Nur es una niña siria que va camino de cumplir cinco años. Nunca ha ido a la escuela, pero tiene un gran proyecto de vida. “Quiero ser la persona más mayor del mundo, quiero tener 200 años diez veces”, dice sonriente. Nur vive con sus dos hermanos y sus padres en un gimnasio que sirve de improvisado campo de refugiados en el distrito de Charlottenburg-Wilmersdorf, al oeste de Berlín.

Nur lleva meses allí con su familia y otras casi 200 personas. La mayoría de ellas son adultas, pero también hay una treintena de niños y adolescentes. Proceden en su mayoría de Siria, Irak y Afganistán, pero también los hay de Moldavia y Palestina.

En el gimnasio donde viven Nur y su familia no hay intimidad. Es un gran cuarto donde se ven obligadas a convivir decenas de personas en condiciones precarias. El padre de Nur, por ejemplo, se queja en la puerta del gimnasio de que “el interior del lugar está sucio”, algo que “no está bien para los niños”. Está preocupado y ha salido del edificio para fumar un cigarrillo. Dice estar “pensando en volver a Turquía”. “Alemania no están siendo buena con nosotros”, lamenta.

El padre de Nur, como todos los residentes en este improvisado campo de refugiados, está a la espera de que las autoridades les atribuyan un hogar en el que vivir. Son más habituales, sin embargo, los traslados a otros campos de refugiados que son mejores que este gimnasio. Berlín, ciudad-estado cuyas autoridades han dado muestras en más de una ocasión de haberse visto superadas por la crisis generada por la llegada masiva de demandantes de asilo, acogió en 2015 a casi 80.000 personas en esta situación.

Para este año, la previsión es que el número alcance los 60.000. Sólo el año pasado, Alemania recibió 1,1 millones de refugiados. Entre ellos hay una elevada proporción de menores. Según cifras de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), un 40% de quienes escapan de sus países para pedir asilo son niños o adolescentes.

“Los refugiados están esperando como si estuvieran en el limbo”

Esperar, es lo que hacen a diario los refugiados del gimnasio donde acampan Nur y su familia. “Están como si estuvieran en el limbo”, dicen quienes conocen la rutina de estos solicitantes de asilo. Para ocuparse, los menores cuentan con las actividades que organiza una persona contratada para ese fin. Pero todo ocurre en la sala del gimnasio, salvo cuando hay prevista una excursión o cuando llegan a la una del medio día para recoger a los niños los voluntarios del Hutto Project, un proyecto que lidera la joven estadounidense Kate Eberstadt.

A sus 24 años, esta artista multidisciplinar originaria de Nueva York, vino a Berlín con la intención de formar un coro de niños refugiados. Partía de cero, pero gracias a un Crowdfunding y a la Cruz Roja de Alemania, que ha cedido una habitación de unos despachos cercanos del campo de refugiados donde viven Nur y su familia, Eberstadt y su equipo llevan ya un par de meses trabajando con los niños del gimnasio. “Tenía que hacer un coro, pero me vi en la necesidad de poner en marcha un espacio donde se pueda aprender”, explica Eberstadt.

Ensayo del Coro de Huttho Project S. Martínez

El ensayo del coro tiene como objetivo primigenio hacer música de forma conjunta. Sin embargo, constituye para estos niños una oportunidad para aprender a estar en clase y para hacer cosas como escuchar, aprender u obedecer a alguien. También se les enseña a explicar lo aprendido a los compañeros. “Aprenden también cosas básicas como que no se puede pegar al compañero”, abunda la fundadora del Hutto Project. En el gimnasio, la convivencia no siempre es fácil. “Si dos padres se enzarzan allí, los niños luego traen esas peleas a la clase”, asegura Eberstadt. Las clases del coro tienen lugar tres veces por semana.

NIÑOS VÍCTIMAS DE GUERRA

Nur y los otros cuatro niños que han venido al ensayo del coro este mediodía no han estado nunca en una escuela o en una guardería. En Europa, eso hace de ellos niños algo especiales. Pero Nur y el resto lo son, además, porque han sobrevivido con sus padres a un viaje a Europa que se ha cobrado miles de vidas. Cruzaron el mar Egeo para desembarcar en el 'Viejo Continente'.

Luego “atravesaron la ruta de los Balcanes a pie, en coche, en autobús, en lo que sea”, dice a este periódico Iyad, un voluntario sirio de 24 años con un visado de estudiante que hace las veces de traductor al árabe de las instrucciones en inglés que da Eberstadt. “Por el viaje, y por lo que vivieron en sus países, estos niños tienen ahora un montón de problemas de atención, para concentrarse, ninguno es capaz de hablar de todo eso que han vivido”, asegura.

Minra en el Hutto Project S. Martínez

Eberstadt, quien disfruta de una relación cercana con los niños y sus padres, sí que ha escuchado las historias de estos menores. “La mayoría de ellos viajaron sin parar 45 días para venir hasta aquí, dejaron sus países con sus padres porque en sus lugares de origen no estaban seguros, les han pasado cosas terribles, algunos niños son víctimas de quemaduras de guerra”, expone Eberstadt. “Otros cuentan, por ejemplo, 'a mis tíos los mataron los Talibán' o 'cuando estaba en Turquía vi a dos personas sobre un caballo y de repente el caballo cayó por un precipicio'”, añade. Los hay que han visto a gente morir delante suya en plena guerra.

“En ocasiones los niños tienen aquí momentos en los que reviven traumas”

Nada de esto suele aflorar en las tres horas que dura hoy la sesión con “Kate”, que es como llaman los niños a la neoyorquina que lidera el Hutto Project. Aunque hay momentos en los que sí. Idriss, un niño afgano de unos seis años, pasada la hora y media de actividades con Eberstadt y compañía, parece cerrarse en banda. No tiene ganas de trabajar más, se sienta en una silla, cruza los brazos y su mirada da buena cuenta de que su mente ha dejado de estar en clase.

“En ocasiones los niños tienen aquí momentos en los que reviven traumas y cuando eso ocurre, les digo que vayan a dar un pequeño paseo acompañados”, cuenta Eberstadt tras el ensayo en una pizzería cercana al gimnasio. Allí se ha reunido con su equipo, compuesto por siete personas y que las contribuciones de voluntarios. “Hoy con Idriss hubo un atisbo de eso, y su caso es bastante severo y puede acabar en situaciones muy intensas, por eso le invité a salir, a dar un paseo, a respirar y hacer algo para que siga en movimiento, para que no caiga y vaya hasta el fondo de esos traumas”, añade la artista estadounidense.

Salvo esos quince minutos en los que Idriss no estuvo participativo, él fue uno de los más activos. Tocó largo rato la pandereta e hizo percusión con su cuerpo. “¡Tiki Ta!”, gritaba para marcar las notas de las que era responsable, dos corcheas y una negra. El episodio de Idriss en clase recuerda a la evolución de una niña de la que habla con gusto Eberstadt. Cuenta la artista estadounidense que esa niña pasó el inicio de su primer día de ensayo escondiéndose debajo de las sillas. Luego, a medida que fueron avanzando las actividades, comenzó a hablar, pero sólo susurrando. Al final, terminó la clase cantando.

MÚSICA DE COCOROSIE



La canción que ensayan los niños es una composición elaborada con la ayuda de Sierra Casady, integrante del grupo estadounidense de música alternativa CocoRosie. Aprovechando una reciente gira por el Europa, Casady hizo una visita de una tarde al Hutto Project para componer una canción cuya letra son las palabras favoritas de los niños con los que se encontró en las instalaciones de la Cruz Roja alemana. Hay palabras en kurdo, árabe, farsi y ruso. Esas lenguas representan a los seis diferentes grupos étnicos a los que pertenecen los menores refugiados del gimnasio.

En realidad, son dos los lenguajes que más utilizan los cinco niños y los otros tantos adultos que hoy han acudido al ensayo. Uno es la música. El otro es el inglés. Eberstadt se dirige a los niños en su lengua materna, aunque cuando de verdad tiene que ganarse la atención plena de todos, interviene Iyad, el intérprete sirio. Aún así, cuando los niños ven aparecer los instrumentos de percusión, todos dicen “¡me!, ¡me!, ¡me!” (“yo, yo, yo”, ndlr.). Al inicio de la clase, hay un ritual de presentación en el que los participantes del ensayo saludan y escriben su nombre sobre una pizarra de papel en su lengua materna o con alfabeto gótico.

ALEMANIA NECESITA 20.000 PROFESORES

Los ensayos del Hutto Project, convertido por exigencias del guión en un proyecto educativo, es lo más parecido a una clase de una escuela que estos menores van a conocer en un futuro inmediato. A las autoridades germanas, en Berlín y en el resto de Alemania, les cuesta meses hacer posible que los niños refugiados sean escolarizados.

A principios de año se calculó que es preciso emplear a 20.000 profesores suplementarios en el sistema educativo alemán para satisfacer la demanda que ha supuesto la llegada de los menores refugiados. Las inversiones necesarias para hacer frente a este desafío alcanzan los 2.3000 millones de euros.

Entre tanto, ya hay menores que han perdido dos años de escolarización. Como mínimo, la treintena que han podido conocer a “Kate” y su Hutto Project ya saben lo que es una clase. Podría decirse que menos es nada. Pero así es como estos niños aprenden, de momento, a ir a clase. Así están empezando su nueva vida en Europa.

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