Turquía

Turquía libra tres guerras simultáneas: contra el terrorismo doméstico, contra los separatistas kurdos dentro de sus fronteras y contra el PKK en Irak y las guerrillas kurdas del YPG en Siria, que Turquía equipara al PKK y por lo tanto considera terroristas. Un estado de excepción permanente que fortalece al Presidente Erdogan, a quien además la Unión Europea acaba de dar patente de corso por la cuestión de los refugiados.

La constante modernización de las Fuerzas Armadas turcas y su condición de miembro de la OTAN -es la segunda mayor fuerza miltar de la Alianza Atlántica después de los Estados Unidos- hacen que Turquía pueda luchar en varios frentes a la vez. El más importante de los tres es, sin duda, el terrorismo doméstico, que se ha cobrado ya la vida de varios turistas extranjeros –diez alemanes en el atentado acaecido el

11 de enero en la céntrica plaza de Sultán Ahmet, así como tres israelíes y un iraní en el último atentado registrado el pasado 19 de marzo en la concurrida calle de Al Istiklal, ambos en Estambul.

Después de haber sido acusada durante los últimos años de hacer la vista gorda –si no de apoyar abiertamente con armas y suministros– al Estado Islámico (EI) dado que éste combatía contra el régimen de Bashar al Asad en la vecina Siria, estos atentados suicidas contra extranjeros muestran cómo Turquía ha pasado también a ser objetivo de

los yihadistas.

No obstante, el EI no es la única organización que ha golpeado el corazón de las principales ciudades turcas. También las organizaciones kurdas PKK y TAK lo hacen, aunque suelen atacar más objetivos militares que civiles. De hecho, el TAK reivindicó los dos atentados más letales, ejecutados en la capital Ankara contra vehículos de transporte de personal militar y funcionarial, matando a 30 personas el 17 de febrero y a otras 37 el 13 de marzo, con un mismo modus operandi: detonando los explosivos introducidos en vehículos que dirigían contra autobuses gubernamentales.

La cuestión kurda

Los otros dos frentes de lucha para Turquía emanan de la falta de voluntad o de capacidad para resolver la cuestión kurda. Tras décadas de conflicto en el Kurdistán uno de los principales reclamos electorales del Partido Justicia y Desarrollo (AKP) cuando subió al poder en 2002 fue precisamente la pacificación del Kurdistán. Y de hecho durante su segundo mandato como primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, puso en marcha un proceso de paz que, sin embargo, colapsó poco antes de las elecciones legislativas del 7 de junio de 2015, que también se vieron ensangrentadas por sendos atentados registrados antes y después de los comicios.

El 5 de mayo de ese año estallaban dos artefactos en un mitin electoral del Partido Democrático de los Pueblos (HDP) -que defiende los intereses kurdos- en Diyarbakir, acabando con la vida de cuatro personas, mientras que el 20 de julio un suicida vinculado al Estado Islámico se hacía estallar en un acto izquierdista pro-kurdo y provocaba 34 muertos en Suruç, provincia de Sanliurfa.

“En realidad Erdogan no tenía intención de resolver el conflicto kurdo, sino que instrumentalizó el proceso de paz para recabar votos y apoyos para el AKP, pero cuando se dio cuenta de que éstos migraban hacia el HDP entonces puso fin al proceso y retomó la ofensiva contra los kurdos”, denuncia el experto del Instituto de Contra-Terrorismo de Herzliya (ICT) en Israel, Ely Karmon. En su opinión “esto es parte de su doctrina fallida de mantener relaciones de buena vecindad con los países aledaños, con los que ha terminado enfrentado también por la cuestión kurda, como es el caso de Siria e Irak”, continúa.

El Ejército turco se encuentra inmerso en toda una campaña militar contra los separatistas de la parte sureste del país, en cuyas ciudades –entre las que destaca Diyarbakir– ha entrado haciendo uso de tanques, blindados y ametralladoras pesadas, matando a varios centenares de militantes kurdos. Estos a su vez han acabado con la vida de decenas de soldados y agentes de policía haciendo uso de coches bomba, francotiradores y lanzagranadas. Toda una guerra de guerrillas que está pasando más desapercibida de lo que pudiera esperarse ante la opinión pública internacional.

Si la ofensiva dentro de sus fronteras ha sido terrestre, fuera de éstas tiene lugar en forma de bombardeos regulares por parte de la fuerza aérea turca, que lleva meses atacando posiciones del PKK en el norte de Irak y del YPG en el norte de Siria, provocando un constante goteo de muertes entre los guerrilleros de estas organizaciones.

“Turquía aprovecha su condición de miembro de la OTAN y de los bombardeos de otros aliados en Siria e Irak –especialmente de Estados Unidos– para dar cobertura a sus ataques contra el PKK e YPG”, señala Karmon.

Guerra fría contra Rusia

El derribo de un cazabombardero ruso por parte de interceptadores turcos acaecido en la frontera con Siria el pasado mes de noviembre ha colocado a ambos países en una situación de tensión máxima “en la que el ejército turco opera con cuidado de no volver a atacar objetivos rusos para evitar una confrontación bilateral y donde los rusos también se guardan de atacar a aviones turcos, lo que podría provocar

una confrontación mayor con la OTAN”, explica el experto en contra-terrorismo del ICT.

Además, la férrea personalidad y el egocentrismo de sus respectivos presidentes –Erdogan y Putin– probablemente hacen que las posiciones pudieran enrocarse más todavía, apunta Karmon. “En cualquier caso, creo que a pesar de sus declaraciones públicas después actúan de forma muy cauta en el terreno militar, especialmente a partir de que Rusia comenzara a coordinar con EE.UU. sus bombardeos contra el Estado

Islámico”, concluye el analista. En cualquier caso Putin ha pedido a los rusos que no viajen a Turquía (unos 4 millones visitaron el país en 2015) lo que ha llevado a la cancelación de reservas y a la correspondiente merma del turismo foráneo.

Mientras que las relaciones bilaterales entre Turquía y Rusia siempre han sido tensas, ahora también repercuten negativamente sobre las que mantiene con otros tradicionales aliados de Moscú en la zona, como son Grecia y Chipre (que disputa la exploración y explotación de los yacimientos de gas de la zona con la parte turco-chipriota de la isla). Mas la crisis de los refugiados sirios y la firma del acuerdo

de repatriaciones entre Turquía y la UE obligan al acercamiento de posiciones y al eventual entendimiento entre Ankara, Atenas y Nicosia.

A este conflicto triangular se ha añadido también Israel, que igualmente reclama sus derechos de prospección y explotación de los recursos submarinos descubiertos bajo el Mediterráneo Oriental. En este caso, si bien las relaciones entre Turquía e Israel fueron

estratégicas durante décadas –a partir del adversario común que representaban los países árabes– el abordaje violento del Mavi Mármara y de la llamada Flotilla de la Libertad en mayo del 2010 llevó a otro enroque diplomático entre Ankara y Tel Aviv, que cuando se cumplen ya casi seis años de distanciamiento parece que está a punto de desbloquearse.

A fin de cuentas ambos países mantienen intereses comunes. Otra cuestión es si el primer ministro Netanyahu está dispuesto a hacer las concesiones exigidas por el presidente Erdogan para suavizar el bloqueo que mantiene sobre la Franja de Gaza, algo que por otro lado le podría ayudar a prevenir una nueva guerra contra la milicia

islamista Hamás.

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