interactuar con nosotros? Eso es lo primero. Después hay que ver dónde están las lesiones. Si son abdominales, son mucho más graves. Luego, los signos vitales, ¿cuál es la presión arterial?, ¿y el ritmo cardíaco?, ¿cuánta sangre pierden? Ahí tomas una decisión, y después ves. La escena era terrorífica”, continúa.  “No he visto una sola persona que tuviera sólo una herida”, puntualiza.

 

Los residentes y las enfermeras estuvieron a cargo de los primeros auxilios: colocar las llamadas “líneas centrales”, para las transfusiones de sangre, inyectar suero y tubos al pecho para evacuar el aire de los balazos y respiradores artificiales.

 

Thomas Smith, un residente de 29 años oriundo de Nueva Jersey que terminará su estancia en el hospital en unas semanas, dijo que nunca había visto nada igual. El Orlando Regional está acostumbrado a tratar casos serios de personas que han sufrido heridas de bala o accidentes automovilísticos. Pero la cantidad de pacientes y la rapidez con la que llegaron después de la masacre fue algo inédito.

 

“Era algo que vemos, pero no así, no en ese volumen ni a ese ritmo”, describe Smith. Las heridas, además, eran gigantescas. “No estamos acostumbrados a ver heridas de un rifle de asalto. La herida en el lugar donde entró la bala puede ser pequeña, pero la herida de salida puede tener el tamaño de un puño”, describió.

 

Poco después de las dos de la mañana, William Havron, uno de los cirujanos del hospital, acababa de darle el biberón a su hijo, Hollis, que apenas había nacido el martes anterior. Lo puso en la cuna, lo durmió, y entonces sonó su teléfono. “Tienes que venir”, le dijo otro cirujano, Cadwich Smith. En unos minutos, estaba en el hospital.

 

Nueve cirujanos operaron esa noche a los pacientes más críticos. Havron trabajó en seis cirugías distintas. “Estuve toda la noche en salas de cirugías”, resume. Havron hace una pausa antes describir todo lo que vio. Le cuesta describir la destrucción con la que se ha topado:

 

“Cuando alguien dispara con un rifle de asalto AR-14, AR-15 o lo que sea, a alta velocidad, la lesión que se ve es devastadora. Es una de las cosas más horripilantes que se puedan imaginar. Horrible. Uno se pregunta cómo alguien puede hacerle eso a otro ser humano. Uno ve grandes agujeros por todos lados. Algunas de las heridas son como un dedo, pero otras son gigantescas”, cierra, dibujando en el aire un círculo del tamaño de un pomelo con sus dos manos para dar una idea de la envergadura del daño.

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