Nos hemos complicado muchísimo la manera de comer.
En algún momento decidimos que comer saludable significaba cocinarlo prácticamente todo desde cero, comprar productos frescos —en el mercado, porque el súper es de loosers—, leer —y entender— cada etiqueta, preparar tuppers —lo más complicados posible y a ser posible en formato batch cooking y por la noche del domingo—, tener semillas de chía en la despensa y saber qué alimentos son prebióticos y cuáles probióticos.
Por supuesto, todo esto mientras trabajamos, cuidamos de los niños, mantenemos la casa, hacemos nuestra rutina facial de 10 pasos, entrenamos y contestamos mensajes.
Igual el problema no es que no sepamos comer sino que nos han puesto el listón demasiado alto.
Los productos frescos son la base.
¿Qué significa comer 'real'?
El realfooding parte de una idea bastante sencilla: que la base de nuestra alimentación sean ingredientes poco o mínimamente procesados y que dejemos los ultraprocesados para un consumo ocasional.
Es decir: verduras, frutas, legumbres, huevos, pescado, carne, frutos secos, semillas, tubérculos, cereales y derivados como aceite de oliva, lácteos naturales…
Pero también contempla incorporar alimentos que han sido elaborados. Porque esto no significa automáticamente que sea malo. Cocer, congelar, triturar, fermentar, pasteurizar, enlatar o conservar son formas de procesar los alimentos. Y muchas de ellas nos hacen la vida más fácil sin empeorar necesariamente su calidad nutricional.
Otra cosa son los productos formulados industrialmente con combinaciones de ingredientes y aditivos, normalmente diseñados para ser especialmente sabrosos, cómodos y fáciles de consumir. No hace falta demonizarlos ni eliminarlos de nuestra vida, pero sí tiene sentido que no sean la base de nuestra dieta.
Ese, para mí, es el verdadero espíritu del realfooding: que la comida de verdad sea lo habitual y que los otros no ocupen el centro de nuestra dieta.
Sin listas de alimentos prohibidos. Sin miedo. Sin perfeccionismo. La comida real no tiene que ser artesanal.
Hay una idea bastante extendida de que para comer bien tenemos que cocinarlo todo. No.
Abrir una bolsa de judías verdes congeladas no convierte tu cena en una derrota nutricional.
De hecho, una de las mejores estrategias para alimentarse mejor es que haya en casa productos que nos permitan preparar algo decente en 10 minutos.
Porque cuando llegamos a casa agotadas a las nueve de la noche, la alternativa a unas verduras del congelador con tortilla no suele ser una lubina salvaje acompañada de una ensalada de 20 ingredientes.
Suele ser pedir comida. Y eso tampoco es un problema, sino pensar que solo podemos comer bien cuando tenemos tiempo, energía y ganas de cocinar.
Cocina posibilidades
Una de las cosas que más simplifican la alimentación es dejar de pensar en recetas cerradas. En lugar de preparar cuatro raciones de pollo con arroz y brócoli, podemos tener algunas piezas preparadas que después combinaremos de diferentes maneras.
Una bandeja de verduras asadas.
Un cereal cocido: arroz, quinoa, pasta…
Huevos duros.
Una legumbre.
Alguna proteína preparada o fácil de elaborar.
Una salsa rica.
Y ya tenemos media semana solucionada.
Un día podemos hacer un bol con arroz, verduras y huevo. Otro, una ensalada templada con garbanzos. Otro, utilizar esas verduras para una tortilla. Y otro, ponerlas al lado de un pescado.
No hace falta convertir el domingo en una fábrica de tuppers.
No es necesario pasarse el fin de semana haciendo 'tuppers'.
Comida de emergencia
Este puede ser uno de los mejores hábitos nutricionales que existen. Tener en casa alimentos con los que puedas montar una comida digna cuando no te apetece cocinar. Con ellos, puedes hacer muchísimas cosas.
Una tortilla con pan y tomate.
Pasta con verduras y atún.
Garbanzos con bonito, pimiento y huevo.
Arroz salteado con verduras y huevo.
No parece una dieta de Instagram, pero es perfecto. Porque es comida y porque nutre.
Deja de pensar que repetir es malo. Tenemos una relación extraña con la variedad.
Sabemos que consumir diferentes alimentos vegetales a lo largo de la semana es interesante para nuestra microbiota. Pero eso no significa que tengamos que inventarnos una comida diferente cada día.
Puedes desayunar lo mismo varias veces. Tener tres cenas que sabes que funcionan. Repetir una crema de verduras o hacer una tortilla dos noches seguidas.
La alimentación saludable no necesita sorprenderte constantemente.
Que te siente bien cuenta
Aquí hay algo que a veces se pierde entre tanta recomendación nutricional: cómo te sienta la comida. Un plato puede ser estupendo sobre el papel y no resultar la mejor opción para ti en ese momento.
Si tomar una enorme ensalada de hojas crudas, legumbres y semillas te deja hinchada durante horas, quizá no necesitas añadir todavía más fibra porque "es muy saludable". Quizá necesitas ajustar cantidades, elegir otros alimentos o cocinar más las verduras.
Si un desayuno aparentemente perfecto te deja con hambre a las once, habrá que revisarlo.
Comer saludable no consiste únicamente en mirar la composición nutricional de un alimento. También es observar cómo te sienta, cómo te sacia y si encaja en tu vida.
No conviertas la comida en otro examen. Quizá esta sea la parte más importante.
Porque muchas mujeres ya vivimos con la sensación de que deberíamos hacerlo todo un poco mejor. Por eso me preocupa cuando la alimentación saludable empieza a convertirse en otra fuente de perfeccionismo.
Cuando sentimos culpa por comprar un hummus, o cuando dejamos de disfrutar de una cena con amigos porque no sabemos exactamente qué aceite han utilizado, estamos hablando de nuestra relación con la comida.
Comer bien también significa disfrutar. Una alimentación saludable debería dejar espacio para el placer, para preparar una receta porque nos apetece, para ir comer a un restaurante o para tomarte un bocata de tortilla.
La comida no es únicamente combustible, también es cultura, placer, memoria, celebración y una de las maneras más bonitas que tenemos de relacionarnos con los demás.
Y precisamente por eso, creo que una alimentación saludable tiene que ser lo suficientemente flexible como para permitirnos vivir. El objetivo no es comer perfecto, es que la comida real sea lo normal.
Quizá esta sea la idea que más me interesa rescatar del realfooding: pensar que la mayor parte de nuestras recetas estén construidas alrededor de alimentos poco procesados y que los ultraprocesados tengan un papel secundario.
Porque una alimentación saludable no se decide por una comida aislada, sino por nuestros hábitos diarios.
No necesitas comer perfecto
Puedes empezar por algo bastante menos espectacular: que en tu casa haya fruta, verduras, legumbres, huevos, pescado, frutos secos, buenos hidratos y alimentos que te gusten.
Tener recursos rápidos para cuando no puedes cocinar. Aprender a montar un plato con lo que hay. Y construir una alimentación que quepa dentro de tu vida real.
Porque si para comer saludable necesitamos convertirnos en una versión mejorada de nosotras mismas —más organizadas, más disciplinadas, más productivas y, por supuesto, más delgadas— quizá no estamos hablando de salud.
Estamos hablando de otra exigencia. Y de esas ya tenemos suficientes.
