Calais (Francia), enviado especial

Es el tercer día de demolición del campo de refugiados conocido como 'La Jungla', en la ciudad francesa de Calais, al lado del túnel del Canal de La Mancha. Los operarios, protegidos de nuevo por un amplio despliegue policial, empiezan poco después de las ocho de la mañana por la zona donde todavía este martes vivía una colonia de refugiados sudaneses. Esta vez, los trabajos avanzan rápidamente porque la mayoría de los habitantes se han ido durante la noche. La única resistencia que se encuentran es la de un grupo de inmigrantes y activistas, que se encaraman a una de las cabañas que estaba previsto destruir. Una escena que ya se ha repetido en días anteriores.

 

Entre los que se han subido este miércoles a la chabola, que estaba habitada por un inmigrante kurdo, se encuentra Marta, de 22 años, quien no quiere decirme su apellido. Es de Quart de Poblet, una localidad del área metropolitana de Valencia. Se marchó de España hace cinco años escapando de la crisis. Desde hace tres, estudia derecho en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres (SOAS, por sus siglas en inglés), uno de los centros de estudios británicos donde hay una mayor movilización política. Llegó a Calais el martes por la noche, aunque ha visitado ‘La Jungla’ en varias ocasiones anteriormente.

 

“Estoy aquí por humanidad. Todos somos seres humanos. Necesitamos mostrar solidaridad con la gente que huye de la guerra”, me explica todavía encaramada a la cabaña, cuando los antidisturbios que la rodeaban se retiran. Marta critica además la “gran hipocresía” del Gobierno de David Cameron, que se comprometió a un esfuerzo de acogida de refugiados, pero apenas ha hecho nada. “Como ciudadanos europeos y habitantes de Inglaterra es nuestro deber estar aquí”, dice.

La estudiante valenciana Marta, encaramada a la cabaña de un refugiado kurdo J.S.

 

La joven valenciana toca la flauta en la banda ceilidh de la SOAS, que interpreta música gaélica y participa en el movimiento de solidaridad a través de la música. Su banda ha actuado ya en lugares como el propio Calais, Turquía o Irak. La última iniciativa en la que participa es el proyecto ‘aula de música’. Su objetivo es que en todos los campos de refugiados, empezando por ‘La Jungla’, haya una sala en la que se puedan depositar instrumentos musicales de todos los países de origen de los inmigrantes. Debería servir como un ‘espacio seguro’ para que los habitantes puedan aprender, enseñar o interpretar música.

 

Marta vino por primera vez a Calais con algunos de sus compañeros hace tres años al conocer la noticia de que varias docenas de sirios se habían instalado en la ciudad porque querían llegar a Reino Unido. Algunos de ellos murieron en el intento en el Eurotúnel. Desde entonces, la situación no ha hecho más que empeorar y en ‘La jungla’ viven ya hasta 5.500 inmigrantes y refugiados. Para ella, la solución es “garantizar un tránsito seguro”. “¿Por qué cerramos las fronteras? ¿Por qué no podemos abrirlas y darles la bienvenida?”, se pregunta.

 

Un campo inseguro e insalubre

 

Para responder a los argumentos de los activistas, el subprefecto de Calais y responsable de la operación policial, Vincent Berton, convoca a una rueda de prensa improvisada a los periodistas que estamos en ‘La Jungla’. Alega que la demolición es una “operación humanitaria” y que la evacuación de los refugiados se está llevando a cabo “no a la fuerza sino mediante la persuasión, proponiéndoles una solución de acogida”. “Esto es un campo de refugiados en el barro, con frío, con inseguridad, que está en manos de los traficantes. Para Francia es absolutamente inaceptable, no son condiciones dignas de nuestro país”, afirma.

El subprefecto de Calais, Vincent Berton, defiende el desalojo J.S.

 

Berton responde a EL ESPAÑOL que no puede decir exactamente cuánta gente ha sido evacuada desde el lunes porque muchos se van por su cuenta, pero sitúa la cifra en 40 o 50 personas. “Estamos bastante sorprendidos de la poca gente que nos encontramos, pensábamos que serían más”, alega. Una vez concluida la demolición de las ocho hectáreas de la parte sur de ‘La Jungla’, que podría durar hasta un mes, el objetivo es que sólo queden 2.000 inmigrantes en la parte norte, donde hay contenedores portuarios para alojarlos. “No podemos ir más allá”, resalta.

 

El subprefecto de Calais admite que en el campo hay más de 300 menores no acompañados y que la mayoría no quieren presentarse ante las autoridades francesas por miedo, porque “se les dicen cosas feas que no son ciertas”. Asegura que, incluso si piden asilo en Francia, podrían viajar a Inglaterra si cuentan con familia allí. Pero si deciden escapar de las autoridades no tienen “ningún futuro ni esperanza”. Se han reforzado los controles en el Eurotúnel y en el puerto y es “extremadamente difícil” pasar a Reino Unido.

 

A mediodía, un grupo de inmigrantes iraníes organiza una manifestación de protesta contra el desalojo. Algunos de ellos se cosen los labios y se quejan de la actuación policial.

 

La guerra contra el terrorismo

 

Los activistas presentes en ‘La Jungla’, la mayoría jóvenes británicos, no pertenecen a ninguna organización humanitaria tradicional, sino que actúan por su cuenta, en pequeños subgrupos de amigos o redes de conocidos. Una de las líderes es Rowan McAllan, que viene de la ciudad de Norwich, al noreste de Londres. Fue soldado del ejército británico durante siete años y estuvo en Irak. No quiere contarme demasiado de esa experiencia, salvo que aprendió “todo tipo de cosas, incluido cómo evitar esto”, en referencia al campamento de Calais.

La activista Rowan McAllan cree que defender a los refugiados es combatir el terrorismo J.S

 

Rowan lleva aquí seis semanas y vive en su caravana, aparcada fuera de ‘La Jungla’. Ha dejado temporalmente su actual trabajo de promotora de conciertos musicales. “Si te imaginas a Reino Unido como una casa, son personas que han llamado a nuestra puerta pidiendo ayuda. Y nosotros no les abrimos la puerta ni les dejamos entrar. Lo mínimo que puedo hacer es salir al umbral y mostrar un poco de compasión”, me cuenta.

 

Ella participó en la fase final del censo de habitantes de ‘La Jungla’ llevado a cabo por la ONG L’Auberge Des Migrants. Fueron cabaña por cabaña, tienda por tienda, contando el número de inmigrantes y refugiados. La cifra final, según me enseña en su libreta, es de 5.500 personas, muy por encima de las 3.700 que estima el Gobierno francés. 3.455 de ellas vivían en la parte sur del campo que está siendo demolida. Su trabajo estos días es de mediadora entre la policía francesa y los refugiados, tratando de apaciguar a los más indignados para evitar incidentes.

 

“Esta es mi versión de la guerra contra el terrorismo. Los gobiernos están bombardeando los hogares de estas personas, les obligan a huir. Ellos vienen aquí y encima destruimos sus hogares. Creo que eso crea terroristas. La forma de impedir que la gente se haga terrorista es decir: lo siento, ven aquí, deja que te prepare un té. Compasión”, reclama Rowan.

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