Entre 2029 y 2031. Ese es el horizonte más optimista que dibuja la Organización Mundial de la Salud para que los anticonceptivos reversibles para hombres pasen de ser una promesa a una realidad. Hace unos días, la agencia de la ONU publicó los primeros Perfiles de Producto Objetivo de estos métodos para guiar su desarrollo en la industria farmacéutica.
La OMS no ha aprobado todavía una píldora, un gel ni una inyección masculina. Los TPP (por sus siglas en inglés) son, básicamente, una guía para investigadores y farmacéuticas: establecen los niveles de eficacia, seguridad, reversibilidad, aceptabilidad y accesibilidad que deberían demostrar los futuros métodos antes de aspirar a llegar al mercado.
El plazo más corto lo puso James Kiarie, responsable de anticoncepción y atención a la fertilidad de la institución, en una entrevista reciente con el diario The Telegraph: "En tres a cinco años tendremos un producto para que ellos puedan ser algo más que partidarios de sus parejas femeninas en el uso de anticonceptivos; podrán ser usuarios".
El comunicado institucional de la organización, más prudente, habla de nuevos métodos reversibles que podrían llegar al mercado en los próximos cinco a 10 años, lo cual permitiría dar un paso más hacia la corresponsabilidad en la pareja y aliviar por fin la carga hormonal que asumen en exclusiva las mujeres de forma cotidiana.
La hoja de ruta plantea tres vías científicas distintas. La primera apuesta por la supresión de espermatozoides mediante hormonas como la testosterona y el progestágeno. Fórmulas avanzadas, como el gel diario NES/T o la píldora DMAU, frenan la producción desde el cerebro sin alterar de forma drástica la salud del varón.
La segunda vía investiga fármacos no hormonales capaces de interferir en funciones necesarias para la fecundación, como la movilidad espermática. Es el caso de la píldora YCT-529, todavía en investigación clínica. La tercera contempla hidrogeles inyectables en los conductos deferentes, como ADAM, diseñados para impedir temporalmente el paso de los gametos masculinos.
¿Por qué no antes?
Ahora bien, ¿cómo es que no han llegado antes si la ciencia lleva décadas investigando? La respuesta tiene que ver con la biología y también con una doble vara de medir. Mientras ellas liberan un óvulo al mes, ellos producen 1.000 espermatozoides por segundo, lo que exige un freno constante y técnicamente más difícil de lograr.
Los objetivos de la OMS reflejan el reto. Para los métodos que reducen la producción espermática, el umbral mínimo propuesto exige que la mayoría de usuarios alcance concentraciones inferiores o iguales a un millón de espermatozoides por mililitro. Además, deberán acreditar tasas bajas de embarazo y recuperación de fertilidad tras suspender el tratamiento.
A esa barrera se suma un nivel de exigencia regulatoria que, lógicamente, ha aumentado. Pero a la ciencia aún la persiguen fantasmas del pasado, concretamente de los años 50, cuando los primeros ensayos de la píldora femenina combinada en Puerto Rico usaron altas dosis de hormonas en mujeres de comunidades vulnerables sin su consentimiento informado.
Una quinta parte de las 1.500 participantes abandonó el estudio y tres fallecieron, aunque nunca se les llegó a realizar una autopsia, por lo que se desconocen las causas precisas de sus fallecimientos. Pese al rechazo social, la investigación siguió adelante y la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) aprobó el fármaco en 1960.
En aquellos experimentos, liderados por Gregory Pincus y John Rock, el fármaco Enovid se administró con dosis 10 veces por encima de las actuales. Aunque muchas puertorriqueñas sufrieron náuseas y dolores de cabeza, los investigadores alegaron que eran consecuencias psicosomáticas y siguieron trabajando para acelerar la comercialización del anticonceptivo.
El nivel de exigencia hacia los fármacos es hoy más severo. Y no es que no haya habido intentos por llevarlos al hombre: ya en 2016, un grupo de científicos logró crear un inyectable que ofrecía un 96% de efectividad. Sin embargo, como ya entonces contó The Independent, la investigación fue interrumpida por los efectos secundarios registrados.
De los 320 varones que se sometieron al tratamiento, 20 reportaron síntomas. Entre ellos se incluían depresión, dolor muscular, cambios anímicos, acné y cambios en la líbido. Pese a que sólo cuatro parejas quedaron embarazadas con el método que se estaba analizando, el proceso acabó paralizándose, lo que provocó una gran controversia.
"Cuando se trata de anticoncepción, la medicina está orientada favorablemente hacia los hombres. Las mujeres pueden tener molestias por el bien mayor de prevenir un embarazo no deseado, pero el mismo nivel de malestar no puede ser sentido por ellos", planteó al respecto la columnista de The Independent Anna Rhodes.
Las voces críticas señalan que las agencias reguladoras imponen prudencia porque un varón sano no asume los riesgos de un embarazo o un parto. Al no existir un beneficio médico directo sobre su propia salud corporal, la tolerancia administrativa ante cualquier efecto secundario, por leve que sea, se reduce en los ensayos clínicos masculinos.
Pese a estas cautelas, las grandes organizaciones internacionales insisten en empujar el cambio y las encuestas lo respaldan. Un estudio de 2024 señaló que más del 60% de los hombres en países desarrollados estaría dispuesto a utilizar estas medidas. Y otro de 2026 revelaba que más del 75% de las parejas de cuatro países de ingresos medios y bajos querrían probarlas.
Mientras, la industria empieza a responder a ese interés. Inversores como Google Ventures han respaldado a empresas como Contraline, creadora del hidrogel ADAM. La OMS plantea que los métodos tengan un precio asumible, de entre 5 y 30 dólares al mes, aunque su coste final dependerá de ensayos, autorizaciones y sistemas sanitarios que terminen financiándolos.
Una mujer con unas pastillas anticonceptivas.
Potencial en España
Al aterrizar este escenario en suelo nacional, los datos nos muestran una paradoja. Según la Encuesta de Anticoncepción de la Sociedad Española de Contracepción, el 78,5% de las mujeres entre 15 y 49 años usa algún método para protegerse, una cobertura muy superior a la media europea (56%).
Sin embargo, este alto porcentaje no impide que el país registre más de 215.000 embarazos no planificados al año. Es decir, más de un tercio de las gestaciones son no deseadas, una brecha provocada en ocasiones por la falta de uso, el abandono o el fallo de las medidas que se toman de forma cotidiana.
Lo primero preocupa especialmente entre las generaciones más jóvenes. Datos del Estudio HBSC-2022 presentados este año por el Ministerio de Sanidad confirman que el uso del preservativo en adolescentes de 15 a 18 años ha caído 18 puntos en dos décadas, alcanzando el 65,5% de prevalencia habitual.
El mismo informe alerta de que el 16,9% opta por la marcha atrás y una de cada tres chicas (32,3%) ha recurrido alguna vez a la píldora del día después, un 7,2% en dos ocasiones y un 3,0% en tres o más. Esa relajación en la llamada protección de barrera preocupa porque otros anticonceptivos pueden prevenir embarazos, pero no ITS.
En este sentido, conviene echar un vistazo a las advertencias del Centro Europeo para la Prevención y Control de Enfermedades. El organismo comunitario señala picos históricos de infecciones de transmisión sexual, situando a España al frente de los diagnósticos europeos (en términos absolutos) de gonorrea y sífilis.
Igualmente, prosiguiendo con los embarazos, la llegada de una píldora, un gel o una inyección para hombres no garantiza la prevención en las relaciones cotidianas, pues su eficacia depende también de que quienes los utilicen comprendan bien sus plazos y hagan un uso responsable de los mismos.
El doctor Agustín López Santos (@fertisantos en Instagram), inmunólogo, director de Betaesperanza SL —dedicada a la estrategia reproductiva— y divulgador, ve un riesgo en la interpretación que se haga de esos métodos: "El primer obstáculo es que muchos jóvenes tendrán relaciones sin condón desde el primer día creyendo que sirve de inmediato".
Los métodos que reduzcan la producción espermática requerirán un periodo de uso continuado antes de que puedan considerarse eficaces, y es que hay que entender que el ciclo de producción de espermatozoides —lo que se conoce como espermatogénesis— dura en promedio entre 70 y 90 días desde su formación inicial en los testículos hasta su maduración.
A esa desinformación se añade el dilema de la confianza en las relaciones casuales. "Imagina que un chico y una chica se conocen en una fiesta y acaban en casa juntos. Entonces ella le pregunta si se toma la pastilla y él le dice que sí. No se conocen de nada. ¿Se va a fiar? Seamos sinceros, lo más probable es que no", siembra la duda Santos.
La incertidumbre no invalida los futuros métodos pero explica por qué su incorporación requerirá educación sexual y decisiones compartidas. En relaciones casuales o ante un riesgo de ITS, la recomendación general seguirá siendo el preservativo, que es la mejor barrera a la hora de reducir conjuntamente los riesgos de embarazo e infección.
El experto subraya además las limitaciones del umbral fijado por la OMS, que da por buena una cifra de un millón de espermatozoides por mililitro. "En un varón joven activo con relaciones frecuentes, esa cantidad residual es más que suficiente para conseguir el embarazo", plantea el experto sobre la efectividad real del tratamiento.
El peso de la píldora
Superado el análisis de los datos, hay otro gran debate de fondo: ¿se está sobremedicalizando a las mujeres? La píldora supuso una conquista indiscutible para la emancipación femenina y la libertad reproductiva. Sin embargo, parte de la comunidad médica cuestiona hoy su prescripción como respuesta única a cualquier molestia sin investigar más allá.
En sus redes, el propio Santos suele denunciar esa práctica habitual en las consultas: "Se receta a chicas desde los 16 años para tapar dolores de regla o acné. Administrar hormonas durante 10 años sin buscar la causa es el equivalente a dar un antidepresivo sin abordar el problema de fondo".
De hecho, un riesgo de su uso excesivo es el enmascaramiento de patologías. Al adormecer el aparato reproductor con hormonas sintéticas, afecciones como la endometriosis pueden seguir evolucionando en silencio. En España, esta afecta a dos millones de mujeres y tarda hasta ocho años en diagnosticarse. La anticoncepción debe aliviar, no frenar el estudio.
Frente a esta vulnerabilidad, el doctor Santos defiende la necesidad de cambiar la relación con la medicina reproductiva. "Mi objetivo no es decirles que dejen la píldora, sino generarles la curiosidad suficiente para que vayan al ginecólogo y pregunten por las causas de sus dolores".
Silueta de una mujer.
A su juicio, esta actitud activa por parte de las usuarias sería esencial para transformar la atención ginecológica. Cuando una paciente acude a la consulta informada, puede exigir pruebas diagnósticas rigurosas y evitar que sus dolores se descarten como simples molestias inherentes a la condición femenina.
Con este telón de fondo, el desarrollo de métodos masculinos podría, además de diversificar las opciones de planificación familiar, reequilibrar la salud pública, en la medida en que ofrecer alternativas a los hombres permitiría que más mujeres puedan tomar descansos hormonales sin asumir el riesgo de un embarazo no planificado.
El marco temporal que esboza la OMS para los próximos años plantea también un reto cultural de primera magnitud, y es que la llegada de geles, píldoras e inyecciones dirigidas a ellos exigiría educar a las nuevas generaciones en una responsabilidad compartida, superando viejos prejuicios sobre la virilidad y la fertilidad.
Y el éxito de esta transición también dependerá de la implicación de los servicios de salud pública y de las campañas de concienciación. Incluir la anticoncepción en las consultas de atención primaria y en las charlas escolares será fundamental para que los varones asuman su papel de forma natural desde el inicio de su vida sexual.
