Lisboa

Portugal está de fiesta. Este miércoles Marcelo Rebelo de Sousa, el carismático catedrático de Derecho y omnipresente tertuliano televisivo, jurará el cargo de presidente de la República y la capital lusa celebrará la toma de posesión del nuevo jefe del Estado por todo lo alto.

La ceremonia formal consistirá en la tradicional entrega floral en la tumba del legendario poeta Luís de Camões y un almuerzo de Estado al que acudirá el Rey Felipe VI. Y además están previstos varios festejos populares, como un concierto en la Plaza del Municipio con la fadista Mariza y el rapero angoleño Anselmo Ralph.

El jueves continúan los actos oficiales con recepciones diplomáticas en el Palacio de Ajuda, y el viernes por primera vez se celebrará la toma de posesión en Oporto, donde el nuevo presidente visitará barrios marginales y asistirá a una competición de hip-hop. 

Con tanto espectáculo, pocos notarán la retirada definitiva del presidente saliente, Ánibal Cavaco Silva, el político que llegó a definir una etapa de la historia lusa con su propio apellido, y que hoy va camino del olvido rechazado por el pueblo que le aupó desde una aldea polvorienta del Algarve a la cúspide del país.

Es el fin desgraciado de un político que, en su momento, representó las mejores ambiciones de los lusos tras la Revolución de los Claveles pero que, debido a su incapacidad de adoptarse a los nuevos tiempos, ha acabado por su atropellado por la historia.

La estrella de la joven democracia

Hubo un tiempo en el que Cavaco Silva representaba a la Portugal pujante después de la caída del salazarismo. Hijo de comerciantes del pueblo de Boliqueime, había logrado superar las condiciones tercermundistas del Algarve de mediados de siglo y, con considerable esfuerzo, consiguió una beca de la Fundación Gulbenkian para educarse en Lisboa.

Se había doctorado en Reino Unido, y luego vuelto a Portugal, convertido en un respetado catedrático de Economía. Cuando fue llamado a ser ministro de Finanzas en el Gobierno de Francisco Sá Carneiro en 1981, y aún más cuando inesperadamente fue elegido líder del conservador Partido Social Demócrata en 1985. Muchos vieron en él un evidente ejemplo a seguir.

Su prestigio aumentó con sus siguientes victorias electorales, que le llevaron a ser primer ministro durante una década y dieron lugar al cavaquismo que define el Portugal de los 80 y 90: el gran movimiento tanto conservador como modernizador que llenó al país de grandes infraestructuras y en el que la economía nacional parecía crecer sin parar.

“Cavaco Silva destacó por ser un conservador clásico en tiempos de buenos resultados económicos”, explica Nuno Garoupa, presidente de la Fundación Francisco Manuel dos Santos, dedicada al estudio de la realidad lusa.

“Era un producto de esos tiempos, orgulloso de ser un provinciano venido a más. Nunca fue aceptado por las élites de Cascáis, pero su conservadurismo era otra cosa, algo más en línea con el nacionalcatolicismo español que con el thatcherismo. Era una especie de caudillo de la Derecha, algo Gaullista, fervientemente anticomunista. Consideraba que la izquierda no sólo estaba equivocada, sino que suponía un peligro para el Estado”.

El cavaquismo también se caracterizó por el europeísmo: el primer ministro socialista Mário Soares fue quien consiguió la entrada de Portugal en la Unión Europea, pero Cavaco fue quien gestionó los fondos que llegaban de Bruselas y quién más hizo para conseguir la adhesión lusa al euro. El éxito de sus políticas le granjearon la adoración del pueblo, y tanto en las elecciones de 1987 como en 1991 consiguió más del 50% de los votos.

La crisis económica europea de mediados de los noventa provocó su salida del Gobierno, y los malos resultados en las únicas elecciones que perdió –las presidenciales de 1996, que fueron ganadas por Jorge Sampaio– le llevaron a apartarse del mundo de la política por un tiempo, resumiendo su vida académica.

Sólo fue en 2004, cuando el entonces primer ministro José Durao Barroso desató una crisis política al aceptar ser nombrado presidente de la Comisión Europea, que Cavaco se replanteó volver a escena, volviendo a presentarse como candidato a la presidencia.

Esta vez su triunfo fue rotundo. Visto como una alternativa “estable” para el país, consiguió más del 50% de los votos frente a candidatos de la izquierda como el opositor salazarista Manuel Alegre, el histórico líder comunista Jerónimo de Sousa, y el eterno rival y expresidente socialista Mário Soares. Su primer mandato pasó sin grandes penas ni glorias, y cuando optó por la reelección en 2011 de nuevo consiguió una mayoría absoluta de los votos escrutados, aunque la abstención sería del 53,48%.

Cinco años más tarde, Cavaco Silva ha pasado de las mayorías absolutas de antaño al desprecio público más absoluto. La última encuesta SIC/Expresso indica que el presidente saliente es el político “menos querido entre los portugueses”, con una valoración negativa de -13,2 puntos. Los editoriales de los principales periódicos nacionales celebran su salida. Pero ¿qué provocó el divorcio entre el político histórico y el pueblo que llegó a votarle en masa?

El presidente ‘inactivo’

“El presidente luso tiene ciertos poderes constitucionales, entre ellos la obligación de ser como el Rey en España, un jefe de Estado que busca puntos de encuentro entre las partes. Como presidente, Cavaco nunca consiguió hacerlo”, explica Garoupa. “En vez de utilizar su posición para actuar como un negociador neutro, Cavaco llegaba con una idea preestablecida de quién tenía razón, por lo que terminó por no poder actuar como esa fuerza unificadora… Y al verse frustrado en los intentos, después del primer año de su mandato, simplemente dejó de intentar hacerlo. Pasó a ser un presidente inactivo, ausente”.

Ejemplos de la filosofía de laissez-faire adoptada por el presidente de la República abundan durante su década en el cargo. En 2013 el entonces ministro de Defensa, Paulo Portas, inesperadamente presentó su dimisión y amenazó con romper la coalición de Gobierno formada entre su partido –el Centro Democrático Social (CDS)– y el Partido Social Demócrata (PSD) del primer ministro Pedro Passos Coelho. La situación no podría ser más adecuada para la intervención del presidente de la República. Pero Cavaco Silva ya tenía planes –ir de visita oficial a la isla de Madeira–, y se marchó. “Era como si no fuera con él”, dice Garoupa.

Paradójicamente, aunque Cavaco Silva no intervenía directamente en los asuntos políticos, no se resistía a opinar sobre ellos y dejar claro sus afinidades. “Históricamente, los presidentes de la República han roto con sus partidos e intentado marcar un perfil neutro”, explica Jorge Reis Novais, profesor de Derecho de la Universidad de Lisboa. “Notablemente, él ha sido una excepción, y no le importó mostrar su afinidad hacia las políticas de Passos Coelho y la derecha. Más recientemente incluso llegó a opinar sobre el proceso de las elecciones legislativas, apelando a los electores para que votaran a favor de un Gobierno de amplia mayoría, algo que muchos interpretaron como una apelación a favor del anterior Ejecutivo”.

El resultado, explica Garoupa, es que “tienes a un presidente que rehúsa actuar como fuerza neutra en la práctica, y se muestra incapaz de hacerlo a nivel ideológico también. Durante su segundo mandato estos factores fueron decisivos en su desprestigio”.

Víctima de su propia filosofía

Pero el asunto clave en la caída en picado de la popularidad de Cavaco Silva al final de su mandato ha sido su actuación en el contexto de la crisis política que se vivió en Portugal este pasado otoño, cuando las elecciones legislativas resultaron en un parlamento completamente fraccionado. Aunque la coalición conservadora del PSD y el CDS sumó el mayor número de votos, se quedó a siete escaños de la mayoría parlamentaria y sin opciones para pactar con otros grupos. Entretanto, el Partido Socialista, el marxista Bloque de Izquierda y los diputados del Partido Comunista Portugués mostraron su disponibilidad para formar una alianza dentro del hemiciclo para facilitar un Ejecutivo de la Izquierda. Dado que en Portugal sólo el jefe del Estado puede nombrar el Gobierno, el papel de Cavaco Silva era decisivo.

El presidente tenía tres opciones: encargar Gobierno a Passos Coelho, sabiendo que no conseguiría el apoyo del parlamento y que estaba condenado al fracaso; entregar el Ejecutivo al líder de los socialistas, António Costa, y facilitar un Gobierno de la Izquierda; o podía nombrar un Gobierno de Iniciativa Presidencial, según el cual podía elegir a quien quisiera como nuevo primer ministro.

“Cavaco Silva ya se había autolimitado. Durante tres años había defendido una presidencia minimalista, y argumentado que los gobiernos de iniciativa presidencialista eran contrarios a la Constitución. En realidad tenía dos opciones: nombrar a Passos Coelho, o dar el gobierno a una izquierda que él consideraba peligrosa por el mero hecho de incluir al Partido Comunista entre quienes la sustentaban”, explica Garoupa.

Al final, el presidente optó por encargar Gobierno a Passos Coelho en una decisión que fue interpretada como enormemente partidista, y ocurrió lo inevitable: el conservador, sin apoyos, no consiguió el visto bueno de la Asamblea de la República y se vio obligado a dimitir.

Pese a que sólo le quedaba la opción de encargar el Ejecutivo a Costa, el presidente de la República evitó hacerlo durante más de una semana, y por increíble que parezca volvió a irse de visita oficial a Madeira en pleno caos político, sólo entregando la jefatura del gobierno al socialista a la vuelta de su viaje.

“El comportamiento de Cavaco Silva fue desastroso en este ámbito”, opina Daniel Oliveira, columnista del Expresso. “Por mucho que le costó, al final tuvo que aceptar lo inevitable, pero al intentar evitarlo tanto quedó en el ridículo más absoluto, y atrasó la formación de un gobierno durante dos meses, lo que tuvo su claro impacto sobre la economía nacional”.

“La presidencia limitada –producto de su propia filosofía– acabó por asfixiarle”, sentencia Garoupa. “Evitó actuar durante años, evitó participar en el juego, y cuando finalmente habría querido actuar como un actor decisivo no tuvo la legitimidad para poder hacerlo”.

Atropellado por la historia

Los últimos meses del mandato de Cavaco Silva se han caracterizado por la furia aparente de un jefe del Estado profundamente frustrado con la nueva situación política del país, y cada vez más apartado del pueblo.

Robó protagonismo durante la toma de posesión del primer ministro Costa en noviembre, cuando dio un durísimo discurso en contra el nuevo Gobierno, admitiendo que sólo le había encargado la formación del Ejecutivo porque la propia Constitución le impedía disolver el Parlamento y convocar nuevas elecciones.

Llegó incluso a hacer la amenaza poco velada de “emplear todos los poderes que la Constitución aporta a la presidencia de la República” para evitar que el Gobierno “se aparte del actual trayecto de crecimiento del país”.

Luego, en febrero, hizo uso de su poder presidencial para vetar la recién aprobada ley que permite que los matrimonios gays adopten libremente y amplia el acceso al aborto. El gesto era puramente político, y de poco sentido: la mayoría parlamentaria de la izquierda era suficientemente amplia como para superar el veto, y pocas semanas más tarde se volvían a aprobar ambas leyes, esta vez sin posibilidad de ser vetadas.

“Son las últimas embestidas de una bestia rancia camino a la tumba”, opinaba un alto cargo socialista.

Encerrado en el Palacio de Belém, Cavaco Silva ha evitado a la prensa durante los últimos días, limitándose a unas pocas palabras en defensa propia recientemente publicadas en el diario Público: “[El fallecido primer ministro Mário] Sá Carneiro  decía que aquellos que tienen funciones políticas siempre deben guiarse por el interés superior del país. En cada momento tienen que hacer una distinción entre la  opinión pública y la opinión publicada”.

“Me veo reflejado en esa afirmación”.

En su acto de despedida en Cascais el pasado domingo habló poco, asegurando sólo que había actuado siempre “buscando un futuro mejor para las nuevas generaciones de portugueses” y a favor de un “país que todavía existe, un pueblo que todavía honra sus victorias, las conquistas, los descubrimientos que forman parte de nuestro glorioso pasado”.

Al terminar su breve discurso, inexplicablemente abandonó la sala, asegurando que tenía que volver a palacio porque tenía “muchos papeles que poner en orden”.

“Cavaco Silva es un político que pertenece a otra época, a una versión de Portugal que ya está envejecida y no tiene nada que ver con lo que el país aspira a ser actualmente”, concluye Garoupa. “Representa un pasado anticomunista, orgulloso de ser trabajador y de provincias, muy tradicional, muy conservador".

Según este experto, "su caso es parecido al Rey Juan Carlos de España. Ambos tuvieron su sentido en su momento, pero fueron atropellados por la historia. Se quedaron antiguos. La diferencia es que Juan Carlos pudo abdicar, y Cavaco ha insistido en concluir su mandato”.

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